
Las noticias sobre el retorno (o reafirmación) de la práctica de alimentación forzada en niñas rurales desde los 5 o 6 años en Mauritania en granjas de engorda a raíz del golpe y la imposición de la Junta Militar en agosto del año pasado despiertan, cuando menos, un sentido de alarma y urgencia internacional. Además, exigen una reflexión sobre el gran tema pendiente de los derechos de las mujeres en tanto seres humanos: la propiedad del cuerpo.
Los principales ejes de la liberación femenina se han organizado a partir de la distinción del espacio público y el espacio privado. La participación de las mujeres en los espacios públicos es quizás el aspecto más evidente de los logros del movimiento feminista, aunque tiende a desconocerse (y, muchas veces, deliberadamente se ignora) la compleja historia de largo aliento que ha derivado en el creciente número de trabajadoras remuneradas, la mayoría aún en empleos precarios y algunas en puestos de poder y toma de decisiones. En los libros de historia que manoseamos en el colegio, aquellos con páginas plagadas de imágenes de héroes que, a caballo y uniformados, traían y llevaban la guerra por el planeta, faltó Marie Gouze y su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. En las aulas nadie habló de las sufragistas ni de la mano de obra femenina que no atentaba contra la familia o las buenas costumbres, siempre y cuando alimentara la maquinaria de la guerra en tiempos de crisis. Más allá de la iconografía nacionalista que dibuja a la patria como madre frondosa y valiente, y de los tres o cuatro rostros de siempre, la historia oficial deja a las mujeres en el anonimato o el olvido. La toma del espacio público por las mujeres pertenece a la historia marginal, esa de la que una sólo se entera si le interesa estudiar el feminismo. Pero ahí estamos, unas con conciencia de género y otras negadas a toda ideología, trabajando a cambio de un sueldo, desarrollando ideas, ocupando talleres, tribunas y oficinas. Y, sin embargo, el espacio público no es un tema acabado desde la reflexión feminista, democrática y equitativa. La pobreza, la explotación laboral, el acoso y el hostigamiento afectan, hasta hoy, mayoritariamente a las mujeres. El trabajo doméstico no remunerado sigue siendo sostén del capitalismo en tanto reproductor de mano de obra e infraestructura básica gratuita indispensable para el funcionamiento social.
Hay, sin duda, temas no resueltos en lo que respecta a la participación de las mujeres en la vida pública. No obstante, el quid de la cuestión femenina se encuentra en el espacio privado, concretamente en el cuerpo. Si bien se ha ganado un vasto terreno en cuanto a los derechos sexuales y reproductivos gracias al motor de la lucha feminista, el cuerpo de las mujeres sigue en manos del Estado, del templo, de la iniciativa privada, de su pareja sentimental y de las costumbres. El caso de las niñas rurales de Mauritania, cebadas a golpes para conseguir marido y ser un digno símbolo de opulencia, no se diferencia demasiado de otros ritos y creencias acaso menos brutales, pero que persiguen o perpetúan principios análogos. Es inevitable pensar en esas niñas sin que la mente nos lleve a las anoréxicas y bulímicas que viven dentro y fuera de la gran pantalla, al igual que resulta inevitable pensar en los pies vendados de las chinas de antaño sin evocar los juanetes de las modelos e hijas de vecino occidentales que usan tacones desde la pubertad, o en la mutilación femenina sin reflexionar en la total ausencia del clítoris en nuestros libros de anatomía, las charlas con nuestras madres o, peor aún, con nuestros compañeros sexuales. En efecto, la barbarie que caracteriza la violación de los derechos humanos en otras culturas debe motivarnos a la indignación y la denuncia, pero también representa la oportunidad de pulir una mirada que no debe carecer de autocrítica.
Las mujeres, en todas las latitudes, crecemos con la convicción de que es indispensable modificar nuestro cuerpo para hacerlo apetecible, para agradar al otro, para complacer. Siempre hay algo que sobra (en mi cultura: vello, grasa, arrugas, celulitis...) y algo que falta (en mi cultura: pechos generosos y firmes, aromas delicados, maquillaje, ropa de moda...). Y el mensaje subyacente tampoco cambia según la geografía: nadie te va a querer tal como eres, nadie va a querer casarse contigo. En ese discurso, un discurso que por desgracia está adquiriendo matices de universalidad, el amor y el bienestar, bajo el tramposo disfraz de la vida en pareja, quedan condicionados por la imagen. Cada vez más hombres caen en un engaño similar, pero las mujeres tenemos siglos de experiencia en la materia y conocemos al dedillo la doble moral que hace de nuestra anatomía el mejor regalo y el peor castigo. El cuerpo y su imagen son el salvoconducto o la condena en diferentes etapas de la vida: ser delgada u obesa, pudorosa o coqueta, mesurada o promiscua, discreta o golfa. El cuerpo y su biología nos marcan a los ojos de la sociedad a través del tamiz de la sexualidad: nuestro estado de ánimo, temperamento y carácter, se supone, se explican por pura fisiología y nunca escapan a comentarios socarrones. Desde la joven marginada que llega a la maquila mexicana o al taller filipino y debe someterse mes a mes a una prueba de embarazo dentro de la empresa bajo amenaza de perder el trabajo si se niega o se encuentra en estado, hasta la ministra española o la presidenta argentina a quienes se mide primero y fundamentalmente por el atuendo o cuán bien o mal cumplen con su papel de esposa o madre, el criterio para calificar a toda mujer pasa, antes o después, por el cuerpo. En una doble perversión se nos hace creer que somos cuerpo y poco más, pero no se nos enseña a adueñarnos de ese cuerpo, a habitarlo y vivirlo en libertad. Libertad de elegir cuándo, cómo y con quién arroparlo, disfrutarlo, desnudarlo, cuidarlo, compartirlo y quererlo como vehículo para desplazarnos y comunicarnos con el mundo.
Tampoco la izquierda ha conseguido entender del todo que no somos propiedad colectiva. ¿Cuántas revoluciones reclaman para sí la recuperación y usufructo de sus tierras, sus recursos y sus mujeres? ¿Cuántos camaradas se refieren a sus compañeras como mi mujer? Las palabras no son inocentes: reflejan cosmovisiones, creencias, supuestos. El argumento aparentemente más sólido para afirmar que el feminismo está superado se basa en la participación pública femenina, pero el camino es largo y las ideas no dejan de cobrar vigencia. Cuánto echamos de menos la rabia del feminismo setentero: aquellas mujeres que malamente la mayoría sigue tildando de locas porque la única imagen que los medios rescatan es la quema de sostenes, sin reconocer que todo movimiento social necesita un impulso radical para poner sobre la mesa lo urgente y lo importante. Hoy son necesarias aquellas que tuvieron la visión de plantear la ajenidad del propio cuerpo como la raíz del control patriarcal y, en consecuencia, su conquista como vía hacia una genuina liberación.
 Violencia contra las mujeres/Gewalt gegen die Frauen/Violence contre les femmes/Violenza contro le donne/Violência contra as mulheres
Die Nachrichten über die Rückkehr (oder Bekräftigung) der Praxis der Zwangsernährung in Mastfarmen von Mädchen zwischen fünf und sechs Jahren auf dem Land in Mauretanien unmittelbar nach dem Putsch und der Machtübernahme der Militärjunta im August vergangenen Jahres, lassen zumindest international dringlich die Alarmsignale aufleuchten. Sie verlangen außerdem bei so vielen Menschen eine Reflexion über das große immer noch unerledigte Thema der Rechte der Frauen: Das Eigentum des Körpers.
Die Hauptlinien der Befreiung der Frau erfolgen und erfolgten entlang der Unterscheidung zwischen dem öffentlichen und dem privaten Bereich. Die Teilnahme der Frauen in den öffentlichen Bereichen ist vielleicht der sichtbarste Aspekt der Erfolge der feministischen Bewegung, obwohl die Neigung besteht, dass die komplexe Geschichte mit langem Atem nicht bekannt ist (und oft absichtlich ignoriert wird), die sich aus der gewachsenen Anzahl von bezahlten Arbeiterinnen heraus entwickelte, obgleich sich die Mehrheit in prekären Arbeitsverhältnissen und einige Wenige in Macht- und Entscheidungspositionen befinden. In den Geschichtsbüchern der Schule, die voll von Seiten mit Bildern über Helden zu Pferd und in Uniform, den Krieg durch den Planeten führend, sind, fehlte Marie Gouze und ihre Erklärung über die Rechte der Frau und der Bürgerin. In der Klasse wurde weder über die Suffragetten noch über die weibliche Arbeitskraft gesprochen, die sich nicht an der Familie oder den guten Sitten vergriff, immer und erst recht dann, wenn die Kriegsmaschinerie in Krisenzeiten zu versorgen war. Jenseits der nationalen Ikonographie, die das Vaterland als starke und mutige Mutter zeichnet und der drei oder vier immer gleichen Gesichter, belässt die offizielle Geschichtsschreibung die Frauen in der Anonymität und dem Vergessen.
Die Eroberung der Frauen des öffentlichen Bereichs gehört in die Randgeschichte, die eine nur durch ihr Interesse am Studium des Feminismus kennenlernt. Aber da stehen wir, manche mit einem Bewusstsein über die Geschlechter und andere, sich jeder Ideologie verweigernd, hingegen für einen Lohn arbeitend, Ideen entwickelnd, beschäftigt in Werkstätten, Tribünen und Büros. Und trotzdem ist das Thema des öffentlichen Bereichs aus feministischer, demokratischer und rechtlicher Sicht noch nicht beendet. Die Armut, die Ausbeutung, die Belästigungen und die Quälereien betreffen bis heute mehrheitlich die Frauen. Die nicht bezahlte Hausarbeit ist weiterhin die Stütze des Kapitalismus bei der Reproduktion der Arbeitskraft und dem Basisunterbau, gratis und unerläßlich für das gesellschaftliche Funktionieren.
Zweifellos gibt es bezüglich der Teilnahme der Frau im öffentlichen Leben nicht gelöste Themen. Obgleich sich der springende Punkt bei der feministischen Frage im privaten Bereich befindet, konkret beim Körper. Auch wenn dank des Motors des feministischen Kampfes auf breiter Ebene bezüglich der sexuellen und reproduktiven Rechte viel gewonnen worden ist, befindet sich der Körper der Frauen weiterhin in Händen des Staates, des Tempels, der privaten Initiative, der Partnerbeziehung und der Tradition. Der Fall der Mädchen auf dem Lande in Mauretanien, die einer Zwangsmästung unterzogen werden, um einen Mann zu bekommen und um ein würdiges Symbol für Reichtum darzustellen, unterscheidet sich nicht allzu sehr von anderen Riten und Glaubensbekenntnissen, weniger brutal, aber sie verfolgen und verlängern analoge Prinzipien. Es ist unvermeidlich an diese Mädchen zu denken, ohne dass uns dabei die magersüchtigen und bulimischen in den Kopf kommen, die auf und außerhalb des großen Bildschirms leben; genauso unvermeidlich ist es, an die bandagierten Füße der Chinesinnen von früher zu denken, ohne uns dabei nicht an die vorstehenden Backenknochen der Models und der Töchter westlicher Nachbarn zu erinnern, die von ihrer Pubertät ab Stöckelschuhe tragen; oder an die weibliche Verstümmelung, ohne über das völlige Fehlen der Klitoris in den Anatomiebüchern, in den Gesprächen mit unseren Müttern oder, noch schlimmer, mit unseren Sexpartnern, nachzudenken. Tatsächlich müsste uns die Barbarei, welche die Vergewaltigung der Menschenrechte in anderen Kulturen charakterisiert, zur Empörung und Anklage bewegen, aber sie stellt auch eine Gelegenheit dar, den Blick zu schärfen und zu sensibilisieren, in dem die Selbstkritik nicht fehlen darf.
Wir Frauen wachsen überall mit der Überzeugung auf, es sei unumgänglich unseren Körper zu verändern, damit er begehrenswert ist, um den Anderen zu erfreuen, zufriedenzustellen. Immer ist etwas überflüssig (in meiner Kultur: Körperhaare, Fett, Falten, Zellulitis...) und etwas fehlt (in meiner Kultur: große, feste Brüste, angenehme Gerüche, Make-up, Modekleidung...). Und die unterschwellige Botschaft ändert sich auch nicht entsprechend der Geographie: So wie du aussiehst, wird dich niemand lieben; niemand wird dich heiraten wollen. In diesem leider universelle Schattierungen erreichendem Diskurs bleiben die Liebe und der Wohlstand unter der betrügerischen Maskierung des Lebens als Paar an das äußere Bild gebunden. Immer mehr Männer lassen sich von einer ähnlichen Täuschung verführen, aber wir Frauen haben eine jahrhundertelange Erfahrung mit der Materie und wir kennen die doppelte Moral, die aus unserem Körperbau das beste Geschenk oder die schlimmste Strafe macht, aus dem Effeff. Der Körper und sein Aussehen sind der Passierschein oder das Urteil in den verschiedenen Etappen des Lebens: Schlank oder dick, schamhaft oder kokett, wohlerzogen oder promiskuitiv, diskret oder sich herumtreibend. Der Körper und seine Biologie kennzeichnen uns durch das feine Sieb der Sexualität in den Augen der Gesellschaft: Unser Gemütszustand, Temperament und Charakter wird angeblich nur durch die Physiologie erklärt, die auch nie hinterlistigen Kommentaren entrinnt. Von der jungen, marginalisierten Frau, die in die mexikanische Maquiladora oder in die philippinische Werkstatt kommt und sich Monat um Monat innerhalb des Unternehmens unter Zwang, um nicht ihre Arbeit zu verlieren, einem Schwangerschaftstest unterziehen muss, bis zur spanischen Ministerin oder der argentinischen Präsidentin, die zuerst und hauptsächlich an ihrer äußeren Tracht oder wie gut oder schlecht sie ihre Rolle als Ehefrau oder Mutter spielen gemessen werden, ist das bestimmende Kriterium zur Qualifizierung jeder Frau früher oder später der Körper. In einer doppelten Perversion sollen wir glauben, wir sind ein Körper und nur wenig mehr, aber es wird uns nicht gezeigt, uns diesem Körper zu bemächtigen, ihn zu bewohnen und in ihm in Freiheit zu leben. Die Freiheit zu wählen, wann, wie und mit wem ihn zu umgeben, ihn zu genießen, auszuziehen, zu pflegen, ihn zu teilen und ihn als Bewegungs- und Kommunikationsvehikel mit der Welt gern zu haben.
Auch die Linke hat es nicht ganz verstanden, dass wir kein kollektiver Besitz sind. Wie viele Revolutionen reklamierten für sich die Wiedererlangung und Nutznießung ihrer Länder, ihrer Bodenschätze und ihrer Frauen? Wie viele Genossen beziehen sich auf ihre Genossinnen als meine Frau? Worte sind nicht unschuldig: Sie reflektieren Weltanschauungen, Glauben, Annahmen. Das solideste Argument zur Behauptung, der Feminismus ist überwunden, stützt sich auf die Teilnahme der Frauen im öffentlichen Leben, aber der Weg ist lang und die Ideen sind immer noch gültig. Wie sehr vermissen wir die Wut des Feminismus in den 70er Jahren: Jene Frauen, die von der Mehrheit weiterhin als Verrückte bezeichnet werden, weil das einzige Bild, das die Medien von ihnen hochhalten, das Verbrennen des Büstenhalters ist, ohne anzuerkennen, dass jede soziale Bewegung einen radikalen Anlass braucht, um das Dringliche und Wichtige aufs Tapet zu bringen. Heute sind jene mit der Vorstellung, die Entfremdung des eigenen Körpers als Wurzel der patriarchalen Kontrolle und folglich seine Eroberung als Weg zu einer echten Befreiung zu sehen, nötig.
Übersetzt von Isolda Bohler, Tlaxcala
 ¡Dejen a las mujeres en paz! Lasst die Frauen in Ruhe! Laissez les femmes en paix ! Lasciate in pace le donne! Deixem as mulheres em paz!
Les informations sur le retour (ou la recrudescence) de la pratique de l’alimentation forcée de fillettes rurales à partir de 5 ou 6 ans pour les faire engraisser en Mauritanie, après le coup d’État d’août dernier qui a remis au pouvoir une junte militaire, éveillent, pour le moins, un sentiment d’alarme et d’urgence internationale. Elles exigent aussi une réflexion sur le grand thème, toujours actuel, des droits des femmes en tant qu’êtres humains : la propriété de leur corps.
La lutte de libération des femmes s’est organisée principalement à partir de la distinction entre espace public et espace privé. La participation des femmes aux espaces publics est peut-être l’aspect le plus évident des succès du mouvement féministe, bien que l’on tende à ignorer (souvent délibérément) la complexe histoire qui, sur le long terme, a vu augmenter sensiblement le nombre de femmes salariées, en majorité encore dans des emplois précaires et qelques-unes dans des postes de pouvoir et de prise de décision.
Dans les livres d’histoire que nous utilisions au collage, pleins d’images de héros à cheval et en uniforme qui portaient la guerre à travers la planète, Marie Gouze (Olympe de Gouges) et sa Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne étaient absentes. Dans les salles de classe personne ne nous a parlé des suffragettes ni de la main d’oeuvre féminine qui ne portait pas atteinte à la famille et aux bonnes mœurs, pourvu qu’elle alimentât la machine de guerre en périodes de crise. Mais au-delà de l’iconographie nationaliste qui dépeint la patrie comme une mère frondeuse et courageuse, et des trois ou Quatre figures habituelles, l’histoire officielle laisse les femmes dans l’anonymat et dans l’oubli. La prise de l’espace public par les femmes appartient à l’histoire marginale, dont ne s’occupent que celles qui s’intéressent à l’étude du féminisme. Mais nous en sommes là, certaines avec une consciente de genre et d’autres rétives à toute idéologie, à travailler pour un salaire, à développer des idées, à occuper des ateliers, des tribunes et des bureaux. Néanmoins, l’espace public n’est pas un thème que la réflexion féministe, démocratique et égalitaire a épuisé. La pauvreté, l’exploitation du travail, le harcèlement affectent aujourd’hui en majorité les femmes. Le travail domestique non rémunéré continue à être un pilier du capitalisme en tant que reproducteur de main d’oeuvre et qu’infrastructure de base gratuite indispensable au fonctionnement social.
Il y a sans aucun doute des aspects qui restent non résolus en ce qui concerne la participation des femmes à la vie publique. Cependant, le quid de la question féminine se trouve Dans l’espace privé, concrètement Dans le corps. Bien qu’il ait gagné un vaste terrain Dans le domaine des droits sexuels et reproductifs grâce au moteur de la lutte féministe, le corps des femmes reste aux mains de l’État, du temple, de l’initiative privée, de son couple sentimental et des moeurs. Le cas des fillettes rurales mauritaniennes, gavées de force pour pouvoir trouver un mari et être un digne symbole d’opulence, n’est pas très différent d’autres rites et croyances peut-être moins brutaux, mais qui suivent ou perpétuent des principes analogues.
On ne peut s’empêcher, quand on pense à ces fillettes, d’évoquer les anorexiques et les boulimiques qui vivent à l’intérieur et à l’extérieur du grand écran, de même que l’on ne peut penser aux pieds bandés des Chinoises d’autrefois sans éviter de les rapprocher des oignons des mannequins et des filles occidentales qui utilisent des talons hauts dès la puberté. On ne peut penser aux mutilations génitales sans réfléchir à l’absence totale du clítoris dans nos livres d’anatomie, dans nos conversations avec nos mères, ou, pire, encore, avec nos partenaires sexuels. En effet, la barbarie qui caractérise la violation des droits humains dans d’autres cultures doit motiver nos indignations et nos dénonciations mais elle doit aussi être une occasion de jeter sur los propres cultures un regard autocritique.
Sous toutes les latitudes, nous grandissons, nous autres femmes, avec la conviction qu’il est indispensable de modifier notre corps pour le rendre appétissant, pour plaire à l’autre. Il y a toujours quelque chose en trop (dans ma culture : le duvet, la graisse, les rides, la cellulite) et quelque chose en moins (dans ma culture : une poitrine généreuse et ferme, des parfums délicats, du maquillage, des vêtements à la mode). Et le message sous-jacent ne change pas non plus avec la géographie : personne ne t’aimera comme tu es, personne ne voudra se marier avec toi. Dans ce discours, un discours qui malheureusement est en train de devenir universel, l’amour et le bien-être, sous le déguisement trompeur de la vie en couple, restent conditionnés par l’image.
Toujours plus d’hommes tombent dans ce piège, mais nous autres femmes avons des siècles d’expérience Dans ce domaine et nous connaissons sur le bout des doigts la double morale qui fait de notre anatomie le meilleur cadeau et le pire châtiment. Le corps et son image sont le sauf-conduit ou la condamnation aux diverses étapes de la vie : être mince ou obèse, pudique ou coquette, réservée ou dissolue, discrète ou délurée. Le corps et sa biologie nous marquent aux yeux de la société à travers le tamis de la sexualité : notre état d’esprit, notre tempérament, notre caractère, sont censés s’expliquer par la pure physiologie et n’échappent jamais aux commentaires narquois. Depuis la jeune femme marginalisée qui échoue dans la maquila mexicaine ou dans l’atelier philippin et doit se soumettre mois après mois à un test de grossesse dans l’entreprise sous la menace de perdre son travail si elle s’y refuse ou si elle s’avère être enceinte, jusqu’à la ministre espagnole ou la présidente argentine jugées avant tout sur leur tenue ou sur la manière dont elles s’acquittent de leur rôle d’épouses ou de mères, le critère pour qualifier toute femme, passe d’une manière ou d’une autre par le corps. Par une double perversion, on nous fait croire que nous sommes un corps sans nous enseigner à nos l’approprier, à l’habiter et à le vivre en liberté. Liberté de choisir quand, comment et avec qui l’habiller, en jouir, le dénuder, le partager et l’aimer comme véhicule de nos déplacements et de notre communications avec le monde.
La gauche non plus n’a pas tout à fait compris que nous ne sommes une propriété collective. Combien de révolutions ne réclament-elles pas la récupération et l’usufruit de leurs terres, de leurs ressources et de leurs femmes ? Combien de camarades appellent-ils leurs compagnes ma femme ? Les mots ne sont pas innocents : ils reflètent des cosmovisions, des croyances, des présupposés. L’argument apparemment le plus solide pour affirmer que le féminisme est dépassé se fonde sur la participation des femmes à la vie publique, mais le chemin est long et les idées gardent toute leur pertinence. La rage du féminisme des années 1970 nous manque : ces femmes que la majorité considère toujours avec malveillance comme des folles parce que l’unique image médiatique qu’on en a retenu était celle des soutiens-gorges qu’elles brûlaient, sans reconnaître que tout mouvement social a besoin d’une impulsion radicale pour mettre sur la table ce qui est urgent et important. Nous avons aujourd’hui besoin de celles qui posèrent l’aliénation de leur propre corps comme la racine du contrôle patriarcal et donc, sa conquête comme la voie d’une authentique libération.
Traduit par Fausto Giudice, Tlaxcala
 ¡La lucha sigue! Der Kampf geht weiter! La lutte continue ! La lotta continua! A luta continua!
La notizia del ritorno (o recrudescenza), nelle campagne della Mauritania, dopo il colpo di Stato dello scorso agosto e l'instaurazione della giunta militare, della pratica dell'alimentazione forzata delle bambine a partire dai 5 o 6 anni per farle ingrassare, risveglia perlomeno un senso di allarme e d'urgenza internazionale. Ed impone anche una riflessione sul grande tema, sempre attuale, dei diritti delle donne in quanto esseri umani: la proprietà del loro corpo.
La lotta di liberazione delle donne si è organizzata principalmente a partire della distinzione tra spazio pubblico e spazio privato. La partecipazione delle donne agli spazi pubblici è forse l'aspetto più evidente del successo del movimento femminista, benché si tenda a ignorare (spesso deliberatamente) la complessa storia ad ampio respiro che ha visto aumentare sensibilmente il numero di donne salariate, per la maggioranza ancora in impieghi precari e in alcuni casi in posizioni di potere e ruoli decisionali. Nei libri di storia che usavamo alle superiori, pieni di immagini di eroi a cavallo e in uniforme che portavano la guerra in tutto pianeta, Marie Gouze (Olympe de Gouges) e la sua Dichiarazione dei diritti della donna e della cittadina erano assenti. Nelle aule nessuno ci ha parlato delle suffragette né della mano d'opera femminile che non rappresentava un rischio per la famiglia e le buone maniere finché alimentava la macchina da guerra in periodi di crisi. Ma al di là dell'iconografia nazionalista che dipinge la patria come una madre forte e coraggiosa, e delle solite tre o quattro figure, la storia ufficiale relega le donne all'anonimato e all'oblio. L'occupazione femminile dello spazio pubblico appartiene alla storia marginale, della quale si occupa solo chi studia il femminismo. Ma noi siamo qui, alcune con una coscienza di genere e altre estranee a ogni ideologia: lavoriamo per un salario, elaboriamo idee, occupiamo studi, tribune, uffici. E tuttavia il tema dello spazio pubblico non è stato ancora abbandonato dalla riflessione femminista, democratica ed egalitaria. La povertà, lo sfruttamento e le vessazioni affliggono ancora oggi la maggior parte delle donne. Il lavoro domestico non remunerato continua a costituire un pilastro del capitalismo tanto come riproduttore di mano d'opera quanto come infrastruttura gratuita di base indispensabile al funzionamento sociale.
Ci sono senza dubbio aspetti ancora irrisolti per quanto riguarda la partecipazione delle donne alla vita pubblica. Però l'essenza della questione femminile si trova nello spazio privato, concretamente nel corpo. Benché abbia ampiamente guadagnato terreno nella sfera dei diritti sessuali e riproduttivi grazie al motore della lotta femminista, il corpo delle donne resta nelle mani dello Stato, del tempio, dell'iniziativa privata, del rapporto di coppia e dei costumi. Il caso delle bambine di campagna mauritane, nutrite a forza per poter trovare un marito ed essere un degno simbolo d'opulenza, non è molto diverso da altri riti e credenze che sono forse meno brutali ma seguono o perpetuano principi analoghi. Pensando a queste bambine non si può fare a meno di evocare le anoressiche e le bulimiche che vivono fuori e dentro il grande schermo, così come non si può pensare ai piedi bendati delle cinesi di un tempo senza evocare l'alluce valgo delle modelle e delle ragazze occidentali che portano i tacchi alti fin dalla pubertà. Non si può pensare alle mutilazioni genitali senza riflettere sull'assenza totale del clitoride nei nostri libri d'anatomia, nelle conversazioni con le nostre madri, o peggio ancora coi nostri partner sessuali. In effetti, la barbarie che caratterizza la violazione dei diritti umani in altre culture deve motivare i nostri moti di indignazione e le nostre denunce, ma deve anche essere un'occasione per gettare uno sguardo di autocritica sulle nostre culture.
A tutte le latitudini, noi donne cresciamo con la convinzione che sia indispensabile modificare il nostro corpo per renderlo appetibile, per piacere all'altro. C'è sempre qualcosa di troppo (nella mia cultura: i peli, il grasso, le rughe, la cellulite) e di troppo poco (nella mia cultura: un seno generoso e sodo, profumi delicati, il trucco, dei vestiti alla moda). E il messaggio non cambia con la geografia: nessuno ti amerà per come sei, nessuno vorrà sposarsi con te. In questo discorso, un discorso che purtroppo sta diventando universale, l'amore e il benessere, sotto l'ingannevole copertura della vita di coppia, restano condizionati dall'immagine. Un numero sempre maggiore di uomini cade un questo inganno, ma noi donne in questo abbiamo secoli di esperienza e conosciamo benissimo la doppia morale che fa della nostra anatomia il più bel dono e il peggiore castigo. Il corpo e la sua immagine sono un salvacondotto o una condanna nelle diverse fasi della vita: essere magra oppure obesa, pudica o civetta, riservata o dissoluta, discreta o viziosa. Il corpo e la sua biologia ci marchiano agli occhi della società attraverso il filtro della sessualità: si suppone che il nostro stato d'animo, il nostro temperamento e il nostro carattere debbano spiegarsi con la pura fisiologia, e non sfuggono mai a commenti maliziosi. Dalla ragazza emarginata che cuce nella maquila messicana o nel laboratorio filippino e deve sottoporsi mese dopo mese a un test di gravidanza con la minaccia di perdere il lavoro se si rifiuta di farlo o se si rivela incinta, fino alla ministra spagnola o alla presidente argentina giudicate soprattutto in base al loro abbigliamento o al modo in cui si rapportano al loro ruolo di mogli e di madri, il criterio per qualificare tutte le donne passa in una maniera o nell'altra attraverso il corpo. Con una doppia perversione, ci fanno credere di essere un corpo ma non ci insegnano ad appropriarcene, ad abitarlo e a viverlo in libertà. Libertà di scegliere quando, come e con chi coprirlo, denudarlo, condividerlo e amarlo come veicolo che ci serve per muoverci e comunicare con il mondo.
Neanche la sinistra ha compreso del tutto che non siamo una proprietà collettiva. Quante rivoluzioni rivendicano il recupero e l'usufrutto delle loro terre, delle loro risorse e delle loro donne? Quanti compagni si riferiscono alle loro compagne chiamandole la mia donna? Le parole non sono innocenti: riflettono visioni del cosmo, credenze, presupposti. L'argomento apparentemente più solido di chi afferma che il femminismo è superato si fonda sulla partecipazione delle donne alla vita pubblica, ma il cammino è ancora lungo e le idee conservano tutta la loro forza e pertinenza. Ci manca la rabbia del femminismo degli anni Settanta: quelle donne che la maggioranza continua a considerare con cattiveria come delle pazze perché l'unica immagine mediatica che si è conservata è quella dei reggiseni bruciati, senza riconoscere che tutti i movimenti sociali hanno bisogno di un impulso radicale per mettere sul tavolo ciò che è urgente e importante. Oggi abbiamo bisogno di coloro che videro l'alienazione del loro corpo come la radice del controllo patriarcale e dunque la sua conquista come lo strumento di un'autentica liberazione.
Tradotto da Manuela Vittorelli, Tlaxcala
 Paz y Amor Mujeres/Frieden und Liebe Frauen/Pace e Amore Donne/Peace and Love Women/Paix et Amour Femmes/Paz e amor mulheres
The news about the return (or re-affirmation) of the practice of force-feeding 5 and 6 year old rural girls in fattening farms in Mauritania since the coup and imposition of a military junta last August, awakens at the least, a sense of alarm and international urgency. Furthermore, it calls for reflection on the great pending issue of women’s rights as human beings: ownership of the body.
The main axes of feminine liberation have been organized along the distinction between public and private space. The participation of women in public spaces is perhaps where the achievements of the feminist movement are most evident, although what tends to be ignored (often deliberately) is the complex and lengthy history that has led to a growing number of paid female workers; most still in precarious jobs, and some in powerful, decision-making positions. In the history books we handled in school, those with pages full of pictures of uniformed heroes on horseback who brought and carried war throughout the planet, Marie Gouze and her Declaration of the Rights of Woman is missing. In the classroom, no-one spoke of the suffragettes nor of the feminine workforce as a contradiction to the family and good manners, as long as it fed the machinery of war in times of crisis. Besides the nationalist iconography that portrays the nation as a luxuriant and courageous mother, with the same three or four faces, official history leaves women in anonymity and oblivion. Women’s taking of public space has to do with a marginal history; it’s something of which one only becomes aware if one is interested in the study of feminism. But here we are, some with a consciousness of gender and others denied all ideology, working in exchange for a salary, developing ideas, holding workshops, forums and offices. Yet, public space is not a finished issue, as far as feminist, democratic and equitable reflection is concerned. Poverty, labor exploitation, hounding and harassment still primarily affect women. Unpaid domestic work continues to sustain capitalism in that it provides a basic infrastructure of free labor, indispensable because of its social function.
Indeed, there are unresolved issues in respect to the participation of women in public life. Nevertheless, the crux of the feminine question is found in the private space, specifically that of the body. If on the one hand, vast terrain has been won in terms of sexual and reproductive rights, thanks to the engine of feminist struggle, women’s bodies remain in the hands of the State, the temple, private initiative, sentimental partners and customs. The case of the rural Mauritanian girls, battered in order to procure a husband and be a worthy symbol of opulence, is not terribly different from other rites and beliefs, perhaps a bit less brutal, but which follow or perpetuate analogous principles. It’s impossible to think of those girls, without the mind leading us to the anorexics and bulimics that live on or off the big screen, just as it’s impossible to think of the bound and numbed feet of Chinese girls without also thinking of the bunions on the models and daughters of their Western neighbors, wearing heels since puberty. Or, to consider feminine mutilation without reflecting on the total absence of the clitoris in our anatomy books, the talks with our mothers, or worse still, with our male sexual partners. In effect, the barbarism that characterizes the violation of human rights in other cultures ought to motivate us to outrage and denunciation, but it also ought to mean an opportunity to burnish a gaze that shouldn’t lack for self-criticism.
Women in every latitude grow up with the conviction that it’s essential to modify our bodies to make them desirable, to please another. There’s always an overabundance of something unwanted (in my culture: hair, fat, wrinkles, cellulite…) and something lacking (in my culture: generous, firm breasts, delicate scent, makeup, fashionable clothing…). And the underlying message changes according to geography: no-one’s going to want you the way you are, no-one’s going to want to marry you. In this discourse, a discourse that unfortunately is taking on a universal character, love and well-being, under the tricky guise of life as a couple, remains conditioned by the image. Increasingly, men are falling into a similar trap, but women have centuries of experience and know inside-out the double standard that makes our anatomy the best gift and the worst punishment. The body and its image are a free pass or a condemnation during the different life stages: to be thin or fat, shy or flirtatious, modest or promiscuous, discreet or loose. The body and its biology mark us in society’s eyes, through the filter of sexuality: our mood, temperament and character, it’s supposed, can be explained by pure physiology and never escape pointed comments. From the marginalized young girl who arrives at the Mexican maquilladora or the Philippine sweatshop, and must submit to monthly pregnancy tests under threat of losing her job if she refuses or finds herself pregnant, to the Spanish minister or Argentine president who’s measured first and foremost for her outfit or how well or poorly she fulfills her role as wife or mother, the criteria for qualifying any woman goes, sooner or later, by the body. In a double perversion, we’re made to believe that we’re a body and little else, but we’re not taught to take ownership of this body, to inhabit it, to live in it freely. Free to choose when, how, and for whom to dress it, to enjoy it, to disrobe it, to care for it, to share it, and to love it as a vehicle with which to move about and communicate with the world.
The left has not fully understood that we are not collective property either. How many revolutions have claimed the right to recover and use their lands, resources and women? How many comrades refer to their companions as my wife? Words are not innocent: they reflect worldviews, beliefs, assumptions. The most solid argument, apparently, that feminism is passé is based on women’s public participation, but the road is long and ideas still have their place. How we miss the fury of seventies feminism: those women who the majority continue to unfairly brand as crazy because the only image the media offers is the burning of the bras, without acknowledging that every social movement needs a radical push to get what’s important and urgent on the table. What’s needed today are those women who had the vision to raise the body itself as the root of patriarchal control, and consequently, its conquest as a path toward genuine liberation.
Translated by Machetera, Tlaxcala
As notícias sobre o regresso (ou a reafirmação) da prática de alimentação forçada de raparigas desde os 5 ou 6 anos de idade em quintas de engorda na Mauritânia desde o golpe e imposição da Junta Militar em Agosto do ano passado, despertam, no mínimo, um sentimento de alarme e urgência internacional. Além disso, exigem uma reflexão sobre o tema pendente dos direitos das mulheres como seres humanos: a propriedade do corpo.
Os principais eixos da libertação feminina organizaram-se a partir da distinção entre o espaço público e privado. A participação das mulheres nos espaços públicos é talvez onde as realizações do movimento feminista são mais evidentes, apesar de que o que tende a ser desconhecido (e, muitas vezes, deliberadamente ignorado) é a complexa e longa história que resultou no crescente número de trabalhadoras remuneradas, a maioria ainda em empregos precários e algumas em posições de poder e de tomada de decisões. Nos livros de história que folheamos na escola, aqueles com as páginas cheias de imagens de heróis, que a cavalo e de uniforme, traziam e levavam a guerra pelo planeta, faltou Marie Gouze e a sua Declaração dos Direitos da Mulher e da Cidadã. Nas aulas ninguém falou das sufragistas nem da mão-de-obra feminina como uma contradição à família ou aos bons costumes, desde que alimentasse a maquinaria da guerra em tempos de crise. Para além da iconografia nacionalista que retrata a pátria como a mãe frondosa e valente, e das duas ou três caras de sempre, a história oficial deixa as mulheres no anonimato ou no esquecimento. A conquista do espaço público pelas mulheres pertence à história marginal, sobre a qual só nos apercebemos se nos interessa estudar o feminismo. Mas aqui estamos, umas com consciência de género e outras privadas de qualquer ideologia, trabalhando a troco de um salário, desenvolvendo ideias, organizando worshops, fórums e escritórios. E, no entanto, do ponto de vista da reflexão feminista, democrática e equitativa o espaço público não é um tema terminado. A pobreza, a exploração laboral, o assédio e a perseguição afectam, até hoje, maioritariamente as mulheres. O trabalho doméstico não remunerado continua a ser o apoio do capitalismo porque providencia mão-de-obra e infra-estrutura básica gratuita e indispensável para o seu funcionamento social.
Há, sem dúvida, temas não resolvidos no que diz respeito à participação das mulheres na vida pública. No entanto, o cerne da questão feminina encontra-se no espaço privado, concretamente no corpo. Se, por um lado, se conseguiu ganhar terreno no que diz respeito aos direitos sexuais e reprodutivos graças ao motor da luta feminista, o corpo das mulheres continua nas mãos do estado, do templo, da iniciativa privada, do companheiro sentimental e dos costumes. O caso das raparigas na Mauritânia, alimentadas à força para conseguir um marido e ser um símbolo digno de opulência, não é muito diferente de muitos outros ritos e crenças talvez um pouco menos brutais, mas que seguem ou perpetuam princípios análogos. É impossível pensar nestas raparigas sem que a mente nos leve às anoréxicas e bulímicas que vivem dentro e fora do grande ecrã, tal como é impossível pensar nos pés atados das chinesas antigamente sem pensar também nos joanetes das modelos e das filhas dos nossos vizinhos ocidentais que usam saltos altos desde a puberdade. Ou, pensar na mutilação feminina sem pensar na ausência total do clítoris nos nossos livros de anatomia, nas conversas com as mães, ou pior ainda, com os nossos companheiros sexuais. De facto, a barbárie que caracteriza a violação dos direitos humanos noutras culturas deve levar-nos à indignação e denúncia, mas também deve ser uma oportunidade de desenvolver uma mirada que não deve carecer de autocrítica.
Em todas as latitudes, nós as mulheres, crescemos com a convicção de que é indispensável modificar o nosso corpo para fazê-lo apetecível, para agradar os outros, para satisfazer. Há sempre alguma coisa que sobra (na minha cultura: pelos, gordura, rugas, celulite…) e alguma coisa que falta (na minha cultura: peito avantajado e firme, aromas delicados, maquilhagem, roupa da moda…). E a mensagem subjacente também não muda segundo a geografia: “ninguém te vai querer como és”, “ninguém vai querer casar contigo”. Nesse discurso, um discurso que infelizmente está a ganhar carácter universal, o amor e o bem-estar, sob o disfarce enganoso da vida em casal, permanecem condicionados pela imagem. Cada vez mais os homens caem num engano similar, mas nós, as mulheres, temos séculos de experiência na matéria e conhecemos de cor a dupla moral que faz da nossa anatomia o melhor presente e o pior castigo. O corpo e a sua imagem são o salvo-conduto ou a condenação em diferentes etapas da vida: ser magra ou obesa, tímida ou namoradeira, modesta ou promíscua, discreta ou leviana. O corpo e a sua biologia marcam-nos aos olhos da sociedade através do filtro da sexualidade: a nossa disposição, temperamento e carácter, supõe-se, explicam-se pela pura fisiologia e nunca se livram de comentários trocistas. Desde a jovem marginalizada que chega à maquila mexicana ou à empresa exploradora filipina e deve submeter-se todos os meses a um teste de gravidez dentro da empresa sob a ameaça de perder o trabalho se se negar a fazê-lo ou se está grávida, até à ministra espanhola ou à presidenta argentina a quem se mede primeiro e fundamentalmente pelas suas roupas e como desempenha o seu papel de esposa ou mãe, o critério para qualificar as mulheres passa, mais tarde ou mais cedo, pelo corpo. Numa perversão dupla fazem-nos crer que somos um corpo e pouco mais, mas não nos ensinam a sermos donas desse corpo, a habitá-lo e a vivê-lo em liberdade. Liberdade de escolher quando, como e com quem vesti-lo, desfrutá-lo, despi-lo, partilhá-lo e querê-lo como veículo para nos deslocarmos e comunicarmos com o mundo.
A esquerda também não conseguiu entender completamente que não somos propriedade colectiva. Quantas revoluções reclamam a recuperação e usufruto das suas terras, dos seus recursos e das suas mulheres? Quantos camaradas se referem às suas companheiras como “a minha mulher”? As palavras não são inocentes: são o reflexo de visões do mundo, crenças, suposições. O argumento aparentemente mais sólido para afirmar que o feminismo está ultrapassado baseia-se na participação pública feminina, mas o caminho é longo e as ideias ainda têm o seu lugar. Quantos sentimos falta da fúria do feminismo dos anos setenta: aquelas mulheres que incorrectamente a maioria continua a etiquetar de malucas porque a única imagem que os meios de comunicação social resgatam é a queima de soutiens, sem reconhecer que todos os movimentos sociais precisam de um impulso radical para pôr na mesa o que é urgente e importante. Hoje são necessárias aquelas mulheres que tiveram a visão de invocar o próprio corpo como a raiz do controlo patriarcal e, em consequência, a sua conquista como caminho para uma liberação genuína.
Traduzido para português de Portugal por Cristina Santos.
Cartoons: Ben Heine, Tlaxcala
 Chérie, descends donc, qu'on tire un coup! Honey, come down and let's have a screw! Luis Sánchez verdeguer
URL: http://www.tlaxcala.es/detail_artistes.asp?lg=es&reference=299
|