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23/10/2017
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Una cuestión de cronometraje


AUTOR:  Uri AVNERY àåøé àáðøé

Traducido por  Carlos Sanchís. Revisado por Caty R.


Algunas semanas las noticias están dominadas por una sola palabra. La palabra de esta semana es «cronometraje».

Todo es una cuestión de cronometraje. El gobierno de Israel ha insultado al vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, uno de los mayores «amigos» de Israel (significado: alguien completamente sumiso al AIPAC) y ha escupido a la cara del presidente Barack Obama. ¿Y qué? Todo es una cuestión de cronometraje.

Si el gobierno hubiera anunciado la construcción de 1.600 nuevas viviendas en Jerusalén Oriental un día antes, habría sido perfecto. Si lo hubiera anunciado tres días después habría sido maravilloso. Pero hacerlo exactamente cuando Joe Biden estaba a punto de cenar con Bibi y Sarah’le, fue realmente un mal momento.

El asunto en sí no es importante. Otro millar de viviendas en Jerusalén Oriental, o diez mil, o cien mil ¿cuál es la diferencia? Lo único que importa es el cronometraje.

Como dijo el francés: Es peor que criminal, es estúpido.

La palabra «estupidez» también tuvo un lugar destacado esta semana, sólo superada por «cronometraje».

La estupidez es un fenómeno aceptado en la política. Casi diría que para tener éxito en la política se necesita cierta dosis de estupidez. A los votantes no les gustan los políticos demasiado inteligentes. Les hacen sentirse inferiores. Un político tonto, por otra parte, parece «uno del pueblo».

La historia está llena de estupideces de los políticos.  Se han escrito muchos libros al respecto. En mi opinión el colmo de la estupidez se alcanzó en los acontecimiento que condujeron a la Primera Guerra Mundial, con sus millones de víctimas, que estalló a causa de la estupidez acumulada de (en orden ascendente) por los políticos austriacos, rusos, alemanes, franceses y británicos.

Pero incluso en los políticos la estupidez tiene sus límites. He reflexionado sobre esta cuestión durante decenios y quién sabe si algún día, cuando crezca, podría escribir una tesis doctoral sobre el asunto.

Mi tesis es la siguiente: En la política (como en otros campos) suceden estupideces regularmente. Pero algunas de ellas se detienen a tiempo, antes de que puedan conducir a un desastre, mientras que otras no lo son. ¿Es accidental o hay una norma?

Mi respuesta es: ciertamente es una norma. Funciona así: cuando alguien pone en marcha una estupidez que va contra el espíritu del régimen, se detiene en seco. Mientras se mueve de un burócrata a otro alguien empieza a sorprenderse. ¡Un momento, eso no puede ser correcto! Se hace referencia a una autoridad superior y de pronto alguien decide que es un error.

Por otra parte, cuando la estupidez está en línea con el espíritu del régimen no hay freno. Cuando se mueve de un burócrata al siguiente a ambos les parece completamente natural. Ninguna luz roja, ninguna campana de alarma. Y así la estupidez rueda hasta el amargo final.

Recuerdo cómo vino esta regla a mi mente la primera vez. En 1965 Habib Bourguiba, el presidente de Túnez, dio un paso valiente: pronunció un discurso en el mayor campo de refugiados de Jericó, entonces bajo gobernación jordana, e hizo un llamamiento a los árabes para que reconocieran a Israel. Esto causó un enorme escándalo en todo el mundo árabe.

Algún tiempo después el corresponsal de un periódico israelí informó de que en una conferencia de prensa en los cuarteles generales de la ONU Bourguiba había llamado a la destrucción de Israel. Esto me sonó extraño. Hice averiguaciones, revisé el protocolo y comprobé que la verdad era todo lo contrario: el reportero había convertido erróneamente un no en un sí.

¿Cómo sucedió esto? Si el periodista se hubiera equivocado en la dirección opuesta y hubiese informado, por ejemplo, de que  Gamal Abd-el-Nasser había pedido la aceptación de Israel en la Liga Árabe, las noticias se habrían detenido inmediatamente. Todas las luces rojas se habrían encendido. Alguien habría gritado: ¡Hey, aquí hay algo extraño! ¡Revísalo de nuevo! Pero en el caso de Bourguiba nadie advirtió el error, porque ¿qué es más natural que un líder árabe llame a la destrucción de Israel? No se necesitaba ninguna verificación.

Eso es lo que sucedió esta semana en Jerusalén. Todos los funcionarios del gobierno saben que el nacionalista Primer Ministro está empujando para la judaización de Jerusalén Oriental, que el ultranacionalista ministro del Interior es todavía más impaciente y que el súper-nacionalista alcalde de Jerusalén prácticamente babea cuando imagina un barrio judío en el Monte del Templo. Así que, ¿por qué un burócrata iba a posponer la confirmación de un nuevo barrio judío en Jerusalén Oriental? ¿Sólo por la vista de un charlatán estadounidense?

Por lo tanto, el cronometraje no es importante. Es el asunto lo que es importante.

Durante sus últimos días en el cargo, el presidente Bill Clinton publicó un plan de paz en el que trató de compensar ocho años de fracasos en esta región y de sometimiento a los sucesivos gobiernos israelíes. El plan era relativamente razonable, pero incluía una bomba de relojería.

Sobre Jerusalén Oriental Clinton propuso que lo que era judío debía ser unido al Estado de Israel y lo que es árabe se uniera al Estado de Palestina. Asumió (acertadamente, creo) que Yasser Arafat estaba preparado para tal compromiso que habría unido algún nuevo barrio judío de Jerusalén Oriental a Israel. Pero Clinton no era lo suficiente sabio para prever las consecuencias de su propuesta.

En la práctica se trataba de una invitación abierta al gobierno israelí para acelerar el establecimiento de nuevas colonias en Jerusalén Oriental esperando convertirlas en parte de Israel. Y, de hecho, desde entonces los sucesivos gobiernos israelíes han invertido todos los recursos disponibles en este esfuerzo. Puesto que el dinero no tiene olor, cada propietario judío de casinos en Estados Unidos y cada judío encargado de burdeles en Europa fueron invitados a unirse al esfuerzo. La prescripción bíblica –«No traerás precio de ramera, ni precio de perro a la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abominación es á Jehová tu Dios así lo uno como lo otro» (Deuteronomio 23:18)– se suspendió por esta santa causa.

Ahora el ritmo se acelerará todavía más. Porque no hay un medio más eficaz para impedir la paz que la construcción de nuevas colonias en Jerusalén Oriental.

Esto está claro para alguien que haya tratado con esta región. No habrá ninguna paz sin un Estado palestino independiente y ningún Estado palestino sin Jerusalén Oriental. Sobre esto hay una total unanimidad entre todos los palestinos, desde Fatah a Hamás, entre todos los árabes, desde Marruecos a Iraq, y entre todos los musulmanes, desde Nigeria a Irán.

No habrá paz sin la bandera palestina ondeando sobre Haram al-Sharif, los santos lugares del  Islam que nosotros llamamos el Monte del Templo. Es la norma revestida de acero. Los árabes pueden transigir en el asunto de los refugiados, con todo lo doloroso que pueda ser, sobre las fronteras, también con mucho dolor, y sobre asuntos de seguridad. Pero no pueden transigir en cuanto a Jerusalén como capital de Palestina. Todas las pasiones nacionales y religiosas convergen aquí.

Quien quiera destruir cualquier oportunidad para la paz es aquí donde tiene que actuar. Los colonos y sus partidarios, que saben que cualquier acuerdo de paz incluiría la eliminación (al menos) de la mayoría de las colonias, han planeado en el pasado (y probablemente lo están planeando ahora) volar las mezquitas del Monte del Templo con la esperanza de que eso originaría una conflagración mundial que reduciría a cenizas las posibilidades de paz de una vez por todas.

Gente menos extremista sueña con la progresiva limpieza étnica de Jerusalén Oriental mediante triquiñuelas administrativas, demoliciones de casas, denegándoles los medios de subsistencia y en general convirtiendo la vida de los árabes en miserable. Los derechistas moderados sólo quieren ocupar cada pulgada cuadrada en Jerusalén Oriental con barrios judíos. El objetivo siempre es el mismo.

Esta realidad es, por supuesto, bien conocida de Obama y sus consejeros. Al principio creyeron, en su inocencia, que podían hablar dulcemente a Netanyahu y compañía y detener la actividad constructora para facilitar el arranque de negociaciones para la solución de los dos Estados. Muy pronto se dieron cuenta de que eso era imposible sin ejercer una presión masiva, y no estaban dispuestos a hacerlo.

Tras presentar una breve y lamentable batalla Obama cedió. Accedió a la decepción de una «congelación de colonias» en Cisjordania. Ahora la construcción está en marcha allí con gran entusiasmo y los colonos están satisfechos. Han cesado completamente sus manifestaciones.

En Jerusalén donde no hubo siquiera un absurdo intento, Netanyahu sólo dijo a Obama que iba a construir allí («como en Tel Aviv») y Obama agachó la cabeza. Cuando los funcionarios israelíes anunciaron un grandioso plan para construir en «Ramat Shlomo» esta semana, no violaron ninguna garantía. Sólo quedó el asunto del «cronometraje».

Para Joe Biden era una cuestión de honor. Para Mahmud Abbas, es una cuestión de supervivencia.

Bajo una intensa presión de los estadounidenses y sus agentes, los gobernantes árabes, Abbas se vio obligado a aceptar negociaciones con el gobierno de Netanyahu, aunque únicamente «conversaciones de aproximación», un eufemismo para «conversaciones distantes».

Es obvio que no saldrá nada de esas conversaciones excepto más humillación para los palestinos. Es muy simple: alguien que anuncia edificaciones en Jerusalén Oriental está anunciando de antemano que no hay ninguna posibilidad de acuerdo. Después de todo ningún israelí en su sano juicio invertiría miles de millones en un territorio que pretenda devolver al estado Palestino. Una persona que se está comiendo una pizza no negocia sobre ella de buena fe.

Incluso en esta última etapa Abbas y su gente todavía esperan que algo bueno salga de todo esto: EE.UU. sabrán que tienen razón y ejercerán, al final, una presión real sobre Israel para implementar la solución de los dos Estados.

Pero Biden y Obama no dan demasiados motivos para la esperanza. Se han limpiado el escupitajo de sus caras y sonríen educadamente.

Como dice el refrán: cuando escupes en la cara de un pelele, finge que está lloviendo. ¿Será de aplicación al presidente del país más poderoso del mundo?


Fuente: A matter of timing

Artículo original publicado el 13 de marzo de 2010

Sobre el autor

Carlos Sanchís y Caty R. forman parte del colectivo Rebelión. Carlos es, además, miembro de Tlaxcala, la red internacional de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor, a la revisora y la fuente.

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TIERRA DE CANAÁN: 17/03/2010

 
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