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15/12/2017
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A la sombra de la crisis financiera, florece con esplendor el negocio de los bonos del Estado. Pues los Estados son los mejores deudores que un acreedor puede desear.

Grecia está en todas partes


AUTOR:  Michael R. KRÄTKE

Traducido por  Javier Fdez. Retenaga


A la crisis de los bancos y mercados financieros le siguió rápida y previsiblemente la crisis económica mundial. A ambas les sigue ahora la crisis financiera del Estado, como tercer estadio de la Gran Crisis. Es un litigio en torno a la culpa y la expiación. Y son los ciudadanos de a pie quienes deben correr con los gastos del generoso rescate de los bancos. El meteórico aumento de las deudas del Estado les muestra con crudeza esta realidad. Algunos países pequeños —los islandeses, en el norte; los griegos, en el sur— se atreven a oponerse a la locura reinante y se niegan a ser los paganos de la crisis. Casi de un día para otro, las deudas ajenas se han convertido en el problema de todos.

Según datos recientes del FMI, la deuda de cinco de los países del G8 supera el 100% de su PIB, con Japón (230%) a la cabeza. Alemania y Canadá se encuentran todavía por debajo de esa cota del 100%; España, Portugal, Italia, Irlanda y Grecia se encuentran muy cerca o por encima de ese límite. Nunca antes en tiempos de paz la deuda del Estado de los países capitalistas desarrollados se había incrementado de forma tan extrema como desde el comienzo de la crisis financiera, a finales de 2007.

En 2009, en la República Federal las obligaciones del Estado ascendieron a 1.692 miles de millones de euros. Únicamente en 1995 —cuando afloraron por primera vez al completo los costes reales de la reunificación— el incremento de la deuda del Estado había sido aún mayor. En los países de la OCDE el nivel medio del déficit del Estado ronda el 80% del PIB, y en pocos años podría superarse la cota del 100%. Grecia está en todas partes.

Más de 8 billones de euros

Los economistas siempre han estado divididos en lo que se refiere a las deudas del Estado. Se dice que un Estado que contrae pocas deudas desaprovecha oportunidades para el futuro; un Estado que acumula demasiadas deudas arruina la economía nacional. En Alemania, como en todos los países con gobiernos neoliberales, rige el indiscutible dogma de que las deudas del Estado son en sí mismas perjudiciales, conducen a la inflación, a impuestos exorbitantes y a la bancarrota del Estado. Toda la maquinaria mediática se pone en marcha para hacer olvidar la conexión entre crisis financiera, rescate bancario e incremento drástico de la deuda del Estado, y, en su lugar, repetir la cantinela del ahorro y los recortes con su estribillo de los “inasumibles costes del Estado social”.

Que no cunda el pánico. Ningún Estado europeo tendrá que ir a la quiebra. Tampoco los griegos tendrán que devolver sus casi 300.000 millones de euros (casi el 130% del PIB), sino sólo refinanciarlo regularmente, esto es, sustituir las viejas deudas por otras nuevas. En realidad, eso no tiene por qué suponer ningún problema. El Estado, con su monopolio fiscal y dinerario, es con mucho el mejor acreedor. A diferencia de los grandes bancos, sólo puede quebrar cuando toda la economía nacional se ha arruinado. Pero, a pesar de la crisis, en ningún país de la UE se puede hablar de tal cosa.

Las deudas del Estado aumentan en todo el mundo; cada vez más títulos de deuda pública se ponen en circulación en los mercados financieros y se venden en un abrir y cerrar de ojos, incluso con plusvalía de cambio, ya que las suscripciones superan la suma de los empréstitos ofertados. Todavía a comienzos de año la propia Grecia hubiera podido colocar fácilmente en los mercados financieros el triple de sus empréstitos. En el conjunto de la UE se emitieron, en 2008, más de 650.000 millones de euros en bonos del Estado; en 2009 fueron ya más de 900.000 millones; en 2010, según las estimaciones más conservadoras, superarán claramente los 1.100 miles de millones de euros. A día de hoy, los países de UE deben más de 8 billones de euros. Los EE. UU. se suman al grupo con más de 2.300 miles de millones de euros en frescos bonos del Estado. El negocio de los títulos de deuda pública florece como nunca antes lo había hecho. ¿Por qué entonces se levanta tanto revuelo en los mercados financieros? ¿Por qué esa repentina preocupación por las deudas de Grecia, Italia, España, Portugal o Irlanda? ¿Por qué ese temor a una bancarrota del Estado en la que ni los mercados financieros, claramente menos que nadie, creen? La emisiones de deuda pública griega, española o portuguesa siguen saliendo al mercado como panecillos recién horneados y son tan codiciados como los bonos del Estado alemanes. Naturalmente, con jugosas primas de riesgo, que hacen que el negocio con estos paquetes sea considerablemente más lucrativo.

El endeudamiento del Estado es más antiguo que el capitalismo moderno. Antaño, la bancarrota del Estado —antes de la invención del endeudamiento permanente del Estado— fue un eficaz medio de los gobernantes para mantener a raya a sus acreedores. Estos se resarcían con intereses exorbitantes. Hoy en día, las falsas noticias de que la amenaza de quiebra se cierne sobre el Estado son un medio extraordinariamente eficaz para mantener a los gobiernos —y a aquellos en quienes supuestamente reside la soberanía, pueblos y naciones— sometidos al dictado de los mercados financieros. Cuando se pone en duda el crédito de un Estado, quienes más provecho sacan de ello son los acreedores, que hoy en día no son por lo general otros Estados, sino inversores privados, bancos, aseguradoras y fondos de inversión. Una parte considerable de la riqueza de una nación va a parar a sus bolsillos.

Los meros porcentajes de déficit y deuda del Estado dicen poco acerca del riesgo real de impago. Ese tipo de cifras son muy del gusto de los legos en economía de la clase política, ya que desvían la atención de las auténticas debilidades de una economía —por ejemplo, en el caso de Alemania, la extrema dependencia de las exportaciones—.  El porcentaje de intereses se suele simplificar como la relación entre los ingresos fiscales anuales y los intereses que hay que pagar anualmente por la deuda del Estado. Cuando, como en Grecia, los ingresos fiscales no dan mucho de sí —porque las élites apenas pagan impuestos—, la crisis económica hace que se recaude menos y los especuladores y agencias de rating hacen que los intereses se disparen, entonces el porcentaje de intereses puede ascender rápidamente al 30 o 40%. Cuando esto sucede —esto es, cuando el pago de la deuda se come los presupuestos del Estado—, el país en cuestión se precipita de hecho en la trampa de la deuda. Sólo podría librarse de ella mediante una auténtica declaración de bancarrota del Estado. Para evitarlo ha de reducirse la carga de intereses. Una comunidad de países como la europea podría hacerlo fácilmente reforzando la solvencia de un Estado miembro como Grecia, sin necesidad de asumir ni un céntimo de su deuda ni incurrir en las necedades populistas de Merkel y compañía.

Quienes compran la deuda de Grecia, la poseen y ganan a espuertas con su crisis financiera eran y son los bancos —entidades europeas fundamentalmente—: bancos y aseguradoras franceses, suizos y alemanes son los principales acreedores, los bancos estadounidenses y británicos les siguen muy por detrás. Los bancos portugueses poseen casi tantos títulos de deuda pública griega como los estadounidenses.

¿Librarse por medio de la inflación?

Sin duda es posible reducir la deuda del Estado por medio de una fuerte inflación, ya que de ese modo los títulos de la deuda pierden valor y desciende el interés nominal que el Estado paga por ellos. Pero para que esta medida tuviera efecto a corto plazo la inflación habría de ser galopante. En la actualidad, pese al incremento de la deuda del Estado en todo el mundo, algo así apenas es posible, pues mientras exista una sobrecapacidad productiva en prácticamente todos los sectores, poco subirán los precios. En este momento quien empuja los precios hacia arriba es el Estado, también algunas grandes corporaciones que tienen bajo su control la energía y los recursos. Pero para una hiperinflación eso no basta. ¿Qué salida queda? ¿Por qué, para variar, no se intenta actuar con inteligencia en lugar de con fervor dogmático y derivas populistas? Se puede ayudar a los griegos de forma sencilla y eficaz sin necesidad de asumir un sólo céntimo de la deuda del Estado griego. Por ejemplo, con eurobonos o créditos del Banco Central Europeo (BCE). Ahora ya se aplica la norma excepcional que permite a los bancos centrales de la eurozona aceptar como garantía títulos de deuda pública del Estado griego o de otros.

Más sensato sería, a fin de evitar en el futuro crisis de este tipo, cambiar las reglas. No obedece a ninguna lógica económica que los estatutos del BCE le prohíban adquirir y poseer títulos de deuda pública de los países de la eurozona. Siguiendo esta absurda regla, en los últimos meses el BCE ha proporcionado a los bancos de la eurozona créditos baratos a raudales, pero al mismo tiempo se ha negado a socorrer con créditos a los Estados miembros. En lugar de ello, los bancos europeos —con los bancos alemanes a la cabeza— toman dinero prestado del BCE a bajo interés, para luego ofrecérselo al Estado griego a un interés mucho más alto. Un excelente negocio. Ackermann y compañía están encantados.

No es sólo torpeza, responde a un propósito. Con el miedo a la bancarrota del Estado y ante la amenaza de un caos monetario, en caso de que el euro caiga se harán aprobar nuevas “reformas” neoliberales. En España, en Italia, en Portugal, en Gran Bretaña..., por todas partes se habla ya de la jubilación a los 67 años. En todas partes los ciudadanos de a pie —no quienes poseen grandes fortunas— pueden irse preparando para fuertes subidas de impuestos. En todas partes se reducirán los servicios públicos, en todas partes se debilitará el sector público. La supuesta penuria financiera del Estado impulsará una alegre privatización de la propiedad pública. La población griega es sacrificada, la portuguesa cocida a fuego lento, y ya se están afilando los cuchillos contra España. De te fabula narratur.(*)


NOTAS

(*) ¡Mutato nomine de te fabula narratur! (¡Bajo otro nombre, a ti se refiere la historia!). Horacio; Sátiras, libro I, sátira 1, verso 69. (N. del T.)

Fuente: der Freitag Griechenland ist überall

Artículo original publicado el 02 de abril de 2010

Sobre el autor

Javier Fdez. Retenaga forma parte de los colectivos Rebelión y Tlaxcala, la red internacional de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

URL de este artículo en Tlaxcala:
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IMPERIO: 07/04/2010

 
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