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13/12/2017
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La independencia del Tíbet es un proyecto teocrático, autoritario, racista y peligroso para la paz


AUTOR:  Jean-Luc MÉLENCHON

Traducido por  Caty R.


Aquí tienen una nota más sobre la cuestión del Tíbet y China. Muchos otros asuntos reclaman mi atención y se me podría reprochar que a éste le concedo una importancia exclusiva y definitivamente exagerada. Es el momento de recordar que este blog no es el «diario oficial» de Jean-Luc Mélenchon destinado a expresar pretenciosamente mi opinión sobre todos los temas de la actualidad, ni incluso sobre los que de alguna manera me atañen.

Un buen debate es empezar aquí con un asunto que no es secundario. Se trata del orden del mundo, la evolución de la política, el choque de civilizaciones y la manipulación de la opinión pública para incluirla en las lógicas de agresión contra los países, incluso las potencias más pacíficas, que plantean problemas al imperio de los Estados Unidos de América.

Ese es el caso del Tíbet, que tiene la vocación de convertirse en el Kosovo de los chinos en la mente de los estrategas neoconservadores. Este debate es un buen ejemplo. Un caso muy didáctico. Precisamente porque no es simple y no es totalmente blanco ni totalmente negro, hay que reflexionar y buscar el camino entre un revoltijo de hechos y, actualmente, bajo un diluvio de injurias.

Es fascinante observar que cuando aparece una oposición laica poniendo en evidencia el carácter ridículo del entusiasmo por un religioso, inmediatamente se ataca en el terreno personal. Así, si el concejal de Cultura del Ayuntamiento de París se pronuncia contra los aspavientos dedicados al Dalai Lama, no es porque tiene una opinión y no le gustan los gurús oscurantistas, sino porque trabaja en LVMH y esta empresa tiene muchos negocios en China. Naturalmente, este tipo de cuestionamiento personal es radicalmente de dirección única. Por ejemplo, nadie pregunta al Sr. Ribbes, que me insulta regularmente aquí y en los platós de televisión, cómo ha pasado de sus certezas de ex miembro del PCMLF (partido comunista marxista leninista de Francia), es decir, del culto delirante de los maoístas franceses del 68 por la persona de Mao, a su actual culto por el Dalai Lama. Y nadie le pregunta si su compromiso tiene algo que ver con sus funciones en la Universidad Tibetana Europea que subvenciona la UE… Y así sucesivamente.

Después de la emisión de ayer por la noche en France trois, los amigos me han pedido que publique mis argumentos sobre dos puntos: lo que digo con respecto a la confusión de la religión y la política en la causa del Dalai Lama y lo que afirmo sobre el carácter peligroso y destructivo de su reivindicación independentista.

El proyecto político del Dalai Lama es teocrático y autoritario

En las numerosas reiteraciones de los debates en los que he participado, mis antagonistas esgrimieron el argumento de la existencia de una «Constitución Tibetana» cuya lectura bastaría para demostrar la vocación democrática del proyecto del Dalai Lama. El propio Dalai lo afirma en su discurso fundador ante el congreso de Estados Unidos en 1987: «…los tibetanos en el exilio ejercen plenamente sus derechos democráticos gracias a una Constitución promulgada por mí en 1963…» Hay mucho más de lo que dijo a este respecto. Esta Constitución sería, incluso, «laica». Es lo que declaró frente a mí el representante de la Oficina del Tíbet en París en el plató de Paul Amar, como cualquiera puede verificar revisando en la web la emisión de «Revue et corrigée».

Dicha Constitución, denominada «Carta de los tibetanos en el exilio», se puede consultar en el sitio oficial del gobierno tibetano en el exilio . Esta lectura es imprescindible. Permite hacerse una idea bastante precisa del valor de las declaraciones, con la mano en el corazón, de quienes recitan en los platós de televisión que el Dalai Lama es un perfecto demócrata, laico, y así sucesivamente; y también permite verificar si mi rechazo del carácter teocrático de los objetivos de los independentistas tibetanos es una pura suspicacia sin fundamento por mi parte, falseado por mis propios prejuicios filosóficos y políticos. Y cada uno podrá preguntarse si no es preferible, teniendo en cuenta las lecciones de la historia en la materia después de Afganistán e Irán, rechazar siempre y cualquiera que sea la religión, el embrollo de la política y la religión. La lectura de este documento, como mínimo, permite verificar que los que hablan de Constitución «democrática» y «laica» mienten a sabiendas para manipular a las audiencias y esperan que los crean únicamente con su palabra sin que se compruebe lo que dicen. Por el contrario, yo espero firmemente que todos vayan a comprobar si las citas que señalo son exactas o no.

Artículo 3. Naturaleza de la política tibetana: «El futuro político tibetano debe respetar el principio de la no violencia y se esforzará por ser un Estado libre de su protector y con su política guiada por el Dharma»

Los que protestan contra la introducción de la Sharia, ley religiosa en las constituciones islamistas, ¿no dicen nada cuando se trata del Dharma? ¿O bien la oposición a la introducción de una ley religiosa -cualquiera que sea- en una constitución debe ser una ley universal?

Esta visión religiosa del poder no es una referencia aislada en ese texto «constitucional» que prevé, en particular, que el juramento prestado por los ministros se haga «en nombre de las ‘Tres Joyas’ (Buda, Dharma y Sangha)».

La Carta termina con una «Resolución especial», votada en 1991, de la que el siguiente extracto dice mucho sobre el culto feudal evidente que el Dalai Lama exige a sus rebaños:

«Su santidad el Dalai Lama, jefe supremo del pueblo tibetano, concede los ideales de la democracia al pueblo tibetano, incluso aunque éste no experimentó la necesidad de dichos ideales. Todos los tibetanos, en el Tíbet y en el exilio están, y seguirán estando, profundamente agradecidos a su santidad el Dalai Lama y renuevan el compromiso de asentar nuestra fe y nuestra lealtad en la dirección de su santidad el Dalai Lama, y de rezar fervorosamente para que permanezca siempre entre nosotros como nuestro jefe supremo espiritual y terrenal»

Ese es el carácter «laico» de la Constitución tibetana que afirmaba el representante de la Oficina del Tíbet en París. Ahora veamos en qué consiste la «democracia» tibetana organizada por esa Constitución.

Artículo 36. El poder legislativo: «Todo el poder legislativo y la autoridad residen en la Asamblea tibetana. Las decisiones de ésta requieren la aprobación de su santidad el Dalai Lama para convertirse en leyes»

Han leído bien. Después de una fórmula categórica: «todo el poder para la Asamblea» viene encadenada una continuación de un cinismo absoluto: para que una «decisión» del Parlamento tibetano se convierta en ley, es necesario que su santidad esté de acuerdo. ¿Es éste el ideal democrático y los valores universales que se supone que tenemos que defender cuando defendemos al Dalai Lama y el Tíbet de los monjes?

Y después de eso queda por preguntarse si el ideal democrático que se reclama al protestar contra el actual estatuto del poder en la provincia autónoma del Tíbet recoge una alternativa a la concentración monárquica del poder prevista en esa Constitución.

Artículo 19. El poder ejecutivo: «El poder ejecutivo de la administración tibetana corresponde a su santidad el Dalai Lama y debe ser ejercido por él, bien directamente o a través de los funcionarios que le están subordinados, conforme con las disposiciones de la presente Carta. En particular, su santidad el Dalai Lama, está facultado para ejecutar los siguiente poderes en calidad de jefe de la dirección del pueblo tibetano:

a) Aprobar y promulgar los proyectos de ley y los reglamentos prescritos por la Asamblea tibetana.

b) Promulgar las leyes y resoluciones con fuerza de ley.

c) Conceder los honores y condecoraciones.

d) Convocar, suspender, prorrogar y prolongar la Asamblea tibetana.

e) Expedir los mensajes y directrices de la Asamblea tibetana siempre que sea necesario.

f) Suspender o disolver la Asamblea tibetana.

g) Disolver el kashag (gobierno) o destituir a un kalon (ministro).

h) Decretar la urgencia y convocar reuniones especiales de gran importancia.

j) Autorizar los referéndum en los casos que implican grandes cuestiones pendientes conforme a la presente Carta»

El vocabulario del Dalai Lama es inaceptable

Para asegurarse la simpatía de las opiniones occidentales, el Dalai Lama utiliza un vocabulario que pretende establecer un paralelismo inaceptable con la Shoa. ¿Quién le dirá que en Europa consideramos que la Shoa es un episodio radicalmente singular, en tanto que crimen contra la humanidad, y no podemos aceptar que se disuelva su sentido con usos verbales que acabarían diluyendo su significado, puesto que eso equivaldría a minimizarlo y a relativizar la responsabilidad de los autores ideológicos que lo hicieron posible?

La referencia permanente a los «seis millones de tibetanos», cifra oportunamente redondeada para sugerir el paralelismo; una referencia repugnante a una decisión de las autoridades chinas de «imponer una ‘solución final’» (esta expresión, con las comillas, está en el texto inicial del discurso ante el congreso estadounidense); el uso inaceptable del concepto de «genocidio cultural» que lo aproxima al del «holocausto» que sufrió nuestro pueblo en el siglo pasado; todo eso forma parte de un conjunto que no puede haber aparecido por casualidad. Me revuelvo al ver esas palabras emplazadas de esa manera en los textos de los discursos. Y mi conmoción creció leyendo las notas biográficas dedicadas a la personalidad de su mentor de juventud, Heinrich Harrer, además de la amistad que conservaron hasta su muerte.

El proyecto del Dalai Lama es una independencia racista

Otra «perla» de las discusiones es la afirmación, con los ojos brillantes de conmiseración hacia la miserable ignorancia de su interlocutor: «pero el Dalai Lama no quiere la independencia, en absoluto, lo que quiere exactamente es la autonomía». Para comprobarlo nos remitimos a su declaración al respecto en el Parlamento de Estrasburgo en 1998. De esta forma ya no nos queda más que decir que lo que está exactamente en el discurso es lo de los «resistentes kosovares» del tipo del célebre «bueno y pacifista» Ibrahim Rugova que se paseaba en su época por los platós de televisión con su aire lastimoso de perro apaleado, su enternecedora bufanda alrededor del cuello, incluso en pleno verano, y ya sabemos cómo ha terminado el asunto. Entonces nos acusan de hacer juicios de intención. Por lo tanto es necesario remitirse a los discursos del Dalai Lama. No sólo a la letra de lo que dicen, sino al espíritu que demuestran.

El texto al que me refiero está en el sitio: Tibet-info.net. Data de 1987. Pero el sitio oficial de los tibetanos ofrece interesantes precisiones para su presentación:

«Traducida por primera vez al francés, la alocución del Dalai Lama en el Congreso de Estados Unidos en Washington el 21 de septiembre de 1987, permanece siempre de actualidad, como lo demuestran los ensayos nucleares en la India y las recientes inundaciones en China. La alocución señala, todavía más que la propuesta de Estrasburgo del 15 de junio de 1988, la voluntad de diálogo y la posición del jefe espiritual y terrenal de los tibetanos».

Por lo tanto, el texto de 1987 «sigue siendo actual», e incluso «todavía más que la declaración de Estrasburgo» de 1996. Ya estamos avisados. Leamos:

«Mientras continúa la ocupación militar del Tíbet por China, el mundo debe tener presente en su mente que, aunque los tibetanos hayan perdido su libertad, desde el punto de vista del derecho internacional el Tíbet sigue siendo actualmente un estado independiente sometido a una ocupación ilegal». «Liberado de la ocupación china, el Tíbet seguiría cumpliendo su papel natural de ‘Estado-tampón’, preservando y favoreciendo la paz en Asia».

Este análisis va mucho más lejos que una simple alusión. La idea fundamental es que el Tíbet, desde el punto de vista legal, es un Estado independiente cualquiera que sea su situación actual.

Es significativo que en este documento, como en todos los demás, el Tíbet que está en cuestión es el que se denomina «Tíbet histórico» que, en total, abarca ¡la cuarta parte del territorio actual de China!

«Mi deseo más ferviente, así como el del pueblo tibetano, es devolver al Tíbet su valioso papel, transformando de nuevo todo el país, es decir, el conjunto de las tres provincias de U-Tsang, Kham y Amdo, en una zona donde reinarían la estabilidad, la paz y la armonía».

La enormidad de esta pretensión territorial y su increíble agresividad nunca se tienen en cuenta en ningún comentario. Más allá de su carácter absolutamente explosivo en el plano geopolítico, incide de la misma forma en el plano humano. Y es el propio Dalai Lama quien la estableció cuando denunció la composición étnica actual de las regiones concernidas.

«En las regiones orientales de nuestro país, el número de chinos supera ampliamente el de tibetanos. Por ejemplo, en la provincia de Amdo donde nací, se cuentan según las estadísticas chinas 25 millones de chinos frente a sólo 750.000 tibetanos. Lo mismo que en el caso de la llamada «Región autónoma del Tíbet», es decir, el Tíbet central y occidental, donde las fuentes gubernamentales chinas confirman que actualmente los chinos son más numerosos que los tibetanos (…) En la actualidad, en el conjunto del territorio tibetano, 7,5 millones de colonos chinos ya han sobrepasado a una población tibetana de 6 millones. En el Tíbet central y occidental, lo que los chinos llaman actualmente «Región autónoma del Tíbet», las fuentes chinas reconocen que los 1,9 millones de tibetanos constituyen en la actualidad una minoría de la población.

Además, estas cifras no tienen en cuenta la ocupación militar estimada entre 300.000 y 500.000 personas, de ellas 250.000 en dicha Región autónoma del Tíbet. Para que los tibetanos puedan sobrevivir como pueblo, es imperativo que cesen las transferencias de población y que los colonos chinos regresen a China».

Creo que esa última línea debe ser leída cuidadosamente. Se trata, ni más ni menos, que una depuración étnica. Esta concepción de la definición de los pueblos no por la igualdad de sus derechos, sino por su etnia, es propia de todos los planteamiento étnicos y el origen de todos los racismos. Pero el Dalai Lama no limita esa definición únicamente al caso del Tíbet; aparece como un alborotador que promueve la guerra en China al incluir en su pretensión étnica otras provincias chinas y otras minorías nacionales en el mismo discurso:

«La política china de transferencia de población no es nueva. Ya ha sido aplicada sistemáticamente en otras regiones. A principios de este siglo, los manchúes formaban una raza distinta, con una cultura y tradiciones propias. En la actualidad, ya no permanecen más que 2 ó 3 millones de manchúes en Manchuria, frente a 75 millones de chinos que se han establecido. En el Turkistán oriental, rebautizado como Sinkiang por los chinos, la población china pasó de 200.000 en 1949 a 7 millones, o sea, más de la mitad de una población total de 13 millones. Tras la colonización china de la Mongolia interior, se cuentan 8,5 millones de chinos en esta región frente a 2,5 millones de mongoles».

Aplicando este razonamiento, ¿el Dalai Lama exige a China y a 91 millones de «colonos chinos» que «vuelvan a su casa»?, es decir, ¿que evacuen Manchuria, Sinkiang y Mongolia? ¿Eso es lo que piden los portadores de banderas tibetanas en las calles de París? ¿Es lo que reclaman Bertrand Delanoe y los demás entusiastas afanosos de este increíble racista religioso? No, por supuesto. Ni siquiera conocen lo que está en los textos. No leen, no se informan. Para ellos, puesto que por definición los chinos son culpables, todos los que se oponen a ellos tienen razón. En nombre de los derechos humanos se encuentran defendiendo la teocracia, el poder absoluto y la limpieza étnica. Y lo peor es que no lo saben. Ninguna lección del pasado afgano, iraní u otros les ha enseñado nada.

Después de eso y para terminar con la referencia del discurso del Dalai Lama en el parlamento de Estrasburgo , en el que renunciaba a la independencia, voy a limitarme a citar el pasaje de dicho discurso que se refiere a este aspecto de la cuestión. Leo que simplemente recupera la constante afirmación de que el Tíbet es un estado independiente, como en toda la exposición. El Dalai Lama recuerda que es la reivindicación «irresistible» del pueblo tibetano. Después declara que acepta la negociación sobre una base que incluya esta pretensión. Lo que no es, en absoluto, una renuncia. Veamos el texto. En primer lugar recuerda la dimensión central del hecho étnico, lo que equivale a decir, por lo tanto, que el problema de los derechos humanos no es una cuestión que afecta a los individuos, sino al pueblo como entidad: «Para que haya progreso en cuanto a la cuestión de los derechos humanos en el Tíbet, es necesario que la cuestión del Tíbet sea tratada como un problema en sí». Después de eso, ¿quién, de buena fe, puede decir que las frases que siguen son una renuncia al carácter étnico e independentista de la posición del Dalai Lama? Lean:

«Históricamente y según el derecho internacional, el Tíbet es un Estado independiente sometido a la ocupación ilegal china. Sin embargo, durante los últimos diecisiete años, desde que establecimos un contacto directo con las autoridades de Pekín en 1979, he adoptado un enfoque moderado de reconciliación y compromiso. Aunque conseguir la independencia nacional sea el deseo irresistible de los tibetanos, he declarado públicamente en varias ocasiones que aceptaría entrar en negociaciones sobre bases que excluían la independencia. La larga ocupación del Tíbet representa una amenaza cada vez mayor para la existencia misma de la particular identidad tibetana, nacional y cultural. En consecuencia, considero que mi primera responsabilidad es adoptar todas las medidas necesarias para salvar de la destrucción total a mi pueblo y su patrimonio cultural único».

En la misma medida en que yo argumento, pienso que las personas que se interesen por este debate podrán intervenir a su vez para justificar sus opiniones. Naturalmente me siento muy satisfecho cuando me entero de que mis textos rebasan sus fronteras o que mis lectores los hacen circular por sus propias listas. Si no, ¿cómo podría sobrevivir una opinión distinta? La matraca mediática y la homogeneidad blindada, armada con la «buena conciencia» inculcada, no nos deja otros medios de actuación. Pero tenemos este medio.



Fuente: http://www.jean-luc-melenchon.fr/?p=589&wpcf7=json

Artículo original publicado el 24 de abril de 2008

Sobre el autor

Caty R. es miembro de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.

URL de este artículo en Tlaxcala:
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ZONA DE TIFONES: 09/05/2008

 
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