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22/10/2017
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La guerra de las generaciones (I-II)


AUTOR:  Jorge MAJFUD


I - La propuesta Huidobro

En Estados Unidos como en Uruguay y en tantos otros países, cada vez que la sociedad se enfrenta con una experiencia traumática relacionada a hechos específicamente crueles de violencia civil, inmediatamente aparecen dos grupos. Un grupo que aboga por el derecho de usar armas para que los ciudadanos honestos se puedan defender de los delincuentes y otro grupo que advierte que esta proliferación de “armas para la defensa” rápidamente se transforma en una mina de “armas para la delincuencia”.

Recientemente el senador uruguayo Fernández Huidobro contribuyó a esta polémica afirmando que “no quiero una sociedad en la que todos estén armados, pero estamos viviendo una situación excepcional”. ¿Por qué estamos viviendo una situación excepcional? ¿Por el último terremoto que golpeó Chile o Afganistán? ¿Por los ciclos solares o por la crisis financiera en Estados Unidos y Japón? Los opositores al gobierno que integra el mismo Huidobro dirán que todo se debe a la mano blanda de la izquierda en el poder. Pero podemos ampliar aun más la pregunta: ¿realmente estamos viviendo una situación excepcional?


Eleuterio Fernández Huidobro
Guerrillero a fines de los sesenta, hoy senador
Mara de Oliveira/Ramiro Alonso

Quizás Uruguay se consideraría un oasis de paz si por un día tuviese dentro de sus fronteras los problemas que tiene México, por ejemplo. No obstante, la violencia civil en Uruguay, Brasil, Estados Unidos o España tiene muchas variaciones pero en el fondo es algo natural, consustancial de cualquier sociedad y particularmente lógico y consecuente con nuestras sociedades del último capitalismo. Desde antes de la Segunda Guerra, en Estados Unidos la violencia social que produce el capitalismo se contrarresta con el minucioso trabajo de las iglesias y, sobre todo, con agresivos programas socialistas que llevan otros nombres, de la misma forma que en los países socialistas la violencia política se neutraliza con el comercio capitalista.

La delincuencia ilegal puede crecer o decrecer periódicamente, no por una fatalidad del destino sino porque una sociedad aplica alguno de los dos métodos conocidos desde el Renacimiento: (1) aumenta la represión del Estado o (2) disminuye su violencia estructural, es decir, económica, social, racial, domestica, ideológica, religiosa y moral. La violencia moral es normalmente contenida por la represión ideológica o por la contención de la religión y del espectáculo mediático. Es violencia ideológica cuando el senador José Mujica elogia a un universitario por no parecer universitario, lo cual tiene muchas lecturas y entre ellas está el desprecio por los meritos intelectuales. Este tipo de violencia es aún menor y menos tradicional que la asumida por la vieja oligarquía que, además de vivir del sudor de los trabajadores (por algo “trabajador” ha sido siempre un meritorio eufemismo de “pobre”) se encargó de organizar con sutileza su humillación que frecuentemente incluía ideoléxicos como “vago”,  “vulgar” o “naco”.

El senador Huidobro agregó: “la delincuencia de hoy no tiene códigos, no cuentan con una ética". Se asume que la delincuencia de ayer sí tenía códigos y ética. De hecho todo grupo, incluido los criminales, se organiza según unos códigos y una ética. Pero asumimos que no son estos tipos de códigos y éticas los que una sociedad está dispuesta a promover; ni siquiera los mismos delincuentes, que perderían competitividad y clientes en una sociedad sin trabajadores honestos. Según el senador Fernández Huidobro, “el colmo es que ni los presos pueden hoy vivir en paz porque nos han copado hasta las mismísimas cárceles”. Lo cual no es absurdo sino parte de la misma lógica: muchos de los que están presos son delincuentes. Es como observar que los niños están copando las guarderías y los kindergartens y no paran de provocar problemas con sus llantos y gritos. 

Huidobro no mejora su posición dialéctica cuando insiste en que “la delincuencia de hoy pertenece a una civilización desconocida, nueva, que se autoexcluye y que no es la nuestra, la que siempre conocimos”. Más tarde, según el diario La Republica de Montevideo, el mismo senador confiesa “no saber en qué momento comenzó a generarse este grado de violencia en la sociedad, esta ‘nueva civilización’, aunque ‘el fenómeno de las llamadas barras bravas es un invento relativamente nuevo’” (21-11-208). Todo lo cual es un problema menor de diagnostico (no hay ninguna civilización nueva) y de percepción, ya que si hay algo antiguo en el mundo son las turbas y las organizaciones criminales.

Lo que debería preocuparnos es que en lugar de progresar como sociedades seguimos estancados. No hay nada nuevo: tenemos la misma enfermedad que hace un siglo pero agravada por la cultura y las condiciones materiales del siglo XXI.

Una juventud donde mandan los viejos

Cuando en el siglo XIX en América latina se discutía quiénes tenían derecho al voto, la mayoría de los políticos e intelectuales de la época estaban de acuerdo que el derecho debía ser reservado a quienes tenían propiedades. Algunos, incluso, fijaron el monto de la riqueza de cada persona para mantener este novedoso derecho. El argumento radicaba en que quien era propietario era más responsable que quien no lo era. Lógico: alguien tiende a ser responsable cuando cuida sus propios intereses. Pero estos intereses implicaban una injusticia en la privación de un derecho civil de aquellos que no tenían ni siquiera el beneficio de la estabilidad económica. Es decir, la violencia económica se reproducía a sí misma a través de la violencia ideológica y moral.

El fenómeno de la violencia civil es una consecuencia lógica, no una contradicción, de cualquier sociedad consumista. Más en los países pobres. Aparentemente los linchamientos como en Mozambique o los más recientes de Bolivia tienen un efecto de corto plazo en la contención de la delincuencia y un efecto de largo plazo en la creación de sociedades aterrorizadas y reprimidas, sin contar con la injusticia que estos juicios irracionales suelen traer. Es difícil que una sociedad madura, o que pretende madurar más allá de un estado cavernícola pueda proponer métodos tan precarios que pudieron funcionar a la escala de una tribu pero resultaría el Apocalipsis si se la instaurase a la escala de sociedades numerosas y mucho más complejas como las nuestras.

El debate sobre el uso legal de armas nunca tendrá una conclusión definitiva porque ambos tienen parte de razón: si los delincuentes atacan el resto de los individuos, éstos tienen derecho a defenderse. Pero si quienes se sienten amenazados comienzan a comprar más armas pronto tendremos (o seguiremos teniendo) sociedades que, en el mejor de los casos, serán sociedades asentadas en el inestable equilibrio de las armas.

Pero la violencia legal —estatal o privada— nunca es suficiente para contener y mucho menos eliminar la violencia ilegal. En casos, cuando es el único recurso, la represión no legaliza pero legitimiza la violencia ilegal.

A largo plazo, la forma de evitar la violencia ilegal radica en eliminar de forma progresiva la violencia legal. Con violencia legal me refiero no solo a un estado policíaco o militarizado sino, sobre todo, a la violencia que deriva de las propias contradicciones de una sociedad. Entre estas contradicciones la más clásica es la que deriva de la misma lógica del consumismo: la promoción del deseo y la represión del placer, ley que afecta con más crueldad a los niños y adolescentes de los países pobres.

Esta lógica del capitalismo consumista suele agravar la violencia cuando a una cultura enferma sumamos una educación insuficiente. El narcotráfico, por ejemplo, no existiría sin el consumo de drogas; víctima y victimario son partes inseparables de la misma lógica social y cultural. La seudo-solución más común es aumentar la represión, lo que también produce la idea de que el sistema X no es el culpable de lo que produce sino imperfecto por culpa de lo que reprime.

En mi opinión, no existe solución a corto plazo. Menos cuando, ante un estado de insatisfacción social, las soluciones sobre el mejor azul consisten en elegir entre el blanco o el negro.

El Estado poco o nada puede hacer para cambiar una cultura pero aún puede hacer mucho para reparar una educación que contenga la violencia social y convierta este desperdicio de energía física e intelectual en proyectos creativos. Para ello existen muchas otras instituciones subalternas, como el deporte, el arte, las ciencias y el comercio. El paso más inmediato consiste en una prioritaria inversión en programas de socialización de la infancia y la adolescencia. Entre éstos, los programas más importantes consisten en priorizar la educación física a través de una mayor variedad de deportes y de espacios para la cultura artística y científica. A estas viejas intenciones, nunca materializadas seriamente, se debe agregar una política radical: la organización debe estar basada en la gestión asistida de los mismos niños y adolescentes. Es decir, se debe implicar en la toma de responsabilidades y en el goce de sus frutos a uno de los sectores sociales más marginados por un prejuicio etario, en lugar de presentar al Estado como un gendarme con el cual se debe cumplir sin recibir nada inmediato a cambio. En otras palabras, bajar la minoridad en la gerencia de la sociedad.

Dejen de tratar a los niños como si fuesen ángeles o demonios. Devuelvan más poder social y doméstico a los adolescentes y tendremos sociedades más maduras.

 

II - El honor de las canas

En la última campaña electoral en Estados Unidos la apelación a la experiencia fue el principal recurso retórico. No obstante anotamos meses atrás que no sólo era un cliché insuficiente sino que además demostraría ser inconveniente para evitar el recambio generacional que se estaba produciendo. También el harto criticado presidente George Bush era un hombre muy experimentado aún antes de asumir el gobierno de Estados Unidos, y eso no lo salvó de las catastróficas decisiones que tomó durante su mandato ni de las ácidas críticas de su propio partido.

Recientemente se descubrió en La Plata, Argentina, una fosa con restos de estudiantes que en 1976 protestaban por el precio del boleto. Tres décadas después, uno de los responsables, el comisario Miguel Etchecolatz, de 77 años, al ser condenado por una parte de estas violaciones dijo indignado: "No tienen vergüenza en condenar a un anciano enfermo. Pero el Juez Supremo nos espera después de muertos". Amén. Necesitaríamos varios tomos para recordar otros célebres ancianos de la misma calaña. En Sobre héroes y tumbas (1961), Fernando Vidal, el alter ego de Ernesto Sábato, observa que "al sustantivo 'viejito' inevitablemente anteponen el adjetivo 'pobre'; como si todos no supiésemos que un sinvergüenza que envejece no por eso deja de ser sinvergüenza, sino que, por el contrario, agudiza sus malos sentimientos con el egoísmo y el rencor que adquiere o incrementa con las canas".

Ahora, si vemos un espectro político donde no hay negros entre una docena de candidatos a la presidencia, quizás podríamos disculpar a un país como Uruguay donde el porcentaje de la población afro es apenas un cinco por ciento, sin contar los mulatos. Por la misma razón de porcentajes, resulta más difícil de justificar la inexistencia legítima de mujeres. Como lo demuestran Inglaterra y Argentina, ser gobernante mujer no es una condición de cambio sino, por lo menos hasta ahora, un recurso de continuidad. Pero una sociedad que se precie de su diversidad debe tener un gobierno y un Estado diverso, ya que son estos espacios públicos donde radica una significativa parte del poder social. Lo único que podemos exigir a los candidatos, además de representar los intereses de un grupo, es que sean excepcionales, es decir, los mejores individuos dentro de ese grupo. A mí no me sirve votar por un presidente que es igual de ignorante que yo en materia administrativa, como no espero que mi médico sea igual de incompetente que yo a la hora de hacer una cirugía. Lo único que espero es que represente mis intereses y para eso debe conocerlos y sentirlos.

 

Recambios generacionales

Hace un par de años sugerimos la inminencia un recambio generacional en Estados Unidos, lo cual no significa un cambio radical operado por un hombre o un partido político sino un cambio progresivo que va de una generación predigital a otra postdigital, como alguna vez ocurrió con la sustitución de una generación preindustrial por otra postindustrial, etc. Inmediatamente algunos lectores mayores que contextualizaron mis escritos en la problemática latinoamericana, se sintieron excluidos, como si estuviésemos proponiendo “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!", que en tiempos semicoloniales del peruano González Prada estaba, al menos como slogan removedor, harto justificado. Menos estamos hablando de poner en práctica lo que Adolfo Bioy Casares imaginó a la novela Diario de la guerra del cerdo (1969), donde se perseguía y asesinaba a los viejos (no por casualidad esta “obra de ficción”  fue escrita en los años 60 y después del mayo 68 por un representante de la well-to-do-class porteña).

Como respuesta se recurrió varias veces al argumento de que en Atenas y en Roma —obviemos que ambos fueron imperios y estados esclavistas— se estimaba la barba blanca de los ancianos y eran fuente de consejo, de forma reveladora se omite lo que se está declarando: por su experiencia, los ancianos eran fuente de consejo. Pero no eran gobernadores. Si recorremos la historia, todos los personajes —bestias y santos, que la forzaron o fueron sus instrumentos— eran jóvenes que rondaban los treinta años. Incluidos los revolucionarios religiosos, que llenan una larga lista desde Asia hasta América. Por no hablar de las ciencias: la asociación de las canas de Einstein con la genialidad es un equívoco histórico, ya que todo lo que Einstein hizo de revolucionario en las ciencias lo hizo mientras fue joven. Luego se empecinó en posiciones conservadoras que las ciencias probaron equivocadas.

¿A qué se debe la exclusión de la juventud en un gobierno sino al abuso del poder en nombre de la experiencia? Como ejemplo, basta mirar lo que ocurre en Uruguay hoy en día: los tres partidos principales y los dos con posibilidades de ganar recurren a la misma tradición conservadora de postular para la presidencia figuras harto repetidas. Luego hay un clamor generalizado de que los uruguayos se han vuelto demasiados conservadores, cuando alguna vez fueron parte privilegiada de la vanguardia de la modernidad política, social y económica desde fines del siglo XIX hasta casi mediados del siglo XX. Y sus principales reformadores eran casi todos jóvenes.

Hoy en día los variados organismos estatales para la juventud hacen una tarea meritoria, no obstante desde una visión general significan la institucionalización de la juventud como subcategoría social. Define, limita, categoriza al otro y dominarás. ¿Por qué no hay un Instituto Para la Promoción de los Caudillos Veteranos? Porque de facto toda la sociedad está organizada como si lo fuera, es decir, en función de este grupo social. ¿Qué han hecho los políticos que hoy se pelean por las candidaturas a la presidencia para estimular nuevos rostros, nuevas ideas? ¿Hay nuevas ideas? A falta de la audacia de las ideas nuevas de nuevos políticos, se recurre a la queja tradicional, tanto de parte de la oposición como de los candidatos del mismo gobierno.

Claro que si me diesen a elegir entre un joven inepto y un veterano experimentado y todavía lúcido elijo este último. El problema no es que haya veteranos serios y preparados sino que falten jóvenes que puedan disputar seriamente el poder político.

 

Paul Klee, Dos hombres en posición inclinada, Aguafuerte, 1903

 

 

Gobernantes o consejeros

Hablar de una “guerra de generaciones” no significa que promovamos este tipo de guerras. Es sólo una observación. La acusación anterior me recuerda a aquellos que jamás habían leído El Capital de Marx ni tenían alguna idea básica del marxismo y subían a las tarimas para acusar a los marxistas de crear y promover la lucha de clases. En primer lugar, la lucha de clases no fue un invento de esa corriente de pensamiento sino un descubrimiento teórico sobre una realidad práctica. No sé si llamarla hoy lucha de clases o lucha de generaciones o lucha de sectas. El hecho es que sigue habiendo un conflicto de intereses entre dos o tres grupos sociales que no se resuelve en beneficio equitativo sino en beneficio de aquellos que mantienen el poder —no la autoridad— y en perjuicio de aquellos otros que lo alimentan, sea de forma pasiva o de forma activa, a través del conflicto o a través de la moral del esclavo que saluda la mano dura que los domina. El español Pi i Margall, contestando a la conservadora España, contestó a aquellos que se quejaban por los conflictos que había traído la desobediencia a los padres y a los reyes: “nuestro pueblo, es cierto, se ha insurreccionado cien veces en lo que va del siglo; mas se ha insurreccionado, examinadlo bien, por falta de libertad, no por la libertad de que ha gozado” (Reacción y revolución, 1854).

Lamentablemente, con frecuencia estas rebeliones son apenas revueltas, infantiles rabietas del niño que se sabe incapaz de poder y de responsabilidad. Alguna vez el humorista Eduardo D’Angelo, actuando de niño tonto, le preguntó a su padre “si los padres son más sabios que los hijos, ¿porque la bombita eléctrica no la inventó el padre de Tomás Edison?” Si bien nadie discute la casi absoluta autoridad del padre y de la madre sobre un niño de cinco años, hay un momento en la vida en que la ciega obediencia del hijo debe desaparecer para convertirse en pacto de asociación y respeto mutuo. Pero cuando esta autoridad se prolonga sobre la adultez del hijo, simplemente se convierte en injusta opresión, física, económica o, más común, ideológica.

Se supone que un gobernante es alguien que debe guiar a un país hacia el futuro, no hacia el pasado. Si esa persona domina más el lenguaje de los ancianos que el lenguaje de los jóvenes, su proyecto irá en contra de las nuevas necesidades y aspiraciones —es decir, en contra de la historia— o pronto entrará en un conflicto paralizante. El mismo conflicto que se plantea a través de la lucha de otras dimensiones sociales, como el de clases, de género, etc.
 
Históricamente los ancianos han cumplido un rol de consejeros, de ministros y hasta de de jueces, no de gobernantes. Cuando los ancianos no dan un paso al costado y se aferran al trono del César, no sólo no cumplen con esa función tradicional de la que se jactan sino que su sabiduría se expresa con la sospechosa práctica que deriva de la ambición del poder. Lo cual los desautoriza para ambas funciones de gobernantes y de consejeros.


Fuente: el autor

Artículos originales publicados el 23/11/2008 y el 15/12/2008

Sobre el autor

Jorge Majfud es autor asociado de Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Este artículo se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente.

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LAS CRÓNICAS TLAXCALTECAS: 15/12/2008

 
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