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24/10/2017
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La Primera guerra mundial de las palabras

Guerra, periodismo y prestidigitación


AUTOR:   NATAN


Cuando estaba teniendo lugar la invasión de Iraq, cada vez que una bomba de los usamericanos o de los ingleses, mataba a civiles, era lo común que la prensa española se refiriese al hecho  hablando de “veinte civiles asesinados en una calle de Bagdad” o de “diez niños asesinados en una escuela en Basora”. El que actos de violencia perpetrados por los invasores recibiesen el calificativo moral más grave no era algo que en principio me desagradase. Pero lo cierto es que ese empleo del verbo “asesinar”, disonaba bastante en mis oídos; estoy acostumbrado a verlo empleado para referirse a homicidios intencionales, y no tengo razón para pensar que quienes decidieron tirar esas bombas querían obtener un resultado que, en aquel momento, tenía un efecto propagandístico tan adverso para sus fines.

Pero lo que terminaba de confundirme, era el hecho de que, esos mismos medios de prensa que no dudaban en calificar del modo más duro las acciones del ejército expedicionario que resultaban en muerte de civiles, no nombrasen jamás a sus perpetradores como invasores; ni siquiera utilizaban los términos más neutros de “fuerzas angloamericanas”, o “ejército expedicionario”; sino que se referían a ellos como “Coalición Internacional”. ¿Puede existir alguna coalición de ejércitos que no sea internacional? –dije yo para mí-, ¿por qué entonces incurren en esta redundancia?. No era eso lo único que chirriaba en mis oídos, con respecto al tratamiento informativo que la prensa española de masas daba a ese asunto. ¿Por qué se refieren a este acontecimiento como “guerra contra Sadam Husein”?, ¿acaso las guerras se hacen contra personas singulares y no contra Estados o fuerzas políticas organizadas? ¿Por qué denominan a las fuerzas que confrontan la agresión extranjera como “el ejército de Sadam Husein”?, ¿Acaso los ejércitos son algo que se posea a título particular?

Es muy evidente que esa falta de naturalidad oculta algo; la denominación  “coalición internacional” oculta el hecho de que ninguna organización que pudiera legítimamente arrogarse la representación de la comunidad internacional, mandó ni autorizó la invasión de Iraq; la expresión “guerra  contra Sadam Husein”, oculta el hecho de que se estaba agrediendo a la nación iraquí, y la expresión “ejército de Sadam Husein” oscurece la legitimidad que asiste en sus acciones al ejército que defiende las fronteras de su país, frente a un invasor.

Y ese esfuerzo de ocultación continúa hoy en día; cada mes de abril, los periódicos y telediarios hablan del aniversario del “derrocamiento de Sadam Husein”,  en vez de referirse al aniversario de la toma de Bagdad, ignorando la diferencia que siempre se hizo entre la deposición de un gobernante por causas internas (revolución, o golpe de Estado) y la que toma causa de una invasión extranjera (que impide, entre otras cosas, conmemorar la entrada en París del los ejércitos de la Alemania nazi, como  “aniversario del derrocamiento de Paul Reynaud”).

Un empeño similar de tergiversación, mediante una elección capciosa de las palabras, tiene lugar en la cobertura de la lucha entre el Estado de Israel y el pueblo palestino. A la terrible matanza de palestinos indefensos que tuvo lugar entre finales del año pasado y los comienzos de éste, se la denominó “guerra contra Hamas” y la fuerza militar que la llevó a cabo era nombrada, en numerosas noticias y crónicas como “Fuerzas Israelíes de Autodefensa”; la expresión “territorios ocupados” parece haber desaparecido del vocabulario periodístico convencional; las colonias son “asentamientos”; un sitio por hambre se denomina “bloqueo”; a la reubicación de ciertas unidades del ejército ocupante se la denomina “retirada”; prácticamente ningún aspecto de la conducta israelí respecto a los palestinos es presentada sin el correspondiente disfraz semántico.

En el transcurso de la operación de castigo israelí contra la franja Gaza, el tono de indignación humanitaria bajó bastante respecto a lo que se acostumbraba cuando tenía lugar la invasión de Iraq (aunque no hice un estudio riguroso, tengo la impresión de que para nuestros periódicos y televisiones hubo más “niños muertos” que “niños asesinados” –lo que puede tener algo que ver con la mayor desinhibición de los israelíes respecto a este asunto), pero aún era perceptible cierta preferencia por ese enfoque. ¿Qué sentido tiene esa actitud, en un escenario dominado por la disposición a manipular las palabras en beneficio del poderoso?

En este marco, las actitudes afectadas de indignación humanitaria rinden servicio en dos formas:

     1) Permiten que quien las adopta disimule su condición de lacayo y se disfrace de voz crítica.

     2) Relegan a un segundo plano las consideraciones políticas (al poner el énfasis en la protección de los civiles, y no en impedir la agresión o en poner fin al despojo al que ésta sirve).

Antes de la Primera Guerra Mundial, el tratamiento convencional de los conflictos bélicos en la prensa de masas, era muy diferente del que se usa en la actualidad. En aquel entonces, las crónicas de guerra, y los textos de opinión, se ocupaban mucho menos de los sufrimientos humanos provocados por la guerra y la violencia política, y mucho más de reseñar el valor de los soldados, el talento (o la carencia de éste) de los generales, el “temperamento” de las naciones intervinientes (dentro de los tópicos que entonces dominaban), así como de otras cuestiones que respondían a la curiosidad y fascinación que el público burgués sentía hacia una actividad que estaba rodeada de un aura de aventura y honorabilidad. Pero las dos guerras mundiales (sobre todo la segunda) hicieron que la guerra perdiese esta aureola, para ceder el protagonismo al sufrimiento humano en la cobertura periodística de los conflictos armados.

No cabe duda de que hablar de la guerra (de las situaciones de violencia armada en general) en función de los sufrimientos que provoca, en vez de hacer de ello un canto épico, es muy saludable para la causa de la paz. El problema se plantea cuando la mirada se detiene en el cuerpo despedazado del niño, y se niega a mirar más allá de la bomba que lo mató. El que esto hace, actúa como un prestidigitador que basa sus trucos en desviar la atención del público, invitándole a mirar hacia un lugar diferente de aquel donde realmente realiza sus manipulaciones. Con la notable singularidad de que, en este caso, el velo que utiliza el prestidigitador para ocultar sus crímenes, son las imágenes de sus más atroces consecuencias.

Para leer otras entradas de esta Primera guerra mundial de las palabras, pinche aquí

 



La Primera guerra mundial de las palabras es una iniciativa de Palestine Think Tank y Tlaxcala.

Los autores que deseen participar pueden enviar sus textos a
contact@palestinethinktank.com y a tlaxcala@tlaxcala.es.

Fuente: el autor

Artículo original publicado el 28 de ctubre de 2009

Sobre el autor

Tlaxcala es la red de traductores por la diversidad lingüística. Este artículo se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a los autores y las fuentes.

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LAS FICHAS DE TLAXCALA: 28/10/2009

 
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