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12/08/2020
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La epopeya de los dos inventores del fotoperiodismo (Episodio II)

«La maleta mexicana», una historia inacabada


AUTOR:  Michel PORCHERON

Traducido por  Rocío Anguiano


1er episodio

Ocho días de Estudio abierto

¿Simple coincidencia? Hace unos meses (del 21 de septiembre de 2007 al 6 de enero de 2008) el International Center of Photography (ICP) de Nueva York dedicaba una amplísima exposición a las imágenes de la guerra civil española (1) y en particular a las del legendario Robert Capa y su compañera Gerda Taro. Sin embargo, en ese momento (prácticamente) nadie podía imaginar que, desde finales de diciembre, el ICP albergaba en el subsuelo 3500 negativos y copias recién llegados de México y atribuidos a Capa, Gerda Taro y David Seymour, que fue con Capa y Cartier-Bresson el fundador de la Agencia Magnum (1947). Así, la «amplísima exposición» solo era una pequeña parte, la punta de un iceberg de negativos inéditos de las fotos de los tres grandes reporteros de guerra. Este «iceberg», que ha estado a la deriva durante casi 70 años, tuvo «un itinerario digno de los laberintos de Borges» (letemps.ch) También se ha hablado de odisea, falsas pistas, enigmas, historia rocambolesca, nuevos misterios. Según el New Yok Times, sería una historia digna de John Le Carré. El conjunto de recientes revelaciones sobre el «estrambótico» y hasta ahora buen general-diplomático mexicano -muerto tranquilamente en su cama en 1972, sin saber lo que contenían las ya célebres tres cajas de cartón- ha hecho subir algunos grados el termómetro de lo grotesco.

La historia –preferimos esta palabra a «caso»- de los 3000 a 3500 negativos 24x36 de Robert Capa, Gerda Taro y David Chim Seymour es indudablemente una pieza única, con cavidades, una formidable historia hecha de compartimentos, algunos secretos o enigmáticos.

La parte visible es patente: la aparición, el resurgimiento –palabras más acertadas que «descubrimiento»- de un tesoro de guerra que representará 3000 nuevas miradas sobre la guerra civil española, la última etapa (¿?) de un rastreo que ha durado casi 70 años, la inesperada ocasión de poner, por fin, a Gerda Taro, la compañera de Robert Capa, en el sitio que se merece como fotógrafa y el punto de partida de magníficas exposiciones en el futuro, primero en Nueva York y después seguramente en México y España.

 

¿Y si la foto de culto «El miliciano muerto» fuera de Gerda Taro?

Ocho días después de esta noticia, lo único que se sabe con seguridad es que 270 carretes están siendo minuciosamente estudiados en el International Center of Photography (ICP) de Nueva York. Un equipo de expertos analiza con lupa estos documentos de una incomparable riqueza para hacer una microscopía y una digitalización. «El tesoro perdido» se está inventariando. «Habrá que dedicarle tiempo, pero al final tendremos el panorama completo de lo que hicieron estos tres fotógrafos durante la guerra civil española», declaró el domingo 27 de enero Brian Wallis, conservador jefe del ICP. El análisis y el paso a papel de los negativos llevará dos meses. ¿Confirmará el último análisis que la maleta no revela nada sobre el «misterio» de la legendaria foto del miliciano muerto?

Sin embargo, estos primeros días habrán sido suficientes para que salga a la luz la otra cara de la historia, más prosaica, la parte sumergida. Esto les pasa hasta a las más bellas historias. Nadie va a criticarlo. Sobre todo cuando el hecho es que los 3000 (o 3500) negativos son una realidad tangible y eso es lo importante.

Porque no es menos patente que nuestra historia tiene una cara rocambolesca («extravagante, llena de peripecias extraordinarias» según la definición del diccionario Le Petit Robert) y novelesca («que contiene imágenes, sueños dignos de una novela»). Lo esencial es saber si «la novela» es más bien tirando a rosa o a negra, según los capítulos.

En los dos casos, hay «aventuras» y la del tesoro, perdido, escondido, recuperado, está enterita. Ya no se habla de «las tres cajas de cartón con 270 carretes fotográficos, o sea 3000 negativos inéditos», sino de «la maleta mexicana», un titulo de novela (the Mexican suitcase, escribía ya el 27 de enero en el New York Times, Randy Kennedy, en su artículo The Capa Cache).

Era de esperar. Desde el mismo domingo 27 de enero, se daban ya todos los ingredientes novelescos. El misterio del recorrido de los 3000 negativos, entre España y Nueva York, vía París y México. El tiempo: han pasado casi 70 años. El decorado: la guerra civil española y sus lugares míticos. Una historia de amor que acaba mal entre Gerda y Endre, dos inmigrantes judíos antifascistas que huyen del nazismo. Los personajes que forman el reparto: Bob Capa, el mejor reportero gráfico de guerra de todos los tiempos; Gerda Taro, su compañera, que pierde la vida a los 26 años, aplastada por un tanque; el famoso miliciano republicano vestido de blanco herido de muerte en Cerro Muriano; un general mexicano, diplomático en Francia, que formó parte de las tropas de Pancho Villa durante la Revolución en su país; un tal Emeric o Imre Weiss (2), húngaro fallecido en México; Richard Whelan, el (único) gran biógrafo (3) de Capa y Brian Wallis, el jefe curador del ICP y… algunos intermediarios o actores secundarios. La historia dirá si fueron figurantes que se encontraban allí por causalidad en el momento indicado o simples intrigantes atraídos por el olor del lujo, que habrían husmeado el filón, con el fin de hacerse un hueco.

No es aventurar mucho imaginar para «la maleta mexicana», en un plazo más o menos breve, un destino inevitable en la edición, un guión para una o varias películas, para la pequeña o gran pantalla, un titulo de cómic, etc. ¿No fue el mismo Robert Capa, toda su vida, un personaje fuera de lo común, novelesco, sobrexpuesto ? Siempre que se evoca a Capa, sube la temperatura, y eso desde hace 70 años. ¿Acaso el gran «Capa» no nació a los 23 años recién cumplidos?

 

1995, el año del milagro

En el laberinto de la historia de «la maleta», al tinte novelesco van a añadirse la «cobertura» periodística –la historia no es exactamente la misma si viene de México, de París, de Madrid o de otro sitio- amplificada, comentada y deformada, y en ese laberinto natural que es la Net, sitios institucionales, blogs y páginas personales.

La lectura de las primeras informaciones –los dos únicos diarios que publicaron en exclusiva ese domingo 27 de enero, un número reducido de fotos de la «maleta mexicana» así como una foto de una de las tres cajas de negativos, fueron el New York Times y el Periódico de Catalunya (EPC)– daba a entender que los 3000 negativos se habían recuperado hacía muy poco milagrosamente en México, antes de ser confiados al ICP de Brian Wallis (institución que fue fundada por el hermano de Capa, Cornell, en 1974). Nada de eso. Durante más de diez años, existieron negociaciones tremendamente discretas entre uno de los «inventores» («persona que encuentra un tesoro, un objeto perdido, un yacimiento arqueológico») mexicanos en México y Cornell Capa, en Nueva York. En efecto, si hacemos caso al periodista y escritor Michel Lefebvre del diario francés Le Monde (el 28 de enero), que es además uno de los mejores especialistas actualmente de la representación de la guerra civil española (3), Benjamín N. Tarver, sobrino de la viuda -¿me siguen?- de un diplomático mexicano que poseía, sin más, unas cajas de negativos, escribe en 1995 «a un especialista de la guerra civil española del Queen’s college de Nueva York, Jerald Green para hablarle de su descubrimiento y todo ello en connivencia con Cornell Capa. Las negociaciones durarían más de diez años hasta que los negativos llegaron, en un estado impecable, al ICP». En 1995, Tarver ignora que sus negativos sobre la guerra civil española son de Capa. Entrará en contacto con Jerald Green, tras ver una exposición en México sobre la guerra civil española y será este último quien, algunos meses más tarde, durante un viaje a México, ponga nombres por primera vez a los negativos: fundamentalmente, Robert Capa.

 

Así pues «la maleta mexicana» no había estado perdida para todo el mundo

«Negociaciones» que duraron más diez años… ¿Sobre qué «negociaban»? ¿Y por qué durante tanto tiempo? De momento, el ICP apenas ha dado algunas explicaciones, cuando está claro que es esta institución la que «sacó» la historia confiándosela al NYT y al EPC y muy probablemente la que eligió la fecha del 27 de enero. Michel Lefebvre habla sencillamente de «hermoso descubrimiento». Pero además menciona con todas las letras el nombre de Benjamín Tarver, mientras que el NYT afirma que el mexicano exigió guardar el anonimato y sobre todo que se negó a responder a las preguntas de Randy Kennedy.

Por su parte, los comunicados de prensa llevaban los siguientes titulares: «Aparecen recientemente muchas fotos inéditas de Robert Capa, tomadas durante la guerra civil española» (el subrayado es y será nuestro) y reconocían que «las fotos habían sido confiadas al general mexicano Francisco Javier Aguilar González en 1940, no se sabe por quién».

Michel Lefebvre es el primero que habla de «historia rocambolesca» y lo demuestra justo después de que se anunciara el «descubrimiento». Las diez líneas siguientes, con todo lujo de detalles, sitúan mejor la historia: «Robert Capa (en 1939, antes de salir de Francia hacia Nueva Yok, huyendo de la llegada de los nazis, tiene 26 años) confía sus archivos al húngaro Emeric «Csiki» Weisz, un amigo de la infancia de Budapest, que sigue viviendo en el taller de Capa, en el número 37 de la calle Froidevaux en París. Csiki Weisz se va a Marsella, por miedo a que se desencadene la guerra, llevando consigo las famosas cajas de negativos. Entonces le detienen como «extranjero indeseable» y lo llevan a un campo de internamiento francés de Oued Zem en Marruecos. 

En 1941, Robert Capa se las arregla para obtener un visado de salida para su amigo. Consigue reservarle una plaza en un barco, el Serpo Pinto, con destino a México, a donde Csiki Weisz llega en diciembre. Algunos meses más tarde, Fred Stein y David Seymour consiguen llegar también al continente americano a bordo del Winnipeg. Csiki confía entonces los negativos a un oficial consular mexicano. Y caerán en el olvido hasta 1994.

En este punto, puede parecer que la historia está cerrada, atada, salvo algunos detalles, pero veremos que a este puzzle le faltan todavía algunas piezas. La historia es más complicada e Internet va a complicarla un poco más.

En el (reciente y prometedor) sitio francés Rue89, Pierre Haski, que fue periodista de AFP y de Libération, bajo un titular neutro: «Emergen los negativos de Robert Capa» afirmaba también (el 28 de enero) que los «herederos (del general mexicano) que han descubierto el tesoro no tienen ni idea de cómo llegaron las tres maletas a las manos de su abuelo». Para P. Haski «hasta 1995 no empezaron a circular las primeras noticias sobre esos extraños negativos, procedentes de México».

 

Tres cajas de cartón: una rojo burdeos, una verde y la otra beige

La historia de los 3500 inéditos según Juan Villoro –escritor mexicano, corresponsal del EPC, que afirmó que había visto las tres cajas de negativos antes de que salieran hacia Nueva York- y retomada por numerosos sitios hispanófonos, que durante más de seis días se explayaron (mientras que la cobertura francófona fue más que comedida), introduce con alfombra roja una persona que otras fuentes, las francófonas, apenas mencionan, una mexicana de origen inglés Trisha Ziff, cuyo papel cambió entre el 27 y el 31 de enero. «El material que se creyó perdido durante décadas fue descubierto por la cineasta Trisha Ziff hace unas semanas», llega a escribir un poco apresuradamente, el 27 de enero, el director del EPC, basándose en fuentes mexicanas reveladas por Juan Villoro que señalaba a su vez que «la conservadora y cineasta Ziff dio con las cajas a través de los descendientes del general y diplomático mexicano».

Por su parte, el sitio español Publico.es precisa (el 30 de enero) que en 1995 Tarver, que es un «cineasta», había escrito al profesor del Queens’s College «diciéndole que había heredado (unas cajas) de su tía –hija de Francisco Aguilar Gonzalez. El contacto se interrumpió ahí». La información acabó llegando al ICP de Nueva York, pero «a pesar de todo lo que se hizo por encontrar al heredero, este último permaneció en paradero desconocido». Entonces se hizo el «silencio» oficial, que durará doce años.

Información o intoxicación, era necesario coger la sartén por el mango o el toro por los cuernos y será Trisha Ziff la encargada de hacerlo. A principios del año pasado -o sea doce años después de la llamada de Benjamin Tarver al profesor Green…- Brian Wallis llamó a la «comisaria y amiga» Trisha para que investigara. Se conocían desde hacia diez años (el ICP había acogido hacia dos años una exposición itinerante de la señora Ziff «Che! Revolution And Commerce»). Trisha Ziff: «Brian Wallis me dice: Trisha, hay alguien en México que posee un gran material de Capa, pero no hemos podido localizarla. ¿Podrías ayudarnos?».

Le costó muchas semanas localizar a Tarver (¿abril de 2007?) Y largos meses para convencerle de que cediera los negativos. Ziff afirma que fue la primera en ver fotocopias de tres contactos. Se los había dado el mismo Tarver que «tras varios meses de negativas y dudas» acabó por confiárselos. Trisha Ziff cogió el avión en diciembre hacia Nueva York con todos los negativos… «No iba a enviarlos por paquete postal» (FedEx Box). Los sitios del corazón dirán que su hijo, nieto de refugiados españoles, viajaba con ella, para darle color local.

Para Publico.es, el general mexicano fue diplomático en Marsella entre 1939 y 1940. Las tres cajas le fueron entregadas por el amigo húngaro Imre Weisz, en Marsella, no en París.

Según Luc Debraine (letemp.ch) si las «negociaciones» entre la familia y el ICP, que se inician en 1995, fueron estériles es porque «la familia del general teme que un día  le reprochen el hecho de haber confiado a Estados Unidos un testimonio único muy relacionado con la historia del país» Y eso sin contar con la insistencia del ICP, ni con la reciente gran exposición de Nueva York, en ese momento en proyecto. «Dichas aprehensiones estarán justificadas».

El sitio abc.es dice que «tras años de negociaciones para saber quién iba a encargarse de salvaguardar» las tres cajas «finalmente se decidió ceder los derechos a Cornell Capa» hoy un «anciano» como dice Trisha Ziff. Cornell es un «anciano» que veló siempre celosamente por la herencia de su hermano y por todos los temas de derechos.

 

Resumen de los capítulos anteriores

En este momento de la historia, sabemos:

1939: Capa confió su laboratorio de París, donde está la maleta, a su amigo de la infancia Weisz, que llega a México en 1941. 1995 Benjamin Tarver afirma que posee una maleta de negativos, que pertenecía -dice- a uno de sus abuelos, el general, del que se escribirá que siempre ignoró el contenido de la maleta. La maleta, que Capa creía desaparecida para siempre, permaneció así «adormecida» entre 1941 y 1995 en México. Solo a partir de 1995, existieron contactos, conversaciones, negociaciones, tratos, entre Benjamín Tarver, el profesor Green y, en particular, el ICP de Cornell Capa y Brian Wallis. Hay que esperar al año 2007 para que Tarver acepte a su vez confiar a una mexicana, Trisha Ziff, los negativos, ya prácticamente identificados como negativos de Capa y compañía. En diciembre de 2007, están en el ICP de Nueva York. Tras un primer examen, no aparece nada sobre el «miliciano muerto» de Capa.

Existen también incógnitas y enigmas:

¿Cuál fue el recorrido exacto de la maleta entre París, Marsella en 1941 y su llegada a México? ¿Se conocerá algún día? ¿Quién fue el verdadero «pasador» de este formidable botín? ¿Cómo pudo dicho botín permanecer en el anonimato durante más de doce años (1995-2007) a pesar de los rumores? Y en «perfecto estado». Dado que no hubo ninguna «fuga» sobre su existencia al margen de un pequeño grupo de expertos y que el secreto estuvo tan bien guardado como la maleta, ¿cabría pensar que el esfuerzo valía la pena? ¿Trisha Ziff es solo una mensajera? Porque realizó en seguida una misión declarada imposible y el ICP le confió otra: transportar esta inmensa fortuna de México a Nueva York, como una simple viajera con su billete de avión.

   

Unos días después, ya no es T. Ziff quien ha descubierto el tesoro. En realidad, Trisha Ziff solo es una intermediaria, una «mensajera». Cuando le pregunta el EPC (29 de enero) dice que «la persona que poseía los negativos era muy consciente del valor de lo que tenía y nunca quiso venderlos. Pensaba donarlos dignamente y mi papel fue el de buscar este sitio (…). Estaba dispuesta a cooperar». ¿Y esa persona no recibió nada a cambio? Trisha Ziff: «¿Dinero? No, ni un céntimo. Hizo ese gesto en nombre de su familia».

Según Trisha Ziff, cuyo perfil profesional es especialmente rico –es según los mexicanos, como dijimos anteriormente, cineasta, comisaria independiente, también realizadora, crítica, documentalista, historiadora de la fotografía, conservadora, experta en arte- se trata de las «fotos más extraordinarias que conocemos de Capa». Pero no dice nada sobre la foto del miliciano de la colina cordobesa de septiembre del 36.

Según René Solis en Libération del 31 de enero, y para quien la historia de los negativos rescatados también es «totalmente novelesca», las tres cajas (una roja, una verde, una beige) habrían (en condicional) sido entregadas el pasado mes de diciembre, tras meses de conversaciones, a Trisha Ziff por Benjamín Tarver «realizador publicitario y gerente de la sociedad de producción Shoot Mexico, al parecer sobrino nieto del general». «Por razones todavía inexplicables, anteriormente los tratos iniciados con el ICP no habrían funcionado».

La historia está tan fuera de lo común que cada «fuente» o casi (salvo aquellas que se basaron de forma masiva en la agencia española EFE) parece querer desmarcarse, aportando nuevos elementos a este enorme y fascinante rompecabezas. Así René Solis, tras esos verbos en condicional, añade algunas especulaciones: «También podría ser que se cuestione la “paternidad” de algunas fotos atribuidas a Capa. Así, Brian Wallis, citado por el New York Times, no excluye de forma categórica que la famosa foto del miliciano hubiera sido tomada por Gerda Taro…» (los puntos suspensivos son de Solis).

Pero es afirmativo, sin citar la fuente, cuando escribe: «Imre Weisz, refugiado en Marsella en 1940, habría tenido tiempo de depositarlas en el consulado de México, país conocido entonces por su compromiso antifascista, antes de ser detenido e internado en un campo de Argelia».

 

El general sería un completo desconocido en Marsella

René Solis ha hecho también sus averiguaciones: «En el sitio del Ministerio de Asuntos Exteriores mexicano, no hay datos de la presencia de Aguilar González en Marsella en 1940. Pero se indica que fue embajador en París (de febrero de 1941 a julio de 1942) antes de que le enviaran a Portugal (de septiembre de 1944 a mayo de 1945), China (1947-1949) y Argentina (1956-1959)».

Hay que señalar que en México la vida y obra del general no ha sido objeto, salvo error, de ninguna investigación periodística (4). O bien, no se obtuvieron resultados. No hay fotos, ni referencias a su estado civil, hechos de armas en la banda de Pancho Villa o su carrera diplomática.

René Solis que intuye de forma clara el embrollo y ve por todas partes falsas pistas, termina con una batería de preguntas «¿Por qué este diplomático no contactó con Capa, al acabar la guerra? ¿Desconocía el contenido de las cajas? ¿Las había olvidado entre otros papeles? Y lo que es más sorprendente todavía: Imre Weisz tampoco intentó recuperarlas. Sin embargo, cuando salió del campo de Argelia, Imre Weisz emigró… a México, donde se casó en 1946 con la pintora y novelista inglesa Leonora Carrington con la que tuvo dos hijos».

Y ahí no acaba todo. Solis señala que Richard Whelan, en su biografía de Robert Capa publicada en 1985, recurre al testimonio de Imre Weisz… que no mencionó el episodio de los negativos perdidos. «¿Los había borrado de su memoria? ¿Estaba convencido de que habían desaparecido? Un buen montón de enigmas, algunos de los cuales se aclararán cuando el milagroso inventario de los fondos se acabe».




Falco, dedeté, Cuba, 3 de febrero de 2008


Y en este punto de la historia, podríamos imaginar lo que algunos grandes detectives privados tipo Sam Spade, Colombo, Mike Hammer, Hercules Poirot, incluso Starsky y Hutch pensarían de la historia de la «maleta mexicana».

Foto Digital Mexico (FDM) de 31 de enero pone su granito de arena en esta gran obra de pastelería periodística. El sitio revela que el cineasta Benjamin Tarver siempre tuvo un sueño. Su fuente: Trisha Ziff. Asombroso ¿verdad? ¿Qué sueño? «hacer un documental sobre su padre» (el general).

Si han hecho falta doce años para que todo esto salga a la luz es «porque nadie se tomó el tiempo de conocerlo, de hablarle, de saber cuáles eran sus preocupaciones» comentaba además la mexicano-inglesa, con el corazón en la mano. Así que Ziff decidió negociar con el ICP «para que Benjamín pudiera hacer su documental, accediera a los archivos y encontrara financiación. A cambio, Tarver les entregaría los negativos para que Eastman Kodak los restaurara en Nueva York». Y la portadora de la maleta añade «Tarver también recibiría una copia del tesoro digitalizado en alta definición, que destinaría a un sitio muy especial. México se beneficiaria así también de una exposición del material». Según Brian Wallis del ICP, Tarver habría «pedido a cambio la autorización para hacer una película con la historia de la maleta, lo que le fue concedido». «En las negociaciones no se habló de dinero».

Así que, si lo hemos entendido bien, el trato era muy simple: a cambio del «don», de la generosa entrega de un tesoro insospechado, que se creía perdido desde hace 70 años, de un valor (histórico y económico) incalculable, entregado finalmente 12 años más tarde a los derechohabientes que habían «exigido» su restitución… un cineasta mexicano, desconocido, recibirá el apoyo del ICP para contar por fin la historia de su abuelo-general y su maleta, sobre los que planea la sombra de la duda.

 

Si Weisz está en el origen de la aventura de la maleta, no fue el quien se la entregó a los mexicanos

Como para complicar aún más esta historia, que resulta cada vez más enrevesada, el mexicano Juan Villoro -recordemos que era amigo de Trisha Ziff y corresponsal del EPCatalunya- sostiene que Chim Seymour (1911-1956) había llegado a México –a bordo del Sinaya, el primer barco que salió de España en 1939, con destino a Veracruz para cubrir la llegada de los primeros refugiados españoles y que Capa estuvo en México en 1940. Nadie parece saber si Capa y Chim hablaron de las cajas de negativos con el que, según Villoro, estaba ya en México… Imre Weisz, que al parecer murió allí el año pasado, a los 90 años cumplidos. Brian Wallis (ICP) tiene una teoría: «creían que todo se había perdido para siempre y habían abandonado su búsqueda».

Y Juan Villoro pone la guinda al pastel: «¿Quién podía pensar que ese tesoro se había salvado gracias a un general mexicano conocido por sus proezas como jinete, que había domado un caballo para la hija del emperador japonés Hiro Hito?»

¿Cómo llegaron las tres cajas de negativos a manos del general? Juan Villoro y su amiga Ziff dicen que ellos mismos lo ignoran. «Todo lo que sabemos es que cuando el general murió, su hija las heredó, junto con todos los demás bienes de su padre y antes de ella muriera en 1994, se las dio a la familia de Benjamin Tarver».

Una puntualización: en las cajas de negativos, en su parte exterior, existirían anotaciones que no son de Robert Capa. ¿Entonces de quién son? Un misterio más. «Lo que queda por contar, que lo cuente la pluma de Juan Villoro» escribió (el 3 de febrero) el colombiano Victor Diusaba Rojas para elnuevodia.com.co.

De momento, mientras Villoro se decide (¿?) es Michel Lefebvre (5) –que se ha permitido algunos días más de investigación- quien saque a la luz algunos elementos nuevos, útiles para apreciar mejor este milhojas.

En otras pocas líneas, cuenta (para Le Monde 2, el cultural del fin de semana del diario francés, el 8 de febrero de 2008):

«Cuando Csiki Weisz pone los pies en suelo mexicano, en diciembre de 1941, ya no lleva las cajas de negativos, aunque salió de París con ellas. ¿A dónde han ido a parar? Un comunicado de prensa, difundido por Cornell Capa en 1979, da algunas pistas sobre esta desaparición».

“En 1940, mi hermano entregó a uno de sus amigos (Csiki, ndlr) una maleta entera de documentos y negativos. Este, de camino a Marsella, se la confió a un ex combatiente de la guerra civil española que debía esconderla en el sótano de un consulado latinoamericano. La maleta no ha vuelto a aparecer. Si alguien tuviera información sobre ella, que se ponga en contacto conmigo y Dios le bendiga de antemano”.

Este llamamiento no obtuvo resultados. Csiki –con quien Richard Whelan, el biógrafo de Capa, mantuvo después largas entrevistas en los años ochenta- no desveló nunca el misterio». 

¿Quien sería el nuevo intermediario? Además el enigma del general permanece también intacto. Igual que durante el periodo entre 1995 y 2007. El periodista francés había hablado de «negociaciones» el 28 de enero. «Fueron para el ICP –escribe Michel Lefebvre el 9 de febrero- diez años de negociaciones bastante misteriosas».

Su artículo se titula «Las tribulaciones de “la maleta mexicana” de Robert Capa». Y en la entradilla, se lee: «Este es el resumen de esa historia». Un simple resumen de dos páginas. No hay duda de que se volverá a hablar de esta pirámide de varios pisos que es la «maleta mexicana» de muchos fondos. Un día, pronto, como por arte de magia, igual que las palomas de un sombrero de copa, saldrán de la maleta de cartón Hemingway, Malraux o Fedérico García Lorca, entre muchas otras fotos, todas destinadas a eternos viajes planetarios, esta vez anilladas y controladas por GPS.

 

Notas

(1) En esta exposición, se mostraban 80 (la mitad inéditas) de las 300 fotos españolas conocidas de Gerda Taro. La comisaria fue la investigadora alemana Irme Schaber, con Kristen Lubben del ICP y el biógrafo Richard Whelan. La completaban otras tres exposiciones: una sobre periódicos y carteles de la guerra civil española, otra sobre los trabajos de exhumación de los cadáveres republicanos vista por el fotógrafo catalán Francesc Torres y la tercera… Capa en cuatro salas. La foto emblemática del miliciano se exponía por primera vez junto a las otras 40 fotos tomadas el mismo día (5 de septiembre de 1936). La comisaria de esta exposición, Cynthia Young, explicó que «la idea era juntar todos los documentos que poseía el ICP. ¡Para que dejen de acusarle de ocultarlos!» (M. Lefebvre).

(ICP, 1133 Avenue of The Americas, New York. Tel.: (1) 212-57-0046. Catálogos en inglés: Gerda Taro (40 dólares), Capa (70 dólares). En este último, Richard Whelan tuvo tiempo de dedicar treinta y cinco paginas «muy argumentadas» (M. Lefebvre) al caso del «misterio» de la foto del miliciano.

(2) Optaremos por la ortografía Weisz, como el NYT. Otros escriben Weiss. Nombre: Emeric o Imre.

(3) El biógrafo Richard Whelan murió en mayo de 2007, a la edad de 61 años, después de haber consagrado 30 años de su vida a los trabajos sobre Robert Capa. En su biografía de referencia Capa (Mazarine 1985) le dedica un sitio especial a Gerda Taro. «Whelan era el único en beneficiarse de las fuentes, correos y fotos de Capa conservados en el ICP y, sobre todo, era el único beneficiario de las confidencias y de la confianza de Cornell Capa, hermano de Robert, también fotógrafo, que le había confiado en 1980 la gestión de sus archivos y los de su hermano» (ML).

(4) Esto no es cierto porque el 14 de febrero se indicaba, por primera vez, en un largo comunicado de la agencia EFE-México, que en sus archivos, el Ministerio de Asuntos Exteriores mexicano no encontró ningún indicio de la existencia de la «maleta» que habría estado en posesión del general-diplomático. No se hacía referencia a ella en ningún documento, ni tampoco a la forma en la que habría llegado hasta él. Ni sobre lo que habría hecho después con ella. En este sentido el misterio permanece intacto.

Pero en ese comunicado se hacen revelaciones graves sobre el «estrambótico» general. Esos archivos del Ministerio recogen acusaciones contra Francisco Aguilar (1895-1972), cuando era embajador en Francia (en Vichy) y agregado militar (1941-1942), de desviación de fondos destinados a los refugiados españoles, según los documentos que pudo consultar la agencia española. De acuerdo con un memorando confidencial fechado en 1942, varios informes sobre sumas recogidas para los refugiados habrían desaparecido. Cada mes, debían repartirse cuatro millones de francos entre 10 000 refugiados en Francia, cantidades que procedían de la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles). Pero, según el Ministerio, esos fondos, antes de ser entregados a los refugiados, eran retenidos por Francisco Aguilar para especular con moneda de oro en Suiza. Este asunto fue tema de artículos de prensa en julio de 1942 (el diario mexicano Novedades) y al general se le llamó a México.

Además, según las mismas fuentes, el general Aguilar fue acusado de hacer contrabando de whisky a Estados Unidos y de ropa interior (¿femenina?) a Argentina en 1958, al amparo de sus actividades diplomáticas. Para conseguirlo, Aguilar también se habría servido de un supuesto parentesco con el ex presidente mexicano Francisco I. Madero. El negocio del nylon le supuso una invitación para disfrutar de una jubilación anticipada. Las revelaciones sobre el general de la maleta no se acaban aquí. Esta vez las fuentes ya no son oficiales. El comunicado de la agencia EFE menciona un libro «Los nazis en México» (Debate, 2007) del periodista Juan Cedillo, en el que se señala la supuesta «afinidad» de Aguilar con los servicios secretos del Tercer Reich, según unos documentos atribuidos al Archivo Nacional de Washington. El general habría sido también el principal responsable del tráfico de drogas hacia Estados Unidos en los años treinta y cuarenta. La verdad es que parece mucho para un solo hombre… (el Ministerio mexicano indica que fue, sucesivamente, diplomático en Suecia, Italia (1923-1926), Estados Unidos (1930-1933), Japón (1935-1936) y Francia, antes de ser nombrado embajador en el Portugal de Antonio Oliveira Salazar en 1944 y después en China).

Murió en marzo de 1972 «dejando sin resolver el misterio que rodea los negativos de Capa», concluye la agencia EFE.

(5)- Si citamos con frecuencia a Michel Lefebvre es porque es uno de los «iniciados» (al margen de los expertos del ICP) que sabían que la maleta había sido encontrada. En efecto, en un artículo publicado en Le Monde el 7 de junio de 2007 escribía a propósito de Richard Whelan: «Dedicó estos últimos años a la búsqueda -finalmente fructosa- de una maleta de negativos y copias que Capa había confiado a un amigo húngaro antes de huir a Estados Unidos en 1940».

Véase, del mismo autor Agustí Centelles, le "Robert Capa espagnol" : esquisse d'une épopée


Fuente: remitido por el autor

Artículo original publicado el 12 de febrero de 2008

Sobre el autor

Rocío Anguiano es miembro de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.

URL de este artículo en Tlaxcala:
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LIMPIAMENINGES: 08/04/2008

 
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