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09/08/2020
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Entrevista al director de cine nigeriano Newton I. Aduaka

«Ezra»: retrato de una infancia africana atormentada


AUTOR:   Falila Gbadamassi

Traducido por  Caty R.


Falila Gbadamassi (Afrik.com) entrevista al cineasta nigeriano Newton I. Aduaka

Una de las facetas de la infancia maltratada en África es la de los niños soldados. En la película «Ezra», que se estrena en Francia esta semana, el realizador nigeriano Newton I. Aduaka aborda esta traumática experiencia con una sensibilidad y un sentido crítico inéditos en el cine.

Ezra es un niño soldado que acude a un centro de rehabilitación de UNICEF, al que se incorporó al final de la guerra de Sierra Leona. No le gusta, pero sobre todo tiene que enfrentarse a las acusaciones de su hermana, Onitcha, que le acusa de haber matado a sus padres. Él lo niega firmemente. Y sabe defenderse bien. Para empezar, Ezra debe remover un pasado doloroso que el presente no parece perdonarle. ¿Cómo puede seguir viviendo si fue un niño soldado?, ¿si la sociedad no tiene en cuenta su trauma y cuando tiende la mano todavía le siguen condenando? Newton I. Aduaka presenta en Ezra un terrible drama psicológico que aborda las vivencias de los niños en las guerras en el aspecto más fundamental pero que a menudo se descuida: su reconstrucción psicológica.

Usted optó por abordar la cuestión de los niños soldados en forma de drama psicológico. ¿Por qué?

Es muy fácil hacer una película sobre la guerra, las matanzas, etc. El trauma psicológico que origina la guerra se menciona poco en el cine. La guerra es algo que marca profundamente, que afecta a nivel psicológico, una experiencia traumática que atormenta durante mucho tiempo. Quería ir más allá de la guerra y combinar esta dimensión con la de la justicia. ¿Quién es responsable? ¿La persona que dispara, la que arma o la que financia? Hay varios niveles de responsabilidad. Pero lo que más me inquieta es el hecho de que los niños estén considerados como los primeros responsables cuando son las primeras víctimas. Quería desenredar esa trama con el fin de permitir a cada uno apreciar los distintos niveles de responsabilidad.

¿Es especialmente crítico sobre la reinserción de los niños soldados?

La película nació de mi decepción ante la forma en que se tratan los conflictos, el hecho de que las Naciones Unidas estén informadas de lo que ocurre, saben quienes son los traficantes y los canales que utilizan para vender las armas. Y finalmente todo lo que son capaces de ofrecer a los niños se resume en tres meses de seguimiento psicológico y enseñarles a hacer cestas y jabón. Después se los envían a personas que quieren acogerlos. Algunos no encuentran familia o no llegan a vivir en un marco familiar, por lo tanto vuelven a las calles, se drogan y se enrolan otra vez en una nueva guerra porque es lo único que saben hacer. No tienen más vida. Y la guinda del pastel: deben comparecer ante una «comisión de verdad y reconciliación» que más bien parece un tribunal de justicia. Mi pregunta, una vez más, es: ¿todo eso es justo?

Ezra presenta las secuelas psicológicas de un niño soldado. Usted también es un niño de la guerra. ¿Cómo lo vive?

El proceso es tan largo que fue durante la realización de Ezra cuando me di cuenta de que eso todavía me afectaba. A pesar de que tengo 42 años todavía percibo vívidamente muchas imágenes de la guerra de Biafra. El país parecía una ciudad fantasma, Biafra estaba destruida. Esa guerra trastornó profundamente mi vida, para bien o para mal. Hasta hoy, la cuestión de Biafra es un tema tabú en mi país, nadie quiere hablar del asunto. La guerra civil de Biafra fue el primer conflicto «post colonial». Causó más de tres millones de muertes en pocos meses. Los británicos financiaron esta guerra. Proporcionaron las armas y le dijeron al mundo entero que se encargarían del asunto porque Nigeria era su ex colonia. La comunidad internacional se dejó convencer sin protestar. Lo que pasó en Biafra es un crimen contra la humanidad porque utilizaron el hambre como un arma de guerra. La ayuda humanitaria no se autorizaba en el territorio biafreño. La gente se moriría de hambre, de desnutrición, los niños del kwashiorkor. Todo eso revela la hipocresía que hay en torno a las guerras. La película es una condena de la guerra, pero sobre todo de la inmoralidad de toda esa gente que permite que pasen este tipo de cosas, de la hipocresía de las organizaciones y de los dirigentes africanos que se implican en esos conflictos.

¿Qué se siente cuando se recibe «l’étalon d’or du Yennega»  (Primer premio de la vigésima edición del festival panafricano de cine y televisión de Ouagadougou, N. de T.) por una película tan personal?

El premio es, por supuesto, una hermosa recompensa, algo muy estimulante. Me quedé muy sorprendido. Pero haber conseguido rodar Ezra, en sí mismo, ya fue una gran recompensa. Todo lo que vino después es un regalo suplementario, pero todo sigue siendo duro cuando se ha hecho una película tan dolorosa. Quizá habría disfrutado más del premio si la película hubiera sido menos personal, al igual que el personaje de Ezra, su sistema de valores… Pasé por muchos avatares y mi vida sigue cambiando, tal como ocurre con mi percepción de las cosas después de Ezra. Sin embargo, es una distinción que aprecio mucho porque es muy respetada. Todo el equipo se alegró. Pero no es para eso para lo que hago cine. Seguiré haciendo películas tan comprometidas como Ezra.

¿Cómo se convirtió en cineasta?

Por casualidad. Dejé Nigeria debido a la dictadura de Sony Abacha. Cerraron todas las escuelas y universidades. Tenía una tía que vivía en Inglaterra y que me permitió proseguir mis estudios. Terminé por decidir que no quería convertirme en un ingeniero electrónico más. Si debía seguir en el ámbito científico, tendría que haberme convertido en inventor, porque soy creativo. Tenía que encontrar una disciplina para expresar mi creatividad. Descubrí el cine y decidí que podía ser mi oficio. Tenía 19 años, me gustaba la música, había hecho un poco de fotografía… El cine reúne muchas disciplinas, la técnica me remitía a mi pasado de ingeniero. La idea de crear a partir de la tecnología es algo que me es familiar. El cine parecía contener todo lo que necesitaba para calmar mi sed de nuevos retos. Me gustan los retos. Ezra es uno. Me entregué totalmente en esta película porque me prometí a mí mismo, y también a los niños que entrevisté en Sierra Leona durante mis investigaciones, que haría la mejor película posible sobre este asunto. Es lo que intenté hacer, y no fue fácil.

Volviendo a mi carrera, terminé mis estudios a los 23 años y me di cuenta de que no es fácil ser un realizador negro en Gran Bretaña. Muchos cineastas negros no pueden trabajar, algunos realizadores reconocidos como John Aconfra e Isaac Julian siguen luchando. La historia del cine negro en Inglaterra es lamentable. Es comparable a un boicot. Así que me volví hacia el cine independiente que emergía entonces en Estados Unidos con realizadores como Spike Lee. Empecé también a hacer películas independientes y así enfoqué mi carrera. Ezra fue la primera película para la que recibí subvenciones.

¿Cuánto tiempo trabajó en esta película?

Estuve tres años buscando en Sierra leona para organizar el escenario. Allí hay muchos niños soldados y es donde hice las pruebas.

Ahora vive París, donde ser un realizador negro es peor de lo que describía más arriba como un boicot…

Vivo en París y es verdad que hacer una película sobre las experiencias de la inmigración es casi imposible. Lo que refleja claramente la hipocresía de la política de financiación de Francia por lo que se refiere al cine y los realizadores africanos. Tienen una idea bien precisa de lo que quieren ver. Lo sé porque lo viví en Gran Bretaña. Si deseo hacer un cuento sobre mi pueblo, no hay problema. Pero si es para contar la vida de un inmigrante africano, es mucho más difícil. Hay un tipo de censura sobre lo que pueden hacer los africanos. Todo eso crea la ilusión de que Francia sostiene el cine africano, pero es únicamente para un género de películas. Encierran el cine africano en una especie de gueto.

Como cineasta nigeriano, ¿qué piensa del boom de Nollywood?

La industria de la imagen hecha por africanos para africanos amenaza al cine occidental. El interés de Nollywood reside en el hecho de que la gente ve sus propias historias. Pero esta industria tiene que ganar en calidad, y así será porque el público la reclama. Lo más difícil ya está hecho: captar espectadores, porque la gente quiere ver películas que le informen sobre su propia realidad a la vez que le divierten.

Si entendí bien, usted seguirá haciendo cine en la línea de Ezra pero, ¿cuál será su próxima etapa?

Estoy trabajando en un proyecto de película titulada Waiting for an Angel, que se desarrolla en Nigeria a mediados de los años 80, durante el régimen de Abacha. Esta película es una ocasión para revisar las razones que me obligaron a abandonar Nigeria….

Usted parece un autor muy introspectivo

Creo que todo lo que hacemos empieza en el espíritu. Lo demás es la exteriorización de los pensamientos íntimos y por eso siempre vuelvo a ellos, a los pensamientos de lo que está mal en el mundo, la hipocresía, la corrupción; e intento materializar mis pensamientos escribiéndolos. Volviendo a Waiting for an Angel, es la historia de un joven escritor que intenta que le publiquen su libro. La película habla del arte, de cómo se convierte en un artista y cómo se refugia en sí mismo en un régimen totalitario. Y cuando tiene que elegir, ¿debe comprometerse o encerrarse en su mundo?

Para usted es obvio que hay que comprometerse…

Cuando percibimos el mundo como es, no hay otra opción. El mundo es un lugar terrible, una fuente de decepciones donde las civilizaciones occidentales se hunden porque no se construyen sobre valores auténticos, sino sobre la corrupción, sobre la tiranía hacia las demás razas humanas con respecto a las cuales se proclaman superiores. Simplemente porque pusieron a los demás de rodillas por medio de la esclavitud, del colonialismo… Lo único que permite sobrevivir a la civilización occidental es la tiranía. Con la India y China, las cosas están cambiando. Estamos llegando al final de esta civilización que finalmente tiene que asumir lo que hizo durante los cinco últimos siglos, que no son nada en el tiempo, y no justifican tanta arrogancia. Se habla mucho del siglo de las luces, pero ¿qué clase de civilización ilustrada tolera el racismo? También se habla mucho «de igualdad, de fraternidad»… pero la gente ni siquiera conoce el significado de esas palabras. Sólo son bellas palabras que no reflejan la realidad del mundo ni de la sociedad francesa. Los filósofos son cobardes incapaces de decir la verdad. Existe una especie de ilusionismo, una ruptura entre las palabras y la realidad.

¿Qué opina del futuro del cine africano que narra diferentes realidades en el oeste, el norte o el sur del continente?

Pienso que de aquí a una decena de años las cosas cambiarán. El cine africano va más allá del propio continente. África ya no es únicamente un lugar geográfico, sino un estado de ánimo guiado por la diáspora. Para mí, el cine africano debería extenderse a Brasil, Cuba, América, a todos los lugares donde viven los negros. Este cine está llamado a ser uno de los más ricos del mundo porque bebe de numerosas culturas. Sólo en Nigeria, el cine que se hace en el norte del país no es igual que el del sur. Finalmente, es un cine que no quiero definir, sería como matarlo. Sólo deseo que llegue a ser lo que merece. La gente quiere encasillar el cine africano pero, al contrario, hay que dejar que evolucione. Se convertirá en un cine muy complejo, muy importante, con historias verdaderas y sofisticadas.

 

Newton I. Aduaka nació en 1966 en el norte de Nigeria. Estudió cine en la London International Film School de Gran Bretaña. En 1991, trabajó como ingeniero de sonido en el largometraje «Quartier Mozart» del camerunés Jean Pierre Bekolo. Poco después creó la productora Granite Film Works e inició una destacada carrera como cineasta. Es autor de varios cortometrajes: «Voices Behind the Wall» (1990), «Carnival of silence» (1994), «On the Edge» (1998), «Funeral» (2002) y «Aicha» (2004). Con «On the Edge», una película de 28 minutos sobre las dramáticas confesiones de una toxicómana, atrajo la atención del público y la crítica. Esta obra le valió el premio al mejor cortometraje en FESPACO y en el Festival Cinema Africano, Asia e América Latina de Milán en el año 1999. Al año siguiente presentó su primer largometraje, «Rage» (2000), en el escenario de los barrios de Londres, este film penetra en la desesperada búsqueda de identidad de tres jóvenes que se unen para editar un álbum de hip-hop. «Rage» obtuvo el premio Oumarou Ganda a la primera obra en FESPACO 2001. «Ezra» es su segundo largometraje y además de haber sido seleccionado en importantes festivales internacionales ha cosechado numerosos premios durante el pasado 2007, entre los que destacan el Etalon d’Or de Yennenga y el premio especial de las Naciones Unidas en FESPACO, el premio del público en el Festival Cinema Africano, Asia e América Latina de Milán, premio a la mejor película en el 28th Durban International Film Festival de Sudáfrica y el premio Alhambra de Plata en la primera edición del Festival de Granada Cines del Sur.




Fuente: http://www.afrik.com/article14457.html

Artículo original publicado el 4 de junio de 2008

Sobre la autora

Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la fuente.

URL de este artículo en Tlaxcala:
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MADRE ÁFRICA: 16/06/2008

 
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