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06/12/2020
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Cuando se habla de 1945


AUTOR:  Ryszard KAPUSCINSKI

Traducido por  Julieta Tonello. Revisado por Mar Rodríguez.


Una guerra total tiene miles de frentes, donde se encuentran todos, aún los que no están en la trinchera ni disparan un solo tiro.

Cuando rememoro aquellos días, me doy cuenta -no sin cierta sorpresa- de que recuerdo el principio de la guerra mejor que su fin. El comienzo está claramente establecido para mí en tiempo y lugar, puedo evocar su imagen con facilidad porque ha conservado todos sus colores, toda su intensidad emocional: comienza con mi repentino descubrimiento en el cielo azul de un día de finales del verano (y el cielo en septiembre de 1939 estaba asombrosamente azul, sin una sola nube) de doce puntos plateados en algún lugar de las alturas. La cúpula sublime, brillante, se llena de un ruido sordo y monótono que no se parece a nada que haya escuchado antes. Tengo siete años, me encuentro en un prado al Este de Polonia, con la mirada fija en los puntos que apenas se mueven en el cielo. De pronto, se escucha cerca un terrible estallido en las afueras del bosque. Oigo cómo explotan las bombas. Sólo más tarde descubro que lo son, ya que en ese momento todavía desconozco que exista algo así; su mera idea me es extraña, soy un chico de provincias que jamás ha escuchado la radio o visitado un cine, que no sabe leer ni escribir, que nunca ha oído hablar de guerras ni armas mortales. Veo fuentes gigantes de tierra esparciéndose por el aire. Quiero correr hacia ese extraordinario espectáculo que me aturde y me fascina porque, al no tener experiencia en tiempos de guerra, no puedo enlazar en una sola cadena de causa y efecto aquellos brillantes aviones plateados, el estruendo de las bombas, las columnas de tierra volando hacia lo alto de los árboles y el peligro de muerte inminente. Comienzo a correr hacia allí, en dirección al bosque y a las bombas que caen y explotan, pero una mano me agarra por detrás y me arroja al suelo. «¡Quédate quieto!», oigo en la voz temblorosa de mi madre. «¡No te muevas!» Y recuerdo a mi madre que –mientras me aprieta contra ella– me dice algo que no comprendo y que quiero preguntarle más tarde. Dice: «Hay muerte por allí, hijo».

Es de noche y tengo sueño, pero no me dejan dormir. Debemos correr, tenemos que escapar. Hacia donde, no lo sé. Pero sí sé que huir se ha convertido de pronto en una especie de necesidad superior, una nueva forma de vida, porque todos huyen. Todas las carreteras, calles, hasta los senderos del país están llenos de vagones, carros y bicicletas; llenos de paquetes, valijas, maletas, baldes; lleno de gente errante, aterrorizada y desamparada. Algunos se dirigen al Este, otros al Oeste, otros tantos al Norte y al Sur. Corren en todas direcciones, dan vueltas, caen desmayados por el cansancio, se quedan dormidos en cualquier sitio y luego, habiendo recuperado el aliento, reúnen las fuerzas que les quedan y continúan su confuso e interminable viaje.

Se supone que debo sujetar con fuerza la mano de mi hermanita. No podemos perdernos, advierte mi madre. Pero siento, aunque ella no lo diga, que el mundo se ha convertido de pronto en un lugar peligroso, extraño y cruel, en el que cada uno debe estar siempre en guardia. Camino con mi hermana al lado del carro tirado por caballos, una simple carreta de madera llena de heno y, en lo alto, sobre una sábana de lino, yace mi abuelo. Es paralítico y no puede moverse. Cuando comienza un bombardeo, la multitud aterrorizada, que hasta ese momento caminaba con lentitud, busca refugio en las zanjas, se esconde en los matorrales, se deja caer en el campo de papas. En la calle vacía, desierta, sólo queda el carro y, en él, mi abuelo, que ve cómo se acercan los aviones, descienden abruptamente y apuntan al carro abandonado, ve el fuego de sus armas, oye el rugido de los motores sobre su cabeza. Cuando los aviones desaparecen, volvemos al carro y mamá limpia el rostro transpirado de mi abuelo. En ocasiones hay varios bombardeos en un mismo día. Después de cada uno, el sudor se desliza por la cara exhausta de mi abuelo.

Nos encontramos con un paisaje cada vez más desolado. Hay humo en el horizonte lejano; pasamos por delante de asentamientos vacíos, casas solitarias, quemadas. Dejamos atrás campos de batalla sembrados de instrumentos de guerra abandonados, estaciones de ferrocarril destruidas, autos volcados. Huele a pólvora, a cosas quemadas, a carne en descomposición. Nos topamos caballos muertos por todas partes. El caballo –un animal grande, indefenso- no sabe esconderse; durante un bombardeo se queda quieto, esperando la muerte. Hay caballos muertos en las calles, en las zanjas, en los campos un poco más adelante. Yacen con las patas hacia arriba, en el aire, como si estuvieran señalando con sus cascos el mundo. No veo gente muerta en ningún lado, se las entierra con rapidez. Sólo los caballos –negros, bayos, marrones, multicolores- yacen en el lugar, como si no se tratara de una guerra entre seres humanos sino entre caballos, como si ellos fueran quienes hubieran librado una batalla hasta la muerte y fueran las únicas victimas.

Llega un invierno duro y frío. En circunstancias difíciles se siente el frío con más intensidad; el frío parece más penetrante. El invierno puede ser una estación más, una espera para la llegada de la primavera; pero ahora el invierno es una catástrofe, un desastre. Ese primer invierno en guerra es verdaderamente amargo. En nuestro departamento las estufas están frías y las paredes cubiertas por una blanca y gruesa escarcha. No hay nada que quemar; no hay combustible que comprar y resulta demasiado peligroso robarlo. Ser sorprendido robando carbón o madera significa la muerte. La vida humana vale muy poco ahora, no más que un trozo de carbón o un pedazo de leña. No tenemos nada que comer. Mamá se queda horas inmóvil, parada frente a la ventana, mirando hacia fuera. Se puede ver gente contemplando la calle de esa misma forma en muchas ventanas, como si estuvieran contando con algo, esperando algo. Yo recorro los patios con un grupo de chicos, sin jugar ni buscar abiertamente algo que comer; eso significaría la esperanza y después la desilusión.

A veces el aroma a sopa caliente se cuela por una puerta. Cuando ocurre, uno de mis amigos, Waldek, pega la nariz a la ranura y comienza a inhalar febrilmente la fragancia y a frotarse el estómago con deleite, como si estuviera sentado frente a una opulenta mesa. Un momento después vuelve a sentirse triste y decaído.

Un día oímos que van a regalar dulces en una tienda cerca de la plaza. Enseguida nos ponemos en la fila -una ristra de niños hambrientos y con frío-. Ya es de tarde y está oscureciendo. Nos quedamos todo la tarde allí afuera, a temperaturas heladas, toda la noche y todo el día siguiente. Quedamos amontonados, abrazándonos unos a otros para obtener algo de calor, para no congelarnos. Por fin la tienda abre sus puertas, pero en lugar de dulces recibimos una lata de metal vacía que alguna vez contuvo bombones de fruta, Débil, entumecido por el frío y, sin embargo, feliz, me llevé mi botín a casa. Es valioso porque aún conserva restos de azúcar adheridos a las paredes de la lata. Mi madre calienta agua, la vierte en el interior de la lata y así tomamos una bebida caliente, algo dulce: nuestro único alimento aquel día.

Luego volvemos a la carretera para viajar hacia el Oeste desde nuestra ciudad, Pinsk, porque mi madre ha oído que papá está viviendo en una aldea a las afueras de Varsovia. Fue capturado en el frente, logró escapar y ahora -creemos- se encuentra dando clases en una pequeña escuela rural. Cuando aquellos de nosotros que fuimos niños durante la guerra recordamos esos tiempos y decimos «padre» o «madre», nos olvidamos -debido a la solemnidad de estas palabras- de que nuestras madres eran mujeres jóvenes y nuestros padres hombres jóvenes que se deseaban, se extrañaban terriblemente y querían estar juntos. Y así es que mi madre vendió todo lo que había en la casa, alquiló un carro y partimos en busca de mi padre. Lo encontramos de casualidad. Al pasar por un pueblo llamado Sieraków, mi madre llamó a gritos a un hombre que cruzaba la calle: «¡Dsieudek!». A partir de ese día vivimos todos juntos en una diminuta habitación sin agua ni electricidad. Cuando comienza a oscurecer nos vamos a dormir, porque ni siquiera tenemos velas. El hambre nos ha seguido hasta aquí desde Pinsk. Busco constantemente algo que comer -un mendrugo de pan, una zanahoria, cualquier cosa. Un día, papá, sin otro recurso, le dice a su clase: «Chicos, el que quiera venir a la escuela mañana debe traer una papa». Mi padre no sabía comerciar, no sabía hacer negocios y no recibía salario, de modo que decidió que sólo contaba con una opción posible: pedir a sus alumnos algunas papas. La mitad de la clase no se presentó al día siguiente. Algunos niños llevaron media papa, otros un cuarto. Una papa entera es un tesoro enorme.

Al lado del pueblo se encuentra un bosque, y en ese bosque, cerca de un asentamiento llamado Palmira, hay un claro. En ese claro llevan a cabo las ejecuciones los hombres de la SS. Al principio disparan sólo durante la noche y nos despertamos con el sonido sordo y repetitivo de los disparos. Más adelante, lo hacen también durante el día. Llevan a los condenados en camiones cerrados de color verde oscuro y el pelotón de fusilamiento cierra la marcha del convoy en un camión sin cubierta.

El pelotón de fusilamiento siempre viste largos sobretodos, como si un gran abrigo ceñido a la cintura fuera un apoyo indispensable para llevar a cabo el ritual de asesinato. Cuando semejante convoy pasa por delante nuestro, los niños de la aldea lo observamos desde nuestro escondite en los arbustos, al costado del camino. En un momento, detrás de la cortina de árboles, comenzará algo que se nos está prohibido ver. Siento un frío temblor recorriéndome la espalda; estoy temblando. Aguardamos el sonido de la salva. Allí está. Después vienen los disparos individuales. Después de un rato, el convoy regresa a Varsovia. Los hombres de la SS cierran la marcha, fumando cigarrillos y conversando.

A la noche vienen los guerrilleros. Aparecen de pronto, los rostros apretados contra la ventana. Los observo cuando se sientan a la mesa, siempre entusiasmados con el mismo pensamiento: que todavía queda tiempo para morir esta noche, que están marcados por la muerte. Todos podríamos morir, por supuesto, pero ellos se aferran a esa posibilidad, la enfrentan cara a cara. Vienen una noche y hablan con mi madre en susurros (no he visto a mi padre el último mes, y no lo haré hasta el final de la guerra; se encuentra escondido). Nos vestimos rápidamente y partimos: están haciendo una redada cerca y están deportadas aldeas enteras a los campos de concentración. Huimos hacia Varsovia, a un refugio que nos han asignado. Veo una gran ciudad por primera vez en mi vida: tranvías, edificios de muchos pisos, grandes tiendas. Después nos encontramos de nuevo en el campo, en otra aldea, esta vez en la ribera más alejada del río Vístula. No puedo recordar por qué fuimos, sólo recuerdo caminar una vez más al lado del carro tirado por caballos y escuchar la arena del camino caliente deslizarse entre los rayos de las ruedas de madera.

Durante toda la guerra sueño con zapatos. Con tener zapatos. ¿Pero cómo? ¿Qué debe hacer uno para tener un par? En el verano camino descalzo y la piel de mis plantas está dura como el cuero. Al comienzo de la guerra papá me hizo un par de zapatos de fieltro, pero él no es zapatero y lucen extraños; además, he crecido y ya me quedan demasiado apretados. Fantaseo con un par de zapatos grandes, fuertes, con tachuelas, que produzcan un sonido distintivo cuando golpeen el pavimento. La moda de entonces eran las botas altas; podía quedarme horas mirando un buen par. Me encantaba el brillo del cuero, escuchar el sonido crujiente que hacía. Pero mi sueño de tener zapatos era más que un simple deseo de belleza o comodidad. Un buen par de zapatos era un símbolo de prestigio y poder, un símbolo de autoridad; un zapato de mala calidad era símbolo de humillación, la marca de un hombre que ha sido despojado de toda dignidad y condenado a una existencia infrahumana. Pero en aquellos años todos los zapatos que anhelé llevar en los pies me pasaron por delante con indiferencia. Me quedé en mis toscos zuecos de madera con su parte superior de lona negra, a la que aplicaba en ocasiones un ungüento en un intento frustrado de darle un poco de brillo.

Hacia finales de la guerra me convertí en monaguillo. Mi sacerdote es el capellán de un hospital de campaña del ejército Polaco. Hileras de carpas camufladas se yerguen escondidas en un bosque de pinos en el margen izquierdo del río Vístula. Durante la sublevación en Varsovia, antes de que el ejército ruso entrara en la ciudad en enero de 1945, reina un agotador bullicio. Las ambulancias llegan a toda velocidad de la vanguardia, que retumba y humea no muy lejos. Traen a los heridos, muchas veces inconscientes y colocados aprisa uno sobre otro en desorden, como si fueran sacos de cereales (sólo que éstos sacos gotean sangre). El personal sanitario, medio muerto de fatiga, saca a los heridos, los coloca sobre la hierba y luego los moja con un intenso chorro de agua fría. Los que dan alguna señal de vida son trasladados a la carpa de operaciones (frente a esta carpa hay siempre una pila nueva de brazos y piernas amputadas). Los que ya no se mueven son llevados a una gran fosa en la parte trasera del hospital. Allí, sobre esa enorme tumba abierta, permanezco de pie durante horas junto al cura sosteniendo su breviario y la copa con el agua bendita. Repito tras él la plegaria por los muertos. «Amén» le decimos a cada fallecido. «Amén», docenas de veces al día, pero rápido, porque en algún lugar detrás de los bosques, la maquinaria de la muerte está trabajando sin parar. Y luego, un día, todo está repentinamente quieto, en silencio y vacío, las ambulancias dejan de llegar, las carpas desaparecen. El hospital se ha trasladado al Este. En el bosque sólo quedan las cruces.

¿Y después? Los pasajes de arriba son algunas páginas de un libro sobre mis años de guerra que comencé a escribir y luego abandoné. Me pregunto ahora cómo hubieran sido las últimas páginas, su conclusión, su epílogo. ¿Qué hubiera escrito allí sobre el fin de la Segunda Guerra Mundial? Nada, creo. Quiero decir, nada concluyente. Porque, en cierto sentido, la guerra no terminó para mí en 1945, ni en ningún momento cercano. De muchas formas, algo de ella aún perdura en mí. Para aquellos que la vivieron, la guerra nunca termina, no de una manera absoluta. Es un tópico decir que una persona sólo muere cuando la última persona que la conoció y la recordó muere; que un ser humano finalmente deja de existir cuando todos los que lo llevaban en la memoria parten de este mundo. Algo similar ocurre con la guerra: aquellos que la vivieron nunca podrán librarse de ella, persiste como una joroba mental, un tumor doloroso, que ni siquiera el tiempo, cirujano excelente, podrá extraer. Sólo hay que escuchar a la gente que vivió una guerra cuando se sientan a la mesa al anochecer. No importa cuáles sean los primeros temas de conversación. Puede haber miles de temas. Pero, al final, sólo habrá uno: reminiscencias de la guerra. Estas personas, aún después de años de paz, superpondrán imágenes de la guerra a cada nueva realidad, una realidad con la que no pueden identificarse por completo porque está relacionada con el presente y ellos están poseídos por el pasado, por el constante retorno a lo que han vivido y cómo se las arreglaron para sobrevivir. Sus pensamientos, una retrospección repetida en forma obsesiva.

¿Pero que significa pensar en las imágenes de la guerra? Significa ver cómo todo existe con máxima tensión, con olor a crueldad y espanto. Porque la realidad de los tiempos de guerra es un mundo de reducción maniquea, extrema que elimina todo matiz intermedio, todo lo que sea suave y cálido, y limita el mundo a un agresivo contrapunto, a blanco o negro, a la más primaria batalla entre dos poderes: el bien y el mal. ¡Nadie más en el campo de batalla! Sólo el bien (en otras palabras, nosotros) y el mal (todo lo que se entromete en nuestro camino, que se opone a nosotros y que colocamos en la siniestra categoría de enemigo). La imagen de la guerra está imbuida con la atmósfera de fuerza, una fuerza física desnuda que pulveriza, humea, explota constantemente, siempre al ataque, una fuerza que se expresa brutalmente en cada gesto, en cada golpe de una bota contra el pavimento, de una culata de un rifle contra un cráneo. La fuerza, en este universo, es el único criterio con el que se mide todo –sólo el fuerte importa, sus gritos, sus puños. Todo conflicto se resuelve, no a través del compromiso, sino destruyendo al oponente. Y todo esto se lleva a cabo en un clima de exaltación, furia y frenesí en el que nos sentimos todo el tiempo aturdidos, tensos y amenazados. Nos movemos en un mundo rebosante de miradas odiosas, mandíbulas apretadas; lleno de gestos y voces que aterrorizan.

Durante largo tiempo creí que eso era el mundo, que así era la vida. Era comprensible: los años de guerra coincidían con los de mi infancia y, más tarde, con el despertar de mi madurez, del pensamiento racional, de la conciencia. Es por lo que me parecía que la guerra, y no la paz, era el estado natural. Y así, cuando los disparos se detuvieron de repente, cuando ya no se escuchó el rugir de las bombas explotando, cuando de pronto se produjo el silencio, me quedé pasmado. No podía entender qué era, qué significaba el silencio. Creo que un adulto al enfrentarse con esa quietud hubiera dicho: «El infierno terminó, por fin volverá la paz». Pero yo no recordaba lo que era la paz. Era demasiado chico para eso; para cuando la guerra hubo terminado, el infierno era lo único que conocía.

Pasaron los meses y la guerra nos recordaba continuamente su presencia. Seguí viviendo en una ciudad reducida a escombros, escalé montañas de desperdicios, vagué por un laberinto de ruinas. La escuela a la que asistía no tenía piso, ventanas ni puertas - todo había sido consumido por el fuego. No teníamos libros ni cuadernos. Todavía no tenía zapatos. La guerra como desgracia, como carencia, como carga, estaba aún conmigo. Todavía no tenía casa. El retorno al hogar es el símbolo más palpable del fin de la guerra. Tutti a casa! Pero yo no podía volver. Mi casa estaba ahora al otro lado de la frontera, en un país llamado Unión Soviética. Un día, después de la escuela, estaba jugando al fútbol con mis amigos en un parque local, uno de ellos se metió entre los arbustos a buscar la pelota, hubo un tremendo estallido y caímos al suelo: mi amigo murió por la explosión de una mina. Así, la guerra continuaba esperando por nosotros; no quería rendirse. Cojeaba por la calles sosteniéndose con muletas de madera, agitando las mangas vacías de su camisa en el aire. Torturaba por las noches a los que la habían sobrevivido, recordándoles su presencia con horribles sueños.

Pero, sobre todo, la guerra vivió entre nosotros porque durante cinco años había moldeado nuestros jóvenes caracteres, nuestras mentes, nuestros puntos de vista. Intentó deformarlos y destruirlos estableciendo los peores ejemplos, obligando a una conducta deshonrosa, generando emociones despreciables. «La guerra», escribió Boleslaw Micinski por aquellos años, «no sólo deforma el alma del invasor, sino que también envenena de odio y, por lo tanto, deforma, el alma de aquellos que tratan de oponerse al invasor». Y es por ello que, agrega él, «odio el totalitarismo porque me enseñó a odiar». Sí, dejar la guerra atrás implica purificarse internamente y, primero y principal, limpiarse a uno mismo del odio. ¿Pero cuántos hicieron un esfuerzo sostenido en esa dirección? Y de ellos, ¿cuántos lo han conseguido? Era sin duda un proceso largo y agotador, una meta que no podía alcanzarse en poco tiempo, porque las heridas mentales y morales eran profundas.

Cuando se habla del año 1945, me irrita escuchar la frase «la alegría de la victoria». ¿Qué alegría? ¡Murió mucha gente! ¡Se enterraron millones de cuerpos! Miles de personas perdieron piernas y brazos, la vista y el oído, el juicio. Sí, sobrevivimos, ¡pero a qué costo! La guerra es una prueba de que el hombre como ser pensante y sensible ha fracasado, se ha defraudado a sí mismo y ha sido derrotado.

Cuando se habla de 1945, recuerdo que en el verano de ese año mi tía, que milagrosamente sobrevivió a la sublevación de Varsovia, trajo a su hijo Andrzej a visitarnos al campo. Él había nacido durante la sublevación. Hoy es un hombre llegando de mediana edad y, cuando lo miro, pienso en cuanto tiempo ha pasado. Desde entonces, han nacido en Europa generaciones sin saber nada de la guerra. Y aún así, los que la vivieron deben dar a conocer su testimonio. Dar a conocer su testimonio en nombre de los que cayeron a su lado y, muchas veces, sobre ellos; dar testimonio de los campos de concentración, del exterminio de los judíos, de la destrucción de Varsovia y de Wroclaw. ¿Resulta fácil? No. Los que vivimos la guerra sabemos cuán difícil es contar la verdad a aquellos para los que esa experiencia resulta, por suerte, desconocida. Sabemos cómo el lenguaje nos falla, cuán a menudo nos invade la desesperación, cómo la experiencia es, finalmente, incomunicable.

Y sin embargo, a pesar de estas dificultades y limitaciones, debemos hablar. Porque hablar sobre esto no nos separa, sino que -por el contrario- nos une, nos permite establecer puentes de comprensión y comunidad. Los muertos nos advierten. Nos legaron algo importante y ahora nosotros debemos actuar de forma responsable. En la medida de nuestras posibilidades, debemos oponernos a todo aquello que pueda volver a conducir a la guerra, al crimen, a la catástrofe. Porque los que la vivimos sabemos cómo comienza, de dónde proviene. Sabemos que no empieza sólo con bombas y lanzamisiles, sino también con el fanatismo y el orgullo, la estupidez y el desprecio, la ignorancia y el odio. Se alimenta de todo eso, crece con ello y a partir de ello. Ésta es la razón por la que, al igual que algunos combatimos la contaminación del aire, debemos combatir la contaminación de los asuntos humanos a través de la ignorancia y el odio.


Fuente: When There is Talk of 1945

Artículo original publicado en Granta n° 88, invierno de 2004

Sobre el autor

Julieta Tonello y Mar Rodríguez pertenecen al colectivo Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Mar Rodríguez pertenece también al colectivo Rebelión. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora, a la revisora y la fuente.

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IMPERIO: 13/12/2008

 
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