Cada vez que Peres, Livni o Barak (sin olvidar al inenarrable Olivier Rafkowicz, encargado francófono de relaciones públicas del ejército israelí) pronuncian la palabra parece que expectoran, escupen un insulto. Jamás dicen “Hamás”, sino “Khamás”, pues sustituyen la H árabe por una “Kh”, equivalente a la J española.
Hamás, acrónimo de harakat al-muqâwama al-'islâmiya (حركة المقاومة الإسلامية) –Movimiento de la resistencia islámica– se escribe en árabe con H, es decir, con ح, pero en labios sionistas la ح se convierte en Kh, es decir, en خ.
El problema es que en hebreo moderno Khamás significa "robo, expolio".
Por eso, el mensaje subliminal que sale de los labios del menor portavoz del Estado canalla cada vez que habla de “Khamás” es, de entrada, negativo, y ello tanto para oídos hebreos como árabes, puesto que en árabe la letra “khâ” representa... la mierda. Una madre le dice a su hijo: "No toques eso, es khâ”. Por la misma razón, para cualquier árabe el ministro egipcio de Asuntos Exteriores se merece el nombre que tiene, puesto que se llama Abul Geith (pronunciado “jait”, literalmente el padre de la mierda).
Esta elección fonética deliberada de los grandes lingüistas israelíes es de una perversión absoluta, puesto que la “Jet” (ח), octava letra del alfabeto hebreo, equivalente a nuestra J (como la خ árabe), representa tradicionalmente la luz y la vida. Pero cómo extrañarse de lo que hacen unos dirigentes que escogieron el shabbat de la Hannuka –la Fiesta de las Luces– para iniciar su llamada operación “Plomo fundido” (que en realidad significa “Plomo lanzado”) sobre Gaza.
Me pregunto si los corresponsales y enviados especiales de los medios audiovisuales de Occidente en Israel, que repiten como papagayos la pronunciación israelí de “Khamás”, son conscientes de ser cómplices del uso de un arma lingüística secreta de destrucción masiva.
Los juristas internacionales deberían analizar con suma urgencia la noción de crimen de guerra lingüístico.
Ayman El Kayman, investigador de la AIEL (Agencia internacional de la energía lingüística).
¡Buena semana a todos!
¡Que la fuerza del espíritu sea con vosotros!
¡… y hasta el martes que viene!
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