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07/08/2020
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¿Y si el árbol climático escondiese el bosque de los conflictos armados?


AUTOR:  Ben CRAMER

Traducido por  Manuel Talens


¿Será que todo se jugará a una sola carta en diciembre de 2009? La tesis según la cual la protección de nuestro planeta exige la preservación de la capa de ozono y, desde ahora mismo hasta 2020, una reducción en Europa del 20% de los gases de efecto invernadero, se ha puesto de moda. Y, según el manual de supervivencia, la próxima cumbre de Copenhague será la última frontera, imposible de sobrepasar… lo cual puede que sea un eslogan eficaz, pero muy reductor.

Lejos de querer ironizar sobre las urgencias o de proponer otra lista de prioridades, ¿acaso nuestra supervivencia –sobre la cual se va a discutir en Copenhague– no depende en igual medida de la suerte que se reservará a las armas nucleares? Teniendo en cuenta el papel que éstas representan en las cuestiones climáticas y los recursos económicos que se les destinan, a sabiendas de que están destinadas a desfigurar y devastar de forma permanente nuestro planeta…, vale la pena que planteemos esta pregunta.

Una movilización para el desarme

El pasado 29 agosto, unas 10.000 personas se reunieron en la playa belga de Ostende para filmar un videoclip que sirva de llamada de acción contra los cambios climáticos, de herramienta movilizadora en el marco de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el clima, que tendrá lugar en Copenhague a principios de diciembre.

El ultimátum climático es una campaña que se integra en la movilización internacional para que en Copenhague 2009 se obtenga un acuerdo digno de los retos actuales. “Más que nunca antes, el futuro del clima está en nuestras manos”, proclama la publicidad de la Revue Durable. Todo el mundo añade su eslogan para evocar el trastorno climático. Ante una conferencia de embajadores, el presidente Nicolas Sarkozy declaró el 26 agosto 2009: “No hay segunda oportunidad, será en Copenhague o no será”. Si hemos de creer al portavoz de Greenpeace France, “dada la importancia de la conferencia de Copenhague, que ha de lograr un acuerdo fuerte y ambicioso para enfrentarse a la urgencia, este año la mayor parte de nuestro trabajo se ocupa de las cuestiones climáticas. Es nuestro caballo de batalla.”

Según el Réseau des étudiants français pour l’éducation au Développement Durable, el 75% de los estudiantes de Francia consideraban en 2008 que el cambio climático es un problema de tal magnitud que se irá convirtiendo en una preocupación creciente en nuestras vidas. “Los jóvenes del mundo entero forman la generación que heredará las decisiones que los gobiernos deberán tomar en menos de 110 días”, ha recordado en Nairobi el director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el medio ambiente (PNUE), Achim Steiner. El 28 de agosto, cuando no quedaban más de 100 días para la Conferencia de la Convención sobre el Cambio Climático, que tendrá lugar en Copenhague en diciembre de 2009, el PNUE lanzó en internet la campaña “Seal the Deal” [¡Llegad a un acuerdo!], que pretende recoger millones de firmas favorables a una convención sobre el clima.

¿Un protocolo calcado del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)?

Serge Sur, el antiguo director adjunto (1986-1996) del Instituto de Naciones Unidas para la Investigación sobre el Desarme (UNIDIR), ha escrito lo siguiente: “Al mundializar la amenaza se la difunde hasta convertirla en una culpabilidad general e impersonal de la que nadie se responsabiliza…” [1]. Pero dejémonos de generalidades. El protocolo de Kyoto protege a los mayores contaminadores del planeta, lo cual recuerda otros cambalaches internacionales. Los grandes productores de minas antipersonal están excluidos de la Convención de Ottawa. El Tratado de No Proliferación Nuclear, que supuestamente tiene “vocación universal”, es otro caso parecido. Si el TNP es al desarme nuclear lo que Kyoto es al cambio climático, todas las promesas son posibles, todas las escapatorias y los engaños también lo son. Cuatro potencias nucleares (Corea del Norte, India, Israel y Pakistán) de las nueve existentes lo boicotean o no lo toman en cuenta. En cuanto a las otras cinco potencias que no lo ignoran (o que han dejado de ignorarlo) y que, volens nolens, hacen y deshacen en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ninguna tiene la intención de privarse de su quincalla nuclear ni posee suficientes cantidades de ésta como para provocar perturbaciones climáticas consecuentes. ¿Dónde está, pues, el fallo?


Las tres esfinges de Bikini, de Salvador Dalí, 1947

¿Y las brumas de la guerra?

Curiosamente, con la movilización contra el cambio climático, lo políticamente correcto consiste en disociar dos fenómenos: la degradación medioambiental y la militarización del mundo. Los lectores de Nuestro Futuro Común, el informe socioeconómico dirigido por la doctora Gro Harlem Brudtland han debido atravesar varias zonas de turbulencias amnésicas, puesto que su publicación en 1987 pasó totalmente inadvertida, pero puesto que esta “Biblia” (o Corán) del desarrollo sostenible suele ser objeto de citas, vale la pena recordar que su Capítulo 11 está enteramente dedicado al vínculo que existe entre seguridad, desarrollo y medio ambiente. En él se puede leer que las armas nucleares representan “la mayor amenaza para el medio ambiente y el desarrollo sostenible”. Lo cual es una manera de convencer a los políticos –o al menos a los que aún no dudaban– de que todas las guerras son antiecológicas [2] y, sobre todo, que un conflicto atómico no tendría vencedor, sino un único perdedor: el planeta [3]. Los militantes que se oponen al CO2, que harán la peregrinación a la capital danesa, parecen poco determinados a movilizarse el 21 septiembre, día mundial de la paz. En cualquier caso, mientras que las nueve potencias dotadas de armas nucleares sean capaces de desbloquear en 24 horas, sólo para mantener al día y modernizar sus arsenales, el capital equivalente a lo que el Programa de Naciones Unidas para el medio ambiente gasta en un año, la financiación necesaria para evitar el deshielo de los glaciares será siempre difícil de encontrar [4]. Dicho de otra manera, lo que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) consagró en 2008 a proyectos de “adaptación al cambio climático”, es decir 26 millones de dólares, equivale a dos días del presupuesto de defensa previsto para nuestra “disuasión”.

La contaminación militar

La militarización, enemigo público número uno de la democracia, es también el enemigo de la salvaguardia de la calidad de la vida y, pura y simplemente, de la vida. Por supuesto, se puede negar ese vínculo, hasta el punto de hacernos creer que quienes poseen 25.000 cabezas nucleares simplemente apuntan al planeta Marte, tiran al blanco y hacen diana mientras se apropian del 1% de la superficie terrestre –que es el número de km2 reservados al manejo de las armas en la veintena de sitios que han servido –¡2059 veces!– de lugares de ensayo de cabezas nucleares. Esos sitios no verán nunca renacer la hierba nunca más. Las zonas condenadas lo estarán durante generaciones (y no sólo el atolón Bikini, cuyos habitantes debieron abandonarlo durante los ensayos nucleares usamericanos de 1954 sin que hayan podido nunca regresar). En los alrededores de los atolones más frágiles (el de Amchitka, en las islas Christmas, o el de Kwajalein), la detección de la contaminación marina merecería la misma atención que la búsqueda de una caja negra o el acoso de piratas y refugiados. Si para algunos militares la huella ecológica de todas estas actividades no es más que un detalle, el cambio climático también los afecta: sus infraestructuras van a pagar las platos rotos con la subida del nivel de las aguas. Por ejemplo, una isla como Diego García, que el Pentágono se apropió en 1965 después de haber deportado a sus habitantes, sufre actualmente una condena condicional: la pista que alegremente utilizan los B-52 y los invisibles B-2 para bombardear Afganistán e Iraq se verá muy pronto sepultada por el nivel de las aguas.

Nuclearización e “invierno nuclear”

Cuando los militantes que se ocupan de Copenhague advierten que el clima es una bomba de relojería utilizan una fórmula prestada. Fueron los físicos quienes hablaron en primer lugar del reloj del apocalipsis, en 1947, al referirse a la bomba atómica, y la cuenta atrás se ha desplazado en función de las amenazas… nucleares. Pero vayamos más lejos en lo tocante a la paternidad de acontecimientos y reflexiones: quienes denunciaron los arsenales nucleares y se opusieron a su poder de seducción fueron también los primeros en dar la señal de alarma en materia climática. Hace más de 25 años, algunos científicos –entre ellos Carl Sagan, Paul J. Crutzen, del Max Plank Institute de Mayence, Richard P. Turko de la Universidad de California– advirtieron del escenario del “invierno nuclear” [5]. Desde entonces, la bulimia nuclear de las superpotencias ha sido controlada y la delirante carrera hacia las megatoneladas [6] quedó interrumpida. Dicho escenario, que no tiene nada que ver con “variaciones estacionales”, demostraba (mediante simulación) que en caso de guerra, los disparos cruzados de la mitad de las cabezas nucleares que en aquella época poseían Moscú y Washington sumiría el hemisferio norte en un clima glacial hasta que el polvo nuclear lanzado a la atmósfera se posase sobre el suelo. Tales partículas, en suspensión atmosférica, actuarían como una pantalla y bloquearían los rayos del sol durante varios meses. Privada de luz y de calor, la vegetación no podría sobrevivir, lo cual daría lugar a la ruptura de la cadena alimentaria. En las zonas nórdicas, bastaría con que la temperatura descendiese 1º o 2º C para que las cosechas se congelasen. Un enfriamiento en la meseta tibetana, que frenaría su calentamiento durante la estación del verano, suprimiría el aire húmedo proveniente del océano, impidiendo así que el monzón aportara las lluvias indispensables para la vida en la India y Pakistán.

¿Verdades incómodas?

La solidaridad internacional es el pariente pobre del desarrollo sostenible.

El problema de la solidaridad internacional es tan grave como el del cambio climático y el calentamiento del planeta. Si este aspecto de solidaridad deja de existir, asistiremos a desplazamientos de poblaciones, las cuales provocarán conflictos difíciles de controlar...

El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) estima que la amenaza de un cambio climático progresivo y sus impactos […] no será lo suficientemente grave como para poner en peligro la seguridad. Sin embargo, el gobierno canadiense prevé desbloquear 10 billones de dólares para construir barcos de guerra que patrullen el ártico. ¿Será pura coincidencia, sin razón geopolítica alguna?

Entre las verdades incómodas, podríamos preguntarnos por qué la huella ecológica de las Fuerzas Armadas y de los sistemas armamentistas es un asunto tabú. Admitamos que los climatólogos y sus acólitos sean indiferentes a las cuestiones militares. Pero lo contrario no es verdad: las fuerzas armadas han sabido utilizar el medio ambiente para sus propios fines. Tal es el caso con la deforestación, que influye en las perturbaciones climáticas: la dioxina esparcida por los aviones C-123 Provider avanzó en paralelo con el lema de la US Air Force: “Only we can prevent forests” durante sus operaciones en Vietnam (1961-1975). Curiosamente, los militantes que “se preocupan” [7] por el clima tienen tendencia a evitar la celebración del 6 noviembre, el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos armados.

Si el Antártico está aún más o menos preservado es porque a partir de 1959 fue desnuclearizado y desmilitarizado [8]. Desde entonces, la guerra medioambiental (para romper los equilibrios de un ecosistema, por ejemplo) se interesa mucho más por el espacio, el cosmos, como dicen los rusos: un campo de batalla militar cuya decoración principal consiste en más de 2.800 aparatos espaciales. Pero aquellos que manejan a la perfección la sigla del IPCC se sienten incapaces ante la del PAROS (Prevención de la militarización del espacio ultraterrestre). Ahora que todo el mundo se conmueve al pensar en la capa de ozono atmosférica, los misiles que consumen 15 toneladas de combustible por segundo reciben menos publicidad que los 4x4 y las limitaciones de velocidad para misiles.

Copenhague en el espejo retrovisor

Pero volvamos al clima. Cuando la fiebre de Copenhague haya pasado, ¿podremos prever que se revisen las prioridades relativas a todo lo que corre el riesgo de caernos sobre la cabeza? Ya en 1991, la Comisión Trilateral estimaba que “el temor de un conflicto nuclear, que ejerció una presión psicológica considerable en una época, […] está decayendo. Pero algunas amenazas medioambientales podrían terminar por ejercer la misma presión en las mentes de la ciudadanía[…]”, si es que hemos de creer en el informe titulado Beyond Interdependence.

Creo, más bien, que la presión debería mantenerse y amplificarse si tenemos en cuenta que una amenaza no debe ser sustituida por otra y que la compartimentalización únicamente hace avanzar la ignorancia. Es verdad, el frente de las ONG A favor del desarme nuclear carece de una fuerza mediática equivalente a la de las ONG ecologistas y de un consenso sobre la gravedad de la situación. Pero como me he referido a las negociaciones de la diplomacia atómica, evitemos los mismos escollos y las mismas decepciones. Después de Kyoto puede que sea la ocasión de repertoriar al mismo tiempo a los actores virtuosos, aquellos que se implican, incluso a reculones, y a los sinvergüenzas arrogantes o discretos que no merecen ningún tratamiento favorable.

 

Notas

1.      Questions Internationales N.o 38, juillet-août 2009, La Documentation Française, 90 páginas, de las cuales 2 (sic) sobre la seguridad y los estudios estratégicos.

2.      Las declaraciones proceden de la declaración de guerra, los daños financieros pueden facturarse como gastos de guerra… Cf. Artículo sobre las crises, guerres et paix, 24 mai 2009.

3.      Umberto Eco, Cinque Scritti Morali, Bompiani, Milano 1997.

4.      Nuclear Weapons: at what cost?

5.      Paul Ehrlich, Carl Sagan, Donald Kennedy, Walter Orr Roberts, El frío y las tinieblas. El mundo después de una guerra nuclear, Madrid, Alianza, 1986; traducción española de The Cold and the Dark, WW Norton & Company, New York, 1984.

6.      Megatonelada: unidad de potencia de un arma nuclear que equivale a 1 millón de toneladas de TNT, es decir, a 1000 kilotoneladas o a 66 veces lo potencial de la bomba de Hiroshima.

7.      Si se escribe «Greenpeace», «clima» y «dramático», Google pone a la disposición del internauta 22.400 páginas en español.

8.      El Tratado del antártico prohíbe los ensayos nucleares, el recurso a bases militares y la deposición de basura nuclear.


Tan cerca del fin, de David Lihard



Fuente: el autor y ecolosphere.net

Artículo original publicado el 1 de septiembre de 2009

Sobre el autor

Manuel Talens es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

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EN EL VIENTRE DE LA BALLENA: 15/10/2009

 
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