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20/11/2017
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Entrevista al escritor Manuel Talens en el 92 aniversario de la Revolución de Octubre

“La Revolución rusa fue la prueba tangible que necesitaban los parias de la tierra para estar seguros de que el sueño de Marx no era irreal”


AUTOR:  Salvador LÓPEZ ARNAL


La Revolución de Octubre fue desde su primer momento un referente del movimiento obrero internacional e internacionalista y de las organizaciones socialistas que no claudicaron frente al belicismo y las ansias de conquista de los poderosos de la tierra. Referente celebrado, además. Los actos que se organizaban en homenaje a esa fecha gloriosa, el 7 de noviembre, están en la memoria de muchos luchadores revolucionarios. Desde la desintegración de la URSS, desde el triunfo de la contrarrevolución capitalista (salvaje) en la tierra de Gorki y Maiakovski, también aquí, en está página enrojecida, habita el olvido, un olvido injusto y suicida. Para recordar esta fecha, para hablar del significado de aquella revolución socialista, hemos conversado con el escritor, científico, traductor y militante Manuel Talens.

*     *     *

 

Me lo recordabas no hace mucho, tu primera novela, La parábola de Carmen la Reina, finalizaba con las siguientes palabras:

[En Artefa, un minúsculo pueblecito de las Alpujarras, se oyen las trompetas del Apocalipsis]...

María Espinosa se encontraba en el corral, echando alpiste a las gallinas; había soñado que José Botines le declaraba su amor acariciándola con palabras calientes a la luz de la candelilla, y despertó con el ánimo tan alegre que olvidó abrir la ventana para ventilar el cuarto, y no se dio cuenta de que el azul estaba cubierto por unas nubes de plomo que acababan de instalarse lentamente durante la noche; pero levantó la mirada al sentir que su pelo de nieve empezaba a mojarse, y entonces vio la luz de un rayo al caer sobre la cruz del campanario; echó por el lado izquierdo de su casa hasta llegar a la plaza, con los tímpanos a medio reventar a causa de los trompetazos; olía a pólvora quemada y las llamas chisporroteaban al salir por las ventanas de la iglesia; estaba ya a dos pasos de la muerte, y sin embargo creyó oír en el sonido de los truenos el principio de una nueva esperanza; era el 7 de noviembre del año 1917, y en ese mismo instante las hordas libertadoras saltaron por encima de las barricadas al compás de la séptima y última trompeta, avanzando victoriosas entre el humo opaco de los cañones para entrar a saco en el Palacio de Invierno…”

Déjame que te pregunte precisamente en torno a ese 7 de noviembre, casi un siglo más tarde. Hablabas aquí de nueva esperanza, de hordas libertadoras. ¿Qué pasó, pues, el 7 de noviembre de 1917? ¿Por qué crees que representó una nueva esperanza para las clases trabajadoras de todo el mundo?

Puesto que tu pregunta mezcla ficción con realidad, lo cual es algo muy de mi agrado y que suelo practicar como narrador, en primer lugar voy a añadir un poco de contexto a esa cita extemporánea de mi novela, para situar al lector. La parábola de Carmen la Reina sucede en la región montañosa de las Alpujarras granadinas, ese rincón de Andalucía de donde proviene mi familia materna, y se ocupa de la lucha de clases en un pueblo imaginario, Artefa, a lo largo de todo el siglo XIX y principios del XX. La meticulosa coincidencia de las fechas entre el desenlace apocalíptico de los acontecimientos en Artefa y el asalto al Palacio de Invierno –que supuso el nacimiento de la URSS– no es algo casual, sino un recurso retórico con el que pretendí homenajear ese acontecimiento histórico fundamental que fue la Revolución de Octubre.

En cuanto al 7 de noviembre, debo aclarar que la Rusia zarista se guiaba por el antiguo calendario juliano, distinto del gregoriano que hoy se usa en todas partes. Eso hizo que la fecha del triunfo de los soviets, el 25 de octubre según el calendario prerrevolucionario, coincidiese con el 7 de noviembre gregoriano. De ahí procede la aparente contradicción temporal de una Revolución de Octubre que se celebra en noviembre.

Añadiré que la recién nacida Unión Soviética adoptó el calendario gregoriano de inmediato, pero no por ello dejó de aludir a su revolución como culminada en el mes de octubre. Más tarde, la inolvidable película de Eisenstein fijó para siempre esa confusión. El mundo es hoy tan globalizado y uniforme que estas discrepancias parecen ilógicas, pero en aquellos tiempos, no tan lejanos, lo normal era el contraste entre países y culturas, no la similitud. Aclarado esto, volvamos a tu pregunta.

Sobre el 7 de noviembre de 1917 y su importancia histórica se han escrito toneladas de páginas y lo que yo pueda añadir ahora en esta entrevista no es más que la insignificante opinión personal –sin ánimo de convencer a nadie– de alguien que siempre consideró aquellos hechos con ojos benevolentes. Me disculpo, pues, de antemano, si mis comentarios no están a la altura.

La Revolución rusa fue la segunda de la historia, pero la primera que ganó el proletariado, pues la francesa –de carácter burgués– dejó intacta la propiedad privada capitalista de los medios de producción como sistema económico imperante. En cambio, la Revolución rusa fue la prueba tangible que necesitaban los parias de la tierra para estar seguros de que el sueño de Marx no era irreal. ¿Cómo no iba a representar el principio de una nueva esperanza? El capitalismo explotador esta vez no siguió en pie, sino que fue reemplazado por el comunismo, bellísimo concepto a pesar de toda la desinformación que ha sufrido durante más de un siglo, y ese comunismo significaba la igualdad en el disfrute de los bienes terrenales.

Que en última instancia aquel edificio se derrumbara siete décadas después no hace menos sublime su construcción. A lo sumo nos confirma que los sueños, una vez realizados, necesitan mimo y lucha diaria durante toda la vida para que no se extingan.

Entonces, el comunismo, ese bellísimo concepto según tus palabras, sería la “igualdad de disfrute de los bienes terrenales”

Claro, se trata de un concepto básico del materialismo histórico, que se desprende de la sociedad sin clases y de la propiedad pública de los medios de producción. El paraíso, si es que existe, está aquí abajo y no tiene por qué ser sólo para unos pocos, sino para todos. A eso se le llama compartir, lo cual es ajeno a la naturaleza del capitalismo. El mensaje evangélico del cristianismo es exactamente igual que el del comunismo, salvo que se adentra en el terreno del pensamiento mágico para fantasear un hipotético disfrute igualitario en el más allá.

Te has referido a una película de Eisenstein. ¿A cuál concretamente?

A Octubre, una maravilla del cine mudo, dedicada a los proletarios de Petrogrado, que Eisenstein filmó en 1927 para celebrar el décimo aniversario de la revolución. Muchos de los combatientes que habían participado en la lucha real representaron sus propios personajes en la película, lo cual es un detalle histórico nada desdeñable, aparte de la maestría que en ella demostró aquel extraordinario cineasta que fue Eisenstein. Está disponible en internet, aunque conforme pasa el tiempo cada vez son menos aquellos aún capaces de apreciar una narración fílmica como las de entonces, en estado puro, sin diálogos.

Se ha afirmado en alguna ocasión, y suele aparecer en las aproximaciones no afables, que la Revolución rusa fue más bien un golpe de mano de los bolcheviques. ¿Qué te parece esta apreciación?

Aquí entramos de lleno en el terreno de la propaganda, cuyo objetivo no es otro que la desinformación. Es evidente que toda empresa revolucionaria lleva pegada como una lapa la reescritura de la historia por parte del adversario. Tenemos ejemplos muy cercanos: Cuba lleva cinco décadas años soportando calumnias y, en cuanto a Venezuela, no pasa un día sin que la prensa privada occidental afirme que cualquier cosa que hace el gobierno de Hugo Chávez está mal. Hay que aprender a vivir con esa rémora, que por el momento parece insoluble.

Lo del supuesto golpe de mano de los bolcheviques no resiste el menor análisis, es un insulto a la inteligencia. Se basa en la falsedad semántica de que toda revolución es un estado de desbarajuste y desorden, sin tácticas preconcebidas de combate, que termina por asfixiar el orden legal como paso previo al caos. Con una premisa tan tramposa resulta fácil deducir el sofisma de que el asalto al Palacio de Invierno –la última escaramuza revolucionaria, un prodigio de táctica militar– fue un golpe de mano de varios centenares de intrépidos bolcheviques, que terminaron pescando en río revuelto.

Se trata sin duda de una tesis reductora ad infinitum, que hace intencionadamente abstracción de todo el proceso revolucionario anterior, el cual había forzado en marzo la abdicación del zar Nicolás II y la formación de un débil gobierno provisional de la burguesía capitalista. Esa tesis, además, se deja en el tintero que Petrogrado (San Petersburgo) estaba ya bajo el control de los soviets y, por encima de todo, ignora la inteligencia de Lenin como cabeza pensante a la hora de mover las fichas de aquel tablero de ajedrez.

Es algo así como si pretendiésemos olvidarnos de Fidel Castro y de la guerra de guerrillas que inició a partir de la Sierra Maestra para centrarnos sólo en la batalla de Santa Clara –otro prodigio de táctica militar–, que dio el triunfo final a la Revolución cubana. ¿Quién en su sano juicio diría hoy que ésta no fue más que un golpe de mano del Che Guevara? Es absurdo, pura superchería.

Hablabas hace un momento de la inteligencia de Lenin. ¿En qué reside ésta? ¿En su atrevimiento? ¿En su coraje? ¿En sus análisis políticos inusuales? ¿En su heterodoxia? ¿Hubo un Lenin anterior y un Lenin posterior a la revolución?

Por por lo general, los grandes líderes políticos o militares que para bien o para mal han marcado la historia –ya se trate de Alejandro Magno, Julio César, Gengis Kan, Hernán Cortés o, en el caso que nos ocupa, Lenin– son seres de inteligencia superior, valientes hasta lo indecible y de una capacidad estratégica fuera de lo común.

Naturalmente, esa capacidad no es un mérito en sí misma, pero sí lo es el dedicarla en exclusiva a una tarea tan noble y altruista como la mejora del género humano. Lenin –al igual que luego Fidel, Ho Chi Minh o Nelson Mandela– forman parte de esa escasa galería de seres irrepetibles. Con esto creo haber respondido a los cinco primeros interrogantes que me planteas en tu pregunta.

Y, con respecto al último, me parece incuestionable que hubo un cambio entre el líder que preconizaba la lucha revolucionaria y el estadista que fue después, tras la toma del poder. Pero eso entra dentro de lo normal, porque las circunstancias en ambos períodos eran radicalmente distintas. Uno de los ejemplos de esta evolución fue el papel cambiante, cada vez mayor, que le fue asignando al Partido. De ser éste al principio un ente dedicado a la educación popular para que las masas pudieran acceder a la vanguardia del proletariado, pasó a convertirse en la batuta que ejercía el poder. No deja de ser una triste paradoja que Stalin aprovechase luego esta singularidad para legitimar sus crímenes.


La educación popular: “El libro es tu mejor compañía, instrúyete”
(cartel soviético, hacia 1919)

¿Qué actitud tomaron las grandes potencias del momento –Inglaterra, Francia, USA también– ante los nuevos acontecimientos? ¿Los dejaron respirar?

La actitud de esos países, como era de esperar, fue de total hostilidad. El paso del capitalismo al socialismo no es algo que pueda quedar impune en el concierto de las naciones, porque supone la pérdida de un mercado y, al mismo tiempo, la posibilidad de que otros pueblos se contagien con el virus de la revolución. Inglaterra, Francia, USA y también Japón, Canadá, Checoslovaquia y Alemania, entre otros países, se apresuraron a financiar a los ejércitos de mercenarios nacionalistas, zaristas, anticomunistas y conservadores en la guerra civil que estalló en la URSS en 1918 y que enfrentó al ejército rojo con el denominado ejército de “rusos blancos”, es decir, lo peor de lo peor en aquella sociedad, una especie de gusanera avant la lettre. Pero aquel intento contrarrevolucionario fracasó.

Lo curioso –o quizá no tanto– es que esa actitud hostil de las naciones persiste en la actualidad: el menor intento en cualquier país o continente de cambiar las reglas del juego por otras más justas conlleva siempre la misma respuesta. Latinoamérica sabe mucho de eso por propia experiencia. Honduras no es más que el último ejemplo de una larga lista de intervenciones contrarrevolucionarias azuzadas desde el exterior.

Lenin murió al poco, en 1924. Se ha dicho a veces que murió deprimido, abatido ante el desarrollo de los acontecimientos, no sólo por las dificultades del proceso, sino por las actitudes de algunos de sus camaradas. ¿Te parece una conjetura razonable?

Personalmente, ese argumento me parece una solemne tontería, una más entre las muchas que se han inventado con tal de no aceptar lo que para el capitalismo resulta inaceptable: que Lenin era incombustible, como Mandela, como Fidel, como probablemente lo será Chávez. Cuando la reacción no puede con alguien, lo denigra. También se ha dicho que murió de sífilis. ¿Y qué importancia tiene si uno muere de sífilis, de un accidente cerebrovascular o de un traspiés? ¿Tan difícil es admitir que Lenin murió porque le llegó su hora? Es ridículo inventarse una depresión tardía en alguien que ha sobrevivido a la cárcel, a las deportaciones, al exilio y a todo tipo de azares sin desviarse del camino que se había trazado de antemano.

De todas formas, con esto no pretendo sugerir que Lenin fuese insensible al sufrimiento. Nadie lo es.

¿Por qué crees que el proceso tomó al cabo de pocos años una vía tan autoritaria?

Ésa es la parte más dolorosa de la URSS, porque invita a que uno piense en lo que podría haber sido aquella gran patria internacionalista sin Stalin en el panorama, sin el desgaste de la Segunda guerra mundial y sin la carrera armamentista en la que el país se empantanó durante la guerra fría. Es como imaginar un destino diferente para España si Franco nunca hubiese existido. El problema es que la historia no permite dar marcha atrás para rectificar los errores.

Lo cierto –y terrible– es que Stalin fue un cáncer no sólo para la Unión Soviética, sino para la idea misma del comunismo como horizonte. Y quienes lo sucedieron, salvo quizá Kruschev, fueron las metástasis tardías de Stalin, que terminaron por arrasar la herencia de Lenin. Pero el comunismo no es eso. Por suerte, la Cuba solidaria lleva cincuenta años mostrándonos la cara hermosa y compasiva del comunismo.

Acabas de citar a Kruschev. ¿Y cómo fue posible que aquel intento de renovación, aquella autocrítica del estalinismo del XX Congreso, que tantas y tantas esperanzas desencadenó de nuevo, no diera sus frutos o que éstos duraran tan poco?

No soy ningún kremlinólogo ni nada por el estilo, de manera que únicamente puedo interpretar lo que me sugiere mi olfato. Creo que el XX Congreso llegó demasiado tarde. Si Stalin hubiera sido flor de un día todo se hubiese podido remediar, pero no hay revolución que resista veintinueve años de crímenes, abusos y terror, por mucho que simultáneamente haga cosas dignas de elogio. Considero que Kruschev no logró extirpar del todo el cáncer del estalinismo y, en consecuencia, éste no tardó en reproducirse.

Hace unos años me contaron en Moscú una historia preciosa sobre Kruschev, que plasmé en un cuento. Recuérdame que te envíe el pasaje.

(Días después, Manuel Talens tuvo la gentileza de enviarme el texto y la foto que aquí reproduzco):

[…] Fue así como al día siguiente me hizo conocer el cementerio de Novodevichi. Las veredas ajardinadas estaban cubiertas de nieve. Vagamos entre las lápidas y no pude resistir la vieja tentación de monologar con ella, esta vez sobre los personajes célebres que allí están enterrados y de los que sabía algo. Me escuchaba atenta y su mirada se iba volviendo burlona. Llegamos a la tumba de Kruschev. Entonces fue Mei-Ling quien abrió los labios para decirme que el antiguo presidente de la URSS no está en el Kremlin porque murió alejado del poder. A continuación, por primera vez desde que la conozco, me dirigió más de cien palabras seguidas. Supe que el mausoleo es obra de Ernst Neizvestny, un escultor a quien Kruschev había mandado llamar en sus tiempos de primer secretario del PCUS para recriminarle violentamente que su arte le parecía contrario a los ideales del socialismo y que el entonces joven artista, en vez de amedrentarse, le respondió que él podría ser todo lo camarada secretario que quisiera, pero que de escultura no sabía nada en absoluto. Al parecer, tras su caída en desgracia, Kruschev mandó llamar al escultor y ambos entablaron una cierta amistad, de tal manera que en el testamento dejó encargado que fuese él quien esculpiese el monumento funerario. En éste, a ambos lados del rostro realista del antiguo dirigente, hay dos grandes figuras angulares abstractas, una en mármol blanco y otra en negro, que según me confesó Mei-Ling simbolizan dos orejas.

–Al final de su vida –añadió como conclusión–, Kruschev había aprendido a escuchar. […]


Tumba de Nikita Kruschev, cementerio de Novodevichi (Moscú)

Es probable que la Unión Soviética se desintegrase porque sus dirigentes eran autistas, no escuchaban a nadie.

Pero no quisiera dar la impresión de que todo en la trayectoria de la URSS me parece negativo. Para el recuerdo quedará siempre la ayuda que le prestó a la República española durante nuestra guerra civil, el heroísmo del pueblo soviético en la Segunda guerra mundial (ambas cosas durante el mandato de Stalin, también hay que decirlo) y su apoyo constante e incondicional a Cuba hasta el último suspiro.

Por lo demás, en los ochenta hubo varios intentos de rectificación de rumbo. Primero con Andropov, que no era ningún estúpido, y luego con Gorbachov y la perestroika. ¿Cuál es tu opinión de estos nuevos intentos?

Ninguno de los dirigentes que sucedieron a Kruschev era estúpido, pero supongo que tampoco ninguno de ellos creía como hay que creer –con una convicción inquebrantable– en la supervivencia del legado de la revolución. No siento la menor simpatía por su recuerdo.

El último, Gorbachov, fue una especie de Adolfo Suárez soviético a quien el azar lo catapultó de improviso a un lugar inesperado: de austero servidor del aparato se vio reconvertido en frívolo demócrata televisivo al estilo occidental. Sin duda hizo lo que pudo, intentó abrir la ventana para que entrase aire fresco, pero la URSS estaba ya moribunda. Un cáncer no se cura con paños calientes y a Gorbachov le tocó el ingrato papel de asistir como espectador a una agonía que se precipitaba a su pesar, ajena a cualquier tratamiento.

Hay una canción de Jacques Brel, “J’arrive”, que expresa bien la impotencia que Gorbachov debió sentir conforme la situación se le iba escapando de las manos: C’est même pas toi qui es en avance, c’est déjà moi qui suis en retard. Y llegó lo inevitable, un día apareció Yelsin –arribista, mentiroso, ladrón, borrachín y traidor– y le dio el golpe de gracia.

Te has referido ya en algún momento a la arista de la guerra fría. Vuelvo sobre ella. La guerra fría, que siempre fue muy caliente para el Occidente belicista y que tuvo la intencionalidad de ahogar a la URSS desde un primer momento, ¿no dejó acaso muy poco margen de maniobra? En aquellas condiciones marcadas, ¿eran posibles, de hecho, otros senderos?

En casos como el de la URSS, mi abuela solía decir que “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Qué duda cabe de que los yanquis tuvieron mucho que ver en aquella alocada carrera armamentista y en la estúpida competición espacial que USA y la URSS mantuvieron durante decenios.

Puedo entender que Washington se gaste sumas ingentes (que no posee) en la conquista del espacio, porque al fin y al cabo es un imperio colonialista e invasor y su abultado número de ciudadanos pobres y sin asistencia médica le importan poco. Pero lo que no entiendo ni podré entender es que la URSS aceptase el reto de tirar por el desagüe miles de millones de rublos en spútniks, viajes espaciales y demás gaitas, mientras que sus ciudadanos pasaban estrecheces en las diferentes repúblicas. Cualquier ama de casa sabe lo que son las prioridades y a ninguna en su sano juicio se le ocurriría comprar un Rolls Royce si a sus hijos les falta un vaso de leche. Los dirigentes del Kremlin, lamento decirlo, optaron por comprar el Rolls Royce. Aquellos delirios de grandeza drenaron unos recursos que hubiesen debido dedicarse al bienestar del pueblo soviético, en vez de malgastarlos así.

No estoy metido en ese mundillo, esto que digo es sólo mi opinión de espectador: ignoro cuál sería el margen real de maniobra de Moscú y si de verdad fue necesario aceptar el envite armamentista –que era una huída hacia delante, hacia la ruina– en vez de haberse contentado con organizar la defensa de los posibles ataques usamericanos. Pero me parece que las políticas imperiales, aunque sean impuestas desde el exterior, no deberían tener cabida en un Estado revolucionario.

Salvadas las necesarias distancias, cuánto más lógico me parece lo que hace Cuba: dedica sus escasos recursos económicos a fabricar vacunas, formar médicos y maestros y trabajadores sociales, que luego pone a la disposición de sus países hermanos.

La URSS se desintegró en 1991. ¿Qué elemento crees que fue más decisivo para su colapso?

Al acoso constante de Washington hay que añadirle los propios errores de Moscú: la pérdida de los ideales, la perpetuación de una burguesía del Partido ajena a la realidad cotidiana del pueblo soviético, la ruina económica y moral, la corrupción enquistada en todos los estamentos. Es el pan nuestro de cada día, nada que no conozcamos en las democracias bipartidistas occidentales. España es un buen ejemplo de tal decadencia.

La voz narrativa de esa novela mía que citaste más arriba, poco después de las palabras que has reproducido y justo antes del punto final, añade: “sin duda los hombres fueron creados para ser brevemente libres en el tris de las batallas, volviendo a la esclavitud cuando atenazaban la victoria con las manos”. Quién sabe si ése es nuestro destino: intentarlo, fracasar, intentarlo otra vez, fracasar de nuevo y así sucesivamente, sin conformarnos nunca con el fracaso. Soy un pesimista activo, lleno de optimismo.

Intentarlo, fracasar y volver a intentarlo, dices. Dar batallas que se saben perdidas, guerrear para perder y volver a guerrear. ¿No es todo un poco absurdo? ¿No es el panorama que señalas literariamente brillante, pero políticamente inviable? ¿No subyace aquí una filosofía de la historia no sólo pesimista-optimista sino muy, digamos, romántica?

Vuelvo a Lenin: dos pasos atrás, uno adelante. Pura praxis. Lo absurdo sería renunciar. No hay nada de romántico en esta manera de pensar. El romanticismo me deja frío.

Mirado en perspectiva, desde nuestra posición actual, y teniendo en cuenta los diez o más años de capitalismo salvaje en Rusia tras la caída de la Unión Soviética, ¿crees que valió la pena aquel 7 de noviembre? ¿Crees que los movimientos libertadores de la tierra deben seguir teniendo en esa fecha un referente? En definitiva, ¿debemos seguir reconociéndonos en esa revolución?

Sí, valió la pena. El criterio para valorar los hechos que pueblan la historia no debería ser nunca su éxito o su fracaso, sino la bondad o maldad de su esencia. Y la esencia de aquella revolución, que se hizo para mejorar la suerte de los parias de la tierra –me gusta reivindicar La Internacional–, fue buena.

El capitalismo salvaje en la Rusia actual ha creado multimillonarios de la noche a la mañana. Eso es lo que aparece en los titulares de la prensa occidental, mientras que la letra pequeña de las páginas interiores nos enseña la otra cara, mucho más siniestra: que entre 1990 y 2008 la esperanza de vida de los rusos –un dato que mide la calidad de vida y resume la tasa de mortalidad para todas las edades en ambos sexos– ha bajado desde 69 a 65 años. Esos 4 años de diferencia parecen poco, pero son la expresión estadística de una tragedia humana de proporciones descomunales.

En cuanto a si debemos reconocernos en la Revolución de Octubre, no sabría decirte. Me disgusta la nostalgia, porque el pasado no fue nunca mejor. Prefiero analizar fríamente los hechos históricos para quedarme con lo positivo de ellos, pero sin esconder lo negativo. Además, hoy las cosas son muy distintas y, al menos por el momento y bajo determinadas circunstancias sociales, resulta posible utilizar como palanca el sistema electoral de la democracia para hacer la revolución a través del voto, sin el uso de las armas. Aunque es mucho más complicado, claro, porque el voto no permite neutralizar por completo al enemigo, que permanece agazapado en el entorno.

Déjame finalizar con una pregunta sin nostalgia. ¿Cómo concibes el socialismo del siglo XXI? ¿Qué territorios te parecen más abonados para su conquista?

Pues también para finalizar, y antes de darte mi parecer sobre el socialismo del siglo XXI, te diré que me ha encantado disertar contigo sobre asuntos tan extemporáneos y fuera de lugar en el discurso público actual como son el marxismo y la Revolución de Octubre. Y me encanta, además, que esta conversación se publique, porque hoy en día resulta francamente heterodoxa, lo cual no deja de ser una virtud en medio de tanto electroencefalograma ideológico plano [sonrisa]. La posmodernidad, tú lo sabes muy bien, ha hecho estragos en los partidos tradicionales de la izquierda y en el pensamiento político de las sociedades contemporáneas, y el solo hecho de hablar de estas cosas suena, como poco, a ciencia ficción. ¡Qué le vamos a hacer!

Termino: el socialismo del siglo XXI lo concibo hablando español y no precisamente en nuestro país, sino en Latinoamérica. Allí abajo está el futuro de la humanidad, si es que ésta tiene futuro. Nosotros no veremos su culminación, pero ya ha empezado. De hecho, su semilla se plantó oficialmente el 8 de enero de 1959, cuando los barbudos entraron en La Habana. Sin Cuba y su terco ejemplo de resistencia durante cinco décadas, el socialismo del siglo XXI hoy no sería ni siquiera pensable. Ahora sólo falta que al menos uno de los tres gigantes latinoamericanos –México, Brasil o Argentina– encuentre y elija un Chávez, un Evo o un Correa a su medida para que la máquina de ese tren empiece a tomar velocidad y ya sea imparable. Es cuestión de tiempo. Ese día, si llego a presenciarlo, seré feliz.

 
Un sueño que no era irreal…
“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras.
Sin embargo, lo importante es cambiarlo.”

(Tumba de Karl Marx en el Highgate Cemetery de Londres, cortesía de Patricio Suárez)

 



Fuente: Rebelión y Tlaxcala

Artículo original publicado el 6 de noviembre de 2009

Sobre el autor

Salvador López Arnal y Manuel Talens son miembros de Rebelión. Talens pertenece asimismo al colectivo  Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta entrevista se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente.

URL de este artículo en Tlaxcala:
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LIMPIAMENINGES: 06/11/2009

 
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